En medio de uranios, plutonios, mar de motos y tierras que se mueven y reacomodan, el Mediterráneo nos recuerda que es en el medio del planeta donde se dirimen invasiones y conquistas, senderos milenarios de tribus, tributos y tribulaciones.
Y allí, mientras los de siempre sólo saben volar en avión, y haciendo un símil sobre lo misil y lo miserable de la conducta humana, rememoro mensajes de místicos y meditadores aseverando que no habrá paz exterior sin paz interior, y que la calma adviene cuando nuestros centros de gravedad (como en la canción de Batiatto) se vuelven permanentes.

Gracias a GPS y mapas estelares, los expertos en el Método Pilotos no confundieron Bolivia con Libia o con la Llivia pirenaica. Sus trípodes supieron apuntar hacia Trípoli.

Pero el mar sigue observando con estupor el esputo de nuestras máquinas de matar.
«Salvemos el Mediterráneo», decía mi amigo Màrius Lleget en los años 60s, escritor e investigador olvidado que atribuía a los Mayas un origen mediterráneo.
Ya han pasado 50 años de aquella sentencia que no prescribe, porque quien parte algo por la mitad para destruirlo pierde su complemento, su punto de referencia y su continuidad.
Supongo que pronto veremos cómo acaban estos juegos de poder y de lucha por el control de los combustibles.
No suelo identificarme ni con invasores ni con invadidos, ni con grandes imperios o pequeñas naciones. No es de mi agrado el uso que se le da a las monedas, por ninguna de las dos caras.