Es casi unánime la opinión de que en la obra firmada por un tal William Shakespeare hallamos al que probablemente fuera o sea el más grande escritor en lengua inglesa de todos los tiempos.

Nacido en el pintoresco pueblo de Stratford-upon-Avon, a mediados del siglo XVI, nadie como él ha logrado mayor representación teatral de sus trabajos en tantos idiomas, lugares y eventos. Sin embargo, poco o casi nada de su vida se conoce, aunque leyendo entre líneas sus escritos o lo que fueron sus comedias y dramaturgia, podríamos deducir parcialmente algunas pautas de lo que intentaba transmitir un hombre del que hasta se ha puesto en duda su existencia o verdadera identidad.

En tiempos nihilistas y de relativismos galácticos, en los que se ha llegado a cuestionar si Jesús pudo ser San Juan o Pitágoras sus propios discípulos, ¿valdría la pena enfrascarnos en discusiones acerca de si, en realidad, Shakespeare fue Christopher Marlowe o Francis Bacon?

Aquel hombre que dijo una vez que «es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras», supo hacer del idioma y de la expresión humana algo grandioso. Y del «ser o no ser» shakesperiano, ambientados actualmente bajo clichés organizados mecánicamente por los mediocres de la repetición y de la forma escrita que busca cantidades por encima de calidades, sería saludable para todos volver nuestra mirada hacia los clásicos de la letra, del habla, del pensar y de la música para así eludir discreta y sabiamente la ‘mediotización’ de lo mediático que intenta que hablemos de la peor manera, leamos lo chato o escuchemos lo alienante, con vistas a mantenernos en un perfil de bajo nivel siempre maleable y, a la vez, proveedor de fondos que benefician a los trepas trepidantes de la trilogía «dinero, éxito y poder».

No haber leído ningún best-seller actual, desde «El Código Da Vinci» para abajo, ni haber escuchado ningún 40, 50 o 100 principales, prestar atención a quien afirma haber pintado trescientos mil cuadros, compuesto dos mil obras musicales, escrito quinientos libros o vendido millones de copias, es algo de lo que me honro y «con-decoro», apostando por otras actitudes y caminos cercanos al «ser del no a ser y del hacer» en contraposición al «ser-vicios» de cualquier sistema o anti-sistema.

Recorrer las calles del creador de Hamlet, Macbeth, El Rey Lear, Mucho Ruido y Pocas Nueces, La Fierecilla Domada, Romeo y Julieta, El Mercader de Venecia, etcétera, etcétera, me transportó a una época curiosa, en la que, por ejemplo, el mayor escritor en lengua inglesa tuvo que estudiar en latín cuando su propio idioma era censurado en Inglaterra durante la secundaria de entonces, demostrando rápidamente que prohibir una cosa no hace más que enaltecerla o favorecer su desarrollo.

Por último, la frase de un Grande con Mayúsculas de las letras: «no temáis a la grandeza; algunos nacen grandes, algunos logran grandeza, a algunos la grandeza les es impuesta y a otros la grandeza les queda grande». William Shakespeare (1564-1616).