Un mes éste en el que recupero algunas webs que tenía sobre el País Cátaro y sobre viajes que pensaba organizar hace 2 o 3 años y que quedaron truncados por todo lo acontecido.

Continúa mi amiga Nieve Andrea subiendo mis álbumes completos al YouTube, ahora a un ritmo más ralentizado que al comienzo, lo cual da tiempo para pensar mejor lo que va a subirse y por qué orden, ya que tengo mucha música de distintas épocas de mi vida y no es fácil catalogarla de golpe.

Mi reencuentro con mis hijos (otras dos horas) me los presenta sumidos en la confusión. Me traen los celulares que les dejé el mes anterior: uno quemado y golpeado, el otro sin su tarjeta. El adaptador para su laptop destruido con pegamento fuerte. Ellos decepcionados al no poder comunicarse conmigo. Mi pequeña Elizabeth, con su bolsito y un móvil de juguete me dice «papá, cada día te envío mensajes y no me respondes».

Son cosas de las miserias humanas en las que estamos sumidos. Fracasos por nuestras incapacidades. Falta de visión y de memoria como emergentes que somos de una situación cósmica que nos conecta a links extraviados en la mediocridad, porque nuestro navío (por no aludir al «nave» de mi primer apellido) vaga y divaga en ese océano que tiene referencias pero que no marca rumbos, aunque nosotros nos empecinemos en etiquetar la conciencia y en ordenar de manera totalitaria el vuelo de un niño, que es ese vuelo en el que ya como adultos no creemos, porque mientras el niño y el joven vuelan en su propia esencia de Ser, los más mayores, los adulterados por la adultez, insistimos en que es imposible que un Airbus llegue a los cielos.

No queremos volar, pero cuando lo hacemos es a través de medios artificiales. Por eso no dejamos que nuestros hijos vuelen. Sólo por eso: por experiencia en la ignorancia, por necedad y por cerrazón. Ya no miramos al cielo. Nuestro ángulo de mirada se ciñe al suelo o a las puertas y tiendas ubicadas a nuestra misma altura.

 

 

 

Las únicas 2 horas en que pude ver a mis hijos este mes, en Perpignan y a 200 mts. de una manifestación a favor de la catalanidad del sur de esta Francia. Occitanos y catalanes llenos de ímpetu banderil. Mi apellido es occitano. Cazeneuve sería mi equivalente en francés, como el del actual ministro del interior francés.  

En medio de un nuevo periplo existencial, cumplo 61 años. Viene Loretta, amiga de mi amigo Albert y que es otra persona que me apoyó incondicionalmente durante mi conflicto legal. Pasamos la tarde entre mi casa y la de mi amigo Javier.

Javier brindando con el fondo de una de sus paredes pintadas por él. (Foto: Loretta Jaumandreu Charles).

El apoyo, las llamadas y los mensajes de amigos de distintos lugares me recuerdan que cumplir es cumplir. Me siento honrado por la amistad y el cariño de estas personas y no tengo más que agradecimiento hacia tod@s.

Muchas de las personas que se han acercado a mí en esta etapa de la vida, son un cielo. Diferentes o no, complicadas en caso de compartir lo cotidiano, pero bichos hermosos cuya sensibilidad es menester de resguardar y preservar, porque también sufren sus colapsos de incomprensión que no saben o no pueden siempre expresar.

Y esta foto con Loretta que nos hizo Javier, afortunadamente para mí, con las manos limpias. Foto: Javier Pachecomix Hernández.