Siete meses desde que llegué con mis hijos a Buenos Aires. El principal motivo del viaje fue el tratamiento para mi hijo Adrien, que, desde que comenzamos, tuvo una primera etapa excelente y luego sus altibajos. Como explicaba, una primera etapa excelente, en la que superó totalmente su encopresis crónica que arrastraba de Francia desde hacía casi nueve años. Y fueron excelentes estos primeros dos meses porque la encopresis (o incontinencia fecal) en él tenía unas peculiaridades que iban desde miedo a sentarse en el WC y menos aún a defecar sentado, ni tampoco a limpiarse.

Yo me ocupaba de cambiarlo, de asearlo, de controlar que no se le acumularan las heces o se irritara, pero es muy triste para un padre tener que ponerle pañales de adulto a su hijo y ver cómo el rechazo llegaba incluso hasta el aula especial a la que asistía en el colegio de Perpignan, y en la que ya nos habían advertido a comienzos de este año que si mi hijo continuaba despidiendo olor, ya no podría asistir más a clase ni con pañales.

La situación era para mí dramática. Nunca nadie se había ocupado en serio de mi hijo. En Francia, toda la maquinaria estatal de especialistas trabajando para el Estado, que ofrece sus servicios gratuitos bajo mil formas de ayuda a las familias, y que van desde pagas y asignaciones mensuales hasta taxis que pasean a tu hijo por despachos y centros terapéuticos en los que, poco a poco fui comprobando, entretienen y contienen a los chicos pero ni los tratan ni los curan absolutamente de nada, nada precisamente cambiaría ¿jamás? porque hubiese un pre-adolescente más en problemas. ¿Por qué? Porque todos esos empleados públicos y supuestos terapeutas que viven de dicho Estado, tienen su razón de ser precisamente en la perpetuación de la patología aunque no con ello es mi deseo generalizar ni estigmatizar un sistema como el francés, que tiene muchas cosas positivas llenas de civismo y del humanismo que animó a ser a esta república de cuyas gentes porto sangre en sus venas.

Y fue así cómo mi hijo Adrien recorrió Hospitales de Día en el Ariege, en el Aude, en el Languedoc-Rousillon, visitó consultas de psicólogos, de médicos-psiquiatras, de «equipos multidisciplinarios» como el del Hospital de la Grave en Toulouse (¡lindo nombre para un hospital!), fonoaudiólogos, etc., etc. sin que nadie solucionara, como mínimo, este problema de su incontinencia.

Cuando en diciembre de 2013, celebrando desde la distancia los 40 años de mi graduación como bachiller en el Colegio Newman, hablé por teléfono con mi gran amigo de la infancia, Patricio Kenny, él me comentó que era pediatra y gastroenterólogo infantil, ofreciéndome que si algún día necesitara yo de sus servicios como médico para alguno de mis hijos, allí estaría él para lo que hiciera falta. Al responderle que mi hijo tenía encopresis, Patricio me preguntó su edad (a punto de cumplir 11 años) y, desconcertado por el hecho de que llevara tanto tiempo sin un tratamiento específico para esta dolencia, me invitó inmediatamente para que viajara a Buenos Aires con mi hijo y con todo el grupo familiar para que Adrien se sintiera siempre arropado por todos.

Mi compañera Sara estaba tan entusiasmada con aquellas llamadas y diálogos con Patricio, que me propuso enviar a Adrien solo a Buenos Aires para esas fechas de navidades bajo la tutela de mi hermana Inés, a quien habíamos designado como tutora legal ante notario de nuestros hijos años atrás, en caso de que a nosotros nos ocurriera algo. Pero esta opción de enviar solo a mi hijo en un viaje tan largo fue descartada. Teníamos que viajar todos con él para (como cité antes) arroparlo y hacerlo sentir como en casa, pero sucedió, como en las manadas de los leones, que la madre de mis hijos conoció a un león más joven y de su edad y decidió echarme de mi casa apoyada por las típicas estrategias legales que indicó, en este caso, la abogada de turno sumando los consejos de personas que le sugirieron que se librara de mí de esa manera ignominiosa para luego no volver a comunicarse ni conmigo ni con mis hijos mientras estábamos en Argentina esperándola para apoyar a mi hijo y luego regresar a Europa buscando la concordia y el diálogo aunque cada uno de esta ex pareja siguiese su camino sin dañar a los hijos.

Fui echado de mi hogar sin que mediara incidente alguno, sin orden judicial, con mi ex escondida y dos policías invitándome a que me largara. Al día siguiente mis hijos mayores, en estado de pánico, me contaban que su madre había organizado esa tarde anterior una fiesta allí (era su cumpleaños) con su nuevo compañero 5 horas después de echarme ¡y delante de ellos! que no querían ya regresar al apartamento. Nunca había vivido algo semejante. Increíble. Grotesco.

Decidí adelantar mi viaje con mis hijos y dejé todas mis cosas allí pensando en que mi ex viajaría y podríamos hablar, pero me equivoqué: el diálogo no fue posible porque las estrategias legales incluyeron pagas, denuncias falsas, etc., etc., y yo ya clavado en mi país sin poder regresar sin su autorización y sintiéndonos todos maltratados y yo hasta perseguido y calumniado. Llamábamos a la madre de mis hijos casi cada día, le enviábamos emails, muchas personas desde varios lugares. Su silencio y falta de comunicación eran  incomprensible; como algo psicopático.

Es terrible ver cómo se manipula y lleva a una persona a comportarse de una manera completamente nociva y destructiva, pero, aun así, siempre fui optimista pensando en dos cosas fundamentales:

1.- quienes me atacan a mí, atacan también a mis hijos, y eso mis hijos mayores lo supieron desde un comienzo: quien quiere el mal para su padre, lo quiere para ellos por igual.

2.- el tiempo va colocando a cada uno en su sitio y nadie tiene la verdad absoluta. Que yo fuese exigido durante años para ocuparme mucho más de lo justo en mi casa, con mis hijos, etc., aceptándolo yo de buena manera, no cuadra con que después de una separación se diga que ahora el padre no hace falta y que puede ser reemplazado por otras personas que nada tienen que ver con los hijos que supuestamente se defienden. No se entiende que en pareja se le exija al hombre ser de su hogar y de los hijos (cosa que siempre lo fui sin necesidad de que, en realidad, se me lo exigiese), y que luego de la separación se le diga que debe largarse de donde antes se le instaba a quedarse. Es un disparate que tiene más que ver con los intereses egoístas de personas que no ponen a los hijos como prioridad sino, en cambio, sus propios intereses, las ayudas sociales, una nueva pareja, etc.

Incluso así, tengo esperanzas de que las aguas volverán a su cauce y que la actitud de personas en los medianos 30s educadas o no pero con padres que fueron producto de un país que vivió bajo 40 años de dictadura, reaccionarán con mayor ductilidad en una España, muchas veces carente de dicha cualidad en una parte imprecisa de sus gentes que no sabría ni me atrevería a cuantificar o menos, juzgar. Es un país apasionado que admiro por muchas razones pero que tiene ese aspecto de pasar de un extremo a otro sin la ductilidad a la que estoy acostumbrado de mi Buenos Aires natal. Allí hablamos y dialogamos siempre. Eso de «vete a tomar por el culo» no existe. Y menos con una persona con la que has vivido 15 años y con la que tienes 3 hijos en común. Algo verdaderamente penoso que deshonra a las personas que planearon y ejecutaron unas acciones personales y legales imposibles de olvidar por mí y mis hijos mayores y por todas las personas que conocen de verdad lo que sucedió.

Quiero decir que no guardo rencor a nadie porque entiendo que cada uno actúa según lo que vio en su casa de pequeño o en cómo fue educado, y que quien se comporta como un ignorante o supone ser listo o vivo para obtener ventajas, no comprende ni, en principio, ve su propia ignorancia. Cuando uno no sabe algo, ¡no sabe que no lo sabe!

En toda separación no hay un solo responsable. Mi ex me ofreció al principio hacer una separación concertada pero siempre con la condición de que me fuera lo antes posible. Y finalmente había aceptado la propuesta pero con la «cláusula» de esperar los 2 o 3 meses que quedaban entonces para acabar las clases y realizando el viaje a Argentina para el tratamiento de Adrien con mi amigo, el doctor Kenny. No quería más nada. Eran mis dos condiciones.

Comprendo que la madre de mis hijos es una persona aún joven e influenciable. Y espero que algún día reaccione de manera positiva, pensando en que si hay armonía entre los padres, aunque estén separados, los hijos crecerán más felices, estables y seguros, sin sentirse culpables de nada.

Respecto a lo otro, soy un ferviente adscrito al karma, por lo que considero que si debía pagar por algo, lo hice y lo haré. Y lo mismo (estoy seguro) sucederá con cualquiera. El karma suele pagarse en salud, dinero, amor y restricciones mundanas. Time will tell… El tiempo dirá…

Adjunto el video Borrando a Papá: