Vivimos tiempos en los que las modas del pensar compiten con las modas del consumo y ello, entre muchas otras cosas, provoca que rebroten en mi mente aquellas palabras del recientemente fallecido Ernesto Sábato, afirmando que una cosa es seguir cierta clase de moda estética y otra muy distinta trasladar éso al terreno de las ideas.

Sábato, discreto hasta para irse de este planeta un día «sábado», fue un físico atormentado por el uso que empezaría a darle el ser humano a la tecnología en los años previos a la Segunda Guerra Mundial, y prefirió pasarse a las letras sabiendo que la ciencia también caería en manos de los políticos y de los grupos de poder que se disputan el planeta cual partida de ping-pong. Y su otra partida hacia nuevas dimensiones astrales coincidió con dos hechos que marcaron los últimos días de abril y primeros de mayo del presente año: la boda del príncipe Guillermo de Inglaterra y el asesinato de Osama Bin Laden de Arabia.

Sábato en medio y junto a Ben Molar (Moisés Brenner), productor, entre muchos, de «Los Abuelos de la Nada», y del célebre bandoneonista Aníbal ‘Pichuco’ Troilo

Respecto a lo primero, he sido bastante seguidor de las bodas y actividades de la realeza occidental. Pienso que, a la luz del comportamiento democrático de los actuales políticos y sus partidos, una monarquía discreta como la española no sería nada negativo de poder ampliarse además a Latinoamérica, tal como hacen los británicos con su Commonwealth. Nuestros países de sudeuropa y sudamérica suelen aplicar con creces la máxima de que la palabra «democracia» viene de un griego muy muy antiguo, y no sorprende ya a nadie que un Borbón como Juan Carlos I sea más demócrata que tantas personas que parecen utilizar las urnas como papel higiénico.

En mi libro «La Noche del Grial» hago mención a mis simpatías con lo monárquico y al hecho de ser un gran consumidor de miel, sin olvidar que las abejas son monárquicas y vuelan en elipse, al compás y ritmo del Universo.

Tampoco olvido que en mi familia han habido nobles varios y aristócratas de distintos niveles y procedencias (algunos arruinados por azares del destino), y que mi hermano y yo ostentamos un título que nunca ejercimos pero que quizás algún día nos pertenecerá más oficial y oficiosamente.

Mi abuelo cuando era Director de Inmigración en Argentina, en medio del presidente Uriburu y el Príncipe Eduardo, padre de la actual reina de Inglaterra o bisabuelo del Príncipe William

Hoy en día las «familias reales» practican regatas pero regatean combates, esquían en la nieve esquivando tormentas de toda clase, y juegan al polo para eludir sus bipolaridades cotidianas, con tanto plebeyo pisándoles los talones de un tiempo a esta parte.

Eduardo Rojas Lanusse, primo de mi padre, emparentado también con el ex presidente argentino, el General Alejandro Lanusse, les vendía caballos de polo a los Windsor. De joven, él le enseñó polo a mi padre, quien en realidad nunca pudo superar un paupérrimo 2 de handicap.

Mi padre con Eduardo Rojas Lanusse, en su campo, cuando éste le enseñaba a jugar al polo

Actualmente, el «Eduardo Rojas Lanusse Tournament» de Polo forma parte del calendario anual británico en dicho deporte. «Eduardito» estuvo en la boda del Príncipe Carlos y Lady Diana, con quienes tuvo una cordial relación amistosa. En algunas ocasiones cenó en el Castillo de Windsor con la reina Isabel como anfitriona y, aunque amigo de mi padre hasta el final, visitándole en el año 2005 pocos días antes de su fallecimiento, sin saber que él también moriría pocos días después, no coincidía ideológicamente con mi progenitor, que era respetuoso pero no muy afín a ciertas estructuras sociales que él, ante todo, consideraba anacrónicas.

Siendo su deceso hace 6 años, imposible pues que mi familiar fuese invitado a esta «bodafone» de pasados días, en los que una plebeya cuyo apellido parecería querer decir «medio tono», quizás pueda brindarle, si no buenos, al menos nuevos aires a esa monarquía un tanto encorsetada en senderos poco propicios para este siglo XXI de emergentes, como decía Leopoldo Marechal en su ‘Banquete de Severo Arcángelo’, «padre de los piojos, abuelo de la nada», frase ésta que inspirara a mi amigo ya fallecido, Miguel Angel Peralta, para adoptar, en 1967 el nombre artístico de «Miguel Abuelo» y crear un año más tarde el grupo «Los Abuelos de la Nada», resucitado en 1982 con un joven y entonces desconocido tecladista llamado Andrés Calamaro.

La estirpe, la prosapia, el abolengo y la alcurnia, pues, son palabras que definen para mí, no una élite que intenta erigirse con privilegios por encima de los demás. Yo lo veo, en cambio, como un punto de referencia, como un funcionar por analogía.

Y, en estas épocas de reseteos constantes y de existencias virtuales, con la moda de criticar y acabar con todo lo que significó para muchos en otros tiempos, opresión y abusos de poder, ya no puedo apostar demasiado por modernos demócratas del enchufe y de lo trepa, del expolio y de las cuentas ocultas, de la mediocridad y del mal gusto, de la incultura y nula elegancia, para volver a ceñirme en aquellos orígenes que deberían pervivir para siempre y recordarnos que de algún lugar venimos, en alguna tribu está nuestro origen y que no fueron pocas las personas que hicieron de sus vidas algo digno y tenaz para que ahora podamos estar aquí incluso con libertad para criticar y hasta insultar a un tímido joven de campo por el mero hecho de que su abuela sea reina o él príncipe.

No olvido la primera boda a la que asistí y esa foto con mis compañeros del colegio Newman y de mi grupo pop-rock «Mamut». 30 años más tarde recuerdo haber asistido a otra boda en la que curiosamente salgo fotografiado, ya a mis 45 años de edad, en idéntica postura a la anterior cuando sólo tenía 15, con esos gestos y tics corporales que a uno le quedan grabados en el esqueleto.

Mi primera boda (como «oyente» o «vidente»), a los 15 años y acompañado por mis compañeros de clase y de mi grupo «Mamut» (Buenos Aires, 1971)

30 años más tarde (2001) me sorprendió esta foto en la misma postura a la anterior, esta vez acompañado por el médico estudioso de la inmortalidad física, Miguel Ángel Sicilia

Extrañas coincidencias. Como tan extraño fuera ver a Mr. Bean en la boda del príncipe, presagiando la caída de otro Mr. Bin menos gracioso 72 horas más tarde y en manos del ejército estadounidense.

Así es la vida: mientras los hombres se casan, los ejércitos o las mujeres los cazan. Y yo, que me llamo Cazenave, he vivido casi toda mi vida en pareja sin siquiera saber si estaba casado, cansado o cazado e ignorando aún y a estas alturas o bajezas, a qué clase social pertenezco o dejé de pertenecer.