Rotundamente, no.

Durante mi primera etapa como músico luché denodadamente por desarrollar un estilo, una personalidad musical que me identificara.
Pero lo que sucedía era que yo componía canciones folk-pop y algunas de ellas con aires celtas o pasajes psicodélicos.

Tocaba batería y estudiaba con Alberto Alcalá y antes, en 1968, con el baterista de jazz Sam Lerman, que tenía unas cabinas fabulosas para ensayar y tocar en pleno centro de Buenos Aires.

Después de toda mi etapa pop, progresiva y cósmica, entré en lo más espacial y sinfónico a medida que podía equiparme con mejores teclados y material de grabación. Ello ocurrió en un período no muy definido que abarcó finales de los años 70s hasta mediados de los 80s, coincidiendo con la creación de mi productora y sello “Astral” y mis primeras grabaciones distribuidas y vendidas en España y Latinoamérica.

El movimiento “new age” me marcó a través de ciertas compatiblidades e incompatibilidades, pero fue decisivo para que un público relativamente homogéneo (aunque a veces más filosófico-esotérico que musical) conociera algunas de mis composiciones, hasta que en 1986 Salazar me propuso unirme a su “team” del Instituto de Musicoterapia, del que acabé siendo coordinador y después director, muy a mi pesar.

Para mí fue todo un honor que me invitaran a congresos de musicoterapia y el hecho de poder ofrecer talleres y seminarios de temáticas que sonaban (nunca mejor dicho) un tanto extrañas o ET para los más puristas, porque yo les hablaba de astrosonía, de metamúsica, de musicoembriología, de biomúsica o de acupuntura planetaria, y no sólo se me mezclaban los conceptos si no también el público, que variaba de médicos, terapeutas y masajistas hasta yóguicos varios, antiguos hippies y freaks o buscadores de la aspirina sónica.

Mis respuestas eran vagas porque soy un tipo cargado de preguntas. Siempre pedía que no pusieran eso de “profesor” delante de mi nombre.

En todo caso, habría que poner, por ejemplo, “Taller de Metamúsica a cargo del estudiante Guillermo Cazenave”. Y a veces ni eso, porque diría que como estudiante no he sido precisamente un “maestro”. Sea lo que fuere, hice musicoterapia sin ser musicoterapeuta pero di y transmití todo lo que pude averiguar o aprender.

Pero no acepto ni comparto que se me cite como musicoterapeuta ni como guitarrista o algo específicamente particular.

La música es algo demasiado grande y hermoso como para compartimentarla tanto. Que si tal estilo, que si cual instrumentista.

Un «hacedor de sonidos» podría ser una buena definición para mí aunque, en realidad, los sonidos ya están hechos. Un «comunicador de la música», quizás otra más «acorde». Solemos necesitar de las palabras para enunciar o explicar las cosas. He ahí el problema.

La dictadura del diccionario no hace más que dividirnos y plasmar en lo que algunos denominan «cultura», la alfabetización y posterior ordenamiento de este gran rebaño que otros algunos llaman «civilización», «progreso» o «humanidad». Y no tengo más remedio que transmitir esto hablándolo o escribiéndolo.

¡Feliz año bond/07-dadoso para tod@s!