Visitando las llamas del pueblo Cazenave («lamas» en francés)

Acabo de regresar de una breve excursión por las montañas de la zona en la que vivo. Aquí, en el País Cátaro y con el castillo de Montségur casi pegado a mi casa, desde cuya terraza lo diviso cada día, en unos atardeceres mágicos siempre irrepetibles, recordé por un momento ese excelente libro del lingüista Martín de Riquer dedicado a los trovadores, no sin dejar de advertir que en idiomas provenzales como el occitano o el catalán, “trobada” significa “encuentro”.

Y mi encuentro de hoy fue con unas llamas andinas criadas en esta pequeña aldea cuyo nombre ostento-contento, acompañando a un empresario nacido en Perú que quería ver aquello. También me acompañó mi hija de 5 años, feliz de contemplar a esas llamas de origen boliviano y chileno en pleno Pirineo francés.

Y boliviano es quien las cuida, Eduardo Zallés, un hombre que vive junto a su compañera y 4 hijos en Cazenave. Con la reconocida hospitalidad y educación que caracteriza a los latinoamericanos, nos abre las puertas de su casa previo recorrido por el espacio reservado para las llamas. Un cartel escrito en francés indica “Cría de Lamas”. Pensaba pues en qué interesante sería el mundo de poder crearse o clonarse lo que en castellano entendemos como “lamas”, o místicos del Tíbet.

Esta sincronicidad de sentirme viviendo en el Tíbet europeo concordaba con las llamas, con las “lamas” y con el pueblo de mis ancestros paternos, tan cercano a Montségur y a la montaña sagrada de los cátaros.

Al intercambiar nombres y números de teléfonos, Laurence, la mujer de nuestro anfitrión, cree que se trata de una broma cuando le digo que me llamo Guillermo Cazenave. “Nunca había visto a alguien que se llamara Cazenave por aquí”, me dijo. Le respondí que llevo casi 20 años visitando y recorriendo estas montañas y estos valles, a los que considero tan históricos como iniciáticos.
“Cae el Sol”, como la canción de Cerati, y es hora de irnos. Antes de subir al coche, miro hacia las montañas donde acamparon hace casi dos mil años los primeros descendientes de la Magdalena (los Cazenave, los Bonnet, los Subirat, los Poitevin, los Sabatier, los Aicard) y medito unos segundos pidiendo paz; paz para un planeta que tanto la necesita. Y visualizo una vez más a los trovadores de Aquitania y Occitania reuniéndose en el castillo de Puivert, cantándole a sus damas y señoras, en “trobadas” que concluían al amanecer.

Pienso en las religiones, en las divisiones que enfrentan a millones de personas, en quienes sacan tajada de ello lucrando con la muerte y la especulación.

Por último, concluyo con una vibración positiva, citando a James Twyman, conocido como “The Peace Trobadour” y autor del libro “Emisario de Luz”. James sigue ofreciendo sus “Peace Concerts” alrededor del mundo y ha estado en Irak, Kosovo, Israel, Irlanda y en una maratón de 64 conciertos en 64 días recorriendo los Estados Unidos. James recoge textos y oraciones de las 12 principales religiones de la Tierra y les añade su música, obteniendo una vibración única que enaltece las cualidades humanas más espirituales, favoreciendo la unión de las personas por encima de la manipulación histórica que nos divide.