No era la intención primordial de mi visita a Escocia pasar por la Capilla de Rosslyn, situada a escasos kilómetros de Edimburgo.

Ante todo, Escocia es tierra de magia y de enclaves milenarios. Amplios espacios y paisajes que invitan a conectar con aquel mundo distinto, para un país de clanes que no suma en total mucho más de los cinco millones de habitantes pero que diera, en proporción, la cantidad de apellidos más ilustres e importantes de los últimos siglos de historia occidental.

Los Mackenzie, los MacIntosh, los MacDonalds, los MacGregor, los Carnegie, los Anderson, los Clark, los Armstrong, los Cooper, los MacQueen, los Stewart, los Barclay, los Blair, los Campbell, los Brown… ; tribus enfrentadas a lo largo de diferentes etapas históricas hasta quedar absorbidas por el imperio británico, que parecería haber tomado la palabra “bretaña” de los bretones afincados en el norte de lo que es hoy Francia, añadiéndole seguidamente la palabra “gran” por delante, bautizando así el nombre de su país como el de “Gran Bretaña”, un lugar en el que los escoceses, galeses e irlandeses se han visto en la coyuntura de tener que convivir bajo el mismo techo de la uniformidad territorial y lingüística inglesa, hecho que, en más de una ocasión, tantos sinsabores y posteriores disputas le acarrearon al joven pero ya decadente, moderno, emprendedor y ambicioso imperio del supuesto “reino unido”.
Mi abuela, como alguna vez expliqué, de apellido MacInnes, pertenecía a un clan pobre pero orgulloso de provenir de la Isla de Skye (Isla del Cielo), lugar de las primeras y mejores escuelas de gaita de las Highlands (Tierras Altas). Allí, donde actualmente moran unas diez mil personas, nacieron mis tíos Malcolm, Neil y William, y en honor de este último fue que me puso mi madre por nombre Guillermo.

¿Qué podían hacer los MacInnes tras la invasión de la isla por parte de los Mackinnon o rodeados siempre de otros clanes poderosos en cantidad de milicianos y en vastas tierras previamente anegadas? ¡Luchar, morir o emigrar!

Un poco de cada una de estas tres cosas, sin duda, hicieron, pero de los que se largaron de allí hacia las tierras del sur, en Argentina, es originaria la rama de mi madre y abuela.

Por ello, cada vez que piso aquel suelo, una extraña sensación invade mi cuerpo. El peso y el paso de la historia hacen que pise y pose en fotos donde pusieron antes sus pies los valerosos hombres con faldas, inventores de los célebres “tartans” o “distintivos geométricos”; quizás los primeros “códigos de barras” que sirvieron siempre para identificar a un clan del otro pero que tras la batalla de Culloden y la derrota de Bonnie Prince Charlie en 1746 fueron, sobre todo, prohibidos en las Tierras Altas, así como castigada la portación de armas y que pudiera tocarse gaita en fiestas o en las propias casas. La gaita pasaría a ser entonces un instrumento únicamente utilizado por las bandas militares del imperio.

Sin embargo, el pueblo escocés, como muchas otras tribus del mundo, tiene una raíz cuyos frutos fueron prohibidos mas nunca exterminados porque, donde existe raíz de verdad, esa “hierba mala” que muchos intentaron cubrir de cemento vuelve a crecer una y otra vez, e incluso aunque los coches pasen por encima del asfalto, sabemos que, poco a poco, surgen y resurgen pequeños hierbajos indicando que la naturaleza y los orígenes de las cosas siguen vivas y que será lo artificial lo que a la larga perecerá, probablemente auto-podado en lo ficticio de sus propios planteamientos.

UNA CAPILLA SINGULAR

Imbuido por ese espíritu y esa tenacidad que me inculcó mi abuela Mac, llegué a la Escocia de mis ancestros en medio de viento y nubes que presagiaban lo inevitable de un clima duro y desafiante.
Edimburgo, y aunque no sea la capital oficial (Glasgow), es sí la “Gran Capital” de los escoceses. Una ciudad en la que se respira arte, cultura y fuerza. Los inventores del fútbol, del rugby, del golf y del whisky tienen varios motivos para sentirse orgullosos ante los visitantes.

En Edimburgo conviven su hermoso castillo, museos, las vistas con el infinito mar del norte oteando el horizonte, estatuas de sus próceres y del célebre Robert the Bruce, música de gaitas que suenan imprevistamente en algunas de sus esquinas y el viento que favorece las esporádicas salidas de un sol que no calienta ni en verano.

Pero lo que no muchos conocían es que a pocos minutos de la urbe se halla Rosslyn, un pueblo que alberga una capilla diseñada por Guillermo de SaintClair en el siglo XV. Sobre dicha capilla dialogué a lo largo de años con mi amigo músico y experto en Geometría Sagrada, Malcolm Stewart, a quien entrevisté para Universo Holístico hace meses. Malcolm fue quien primero me habló de los vínculos de esa parroquia con leyendas relacionadas al Grial, a la posibilidad de que los templarios hubiesen escondido allí la cabeza de Jesús e, incluso, y para los amantes de hipótesis más atrevidas, que el enclave en el que se construyó la iglesia fuera una puerta para acceder a otras dimensiones.

Años más tarde a mis conversaciones iniciales con Malcolm, hijo de escoceses y hermano de uno de los mejores genealogistas de Edimburgo, se publicó el libro “El Código da Vinci”, en el que la Capilla de Rosslyn fue vital para su trama, dejando el autor traslucir que en el interior del llamado “Pilar del Aprendiz” podría estar el cráneo de Jesús o, como cité en el párrafo anterior, el mismísimo Grial.

Henry Lincoln, otro investigador y co-autor del primer libro que barajó la hipótesis sobre la posible descendencia de Jesús con María Magdalena y de que “Santo Grial” fuese en realidad “Sangre Real” y el linaje de una estirpe de descendientes de David (“El Enigma Sagrado»), me comentaba el año pasado que la iglesia de Rosslyn está alineada con la Catedral de Notre Dame de París y que guarda conexiones geométricas con la parroquia de Rennes-le-Château, situada a 30 kilómetros de donde resido y escribo ahora estas líneas.
Henry Lincoln explicándome en Rennes-le-Château sus trazados geométricos

Siguiendo con las teorías, hay quienes afirman que “Rosslyn” se refiere, en realidad, a “Rose Line”, a una “Línea Rosa” en alusión a los Rosacruces o a la Masonería, y a posibles dinastías ocultas que gobiernan el mundo desde tiempos inmemoriales.

Muchas más cosas seguirán diciéndose para alimentar el mito y seguramente proporcionar ingresos para quienes escriben y, en principio, investigan estas temáticas.

Las claves parecen no buscarse en hallar la verdad (¿la verdad de qué?), sino en encontrar más y más enigmas que sean siempre imposibles de dilucidar totalmente.

Rememoro ahora el chiste sobre el sepulturero que rezaba para que nunca le faltara trabajo.

Resumiendo mi ida a Escocia y Rosslyn, todo lo que rodea a esta iglesia es peculiar. Noté que el “efecto Brown-Da Vinci” hizo estragos. Turistas y curiosos de muchos países se encontraban de visita como nunca se había visto años atrás, y el precio a pagar debido a esto es alto: aparte de la entrada y de las restricciones para tomar fotos, ya no puede visitarse el lugar con tranquilidad.

Y, para concluir, cuando uno visita lugares de este calibre, no es indispensable creerse que haya líneas que comunican enclaves místicos de manera subterránea o que en cada rincón de la parroquia encontraremos manos o cráneos de figuras bíblicas. Basta con disfrutar del paisaje, de la historia y del mensaje y la obra de culturas diferentes que, tras su paso por la Tierra, enriquecen nuestro espíritu dándole, a mi entender, un mayor significado a la existencia.

Escocia representa lo celta en su mayor amplitud y expansión. La fuerza de unas tribus que marcaron época. La originalidad de un país inolvidable. La música, el misterio y la magia de un rincón del planeta único, fundamental para comprender un poco mejor la historia de Europa.