Escucho las news sobre España mientras conduzco cerca de la frontera…; de una frontera quemada y arrasada por el fuego de un cigarrillo mal apagado y arrojado desde un coche. El cartel de «Espagne» ha sido borrado parcialmente dejando como únicas letras y nueva palabra «spa», como si alguien quisiera plasmar un destino de playa y sol como asociación a un país que obviamente tiene y le ha dado al mundo muchas otras cosas: arte, alegría de vivir, sociabilidad, gastronomía, filósofos letrados e iletrados, simpleza sabia (cosa que siempre agradecí viniendo de una ciudad y de un país en el que para explicar algo se utilizan 50 palabras que un español podría generalmente resumir magistralmente en 2), etc.
 
Y precisamente sobre esto habló Borges una vez, cuando perdido en un pueblo de Castilla preguntó sobre el lugar que buscaba, obteniendo como respuesta lo que para él fue la frase más sabia escuchada jamás en toda su vida de conferencias e intelectualidad: «siga el camino, que él lo llevará».
 
No me imagino en Buenos Aires algo así. Cualquier porteño contestaría: «caminá 135 metros y a la derecha vas a ver una farmacia con un cartelito que dice ……. y después, al llegar a la primera esquina, que es la calle ……, hay un buzón a la izquierda ….», etc., etc., en una cátedra interminable de explicaciones contenidas en una sola frase sin comas que bien puede durar media hora. Eso sí, la explicación del argentino suele ser infalible pero ¿quién te devuelve las neuronas perdidas por escucharlo o el cortocircuito mental que te deja su colosal verborragia?
Me aterra ser así aunque soy consciente de que, aunque lo deseara con todas mis fuerzas, no podría tampoco ser como aquel pueblerino sabio de Castilla que aconsejó y guió a uno de los más grandes escritores de todos los tiempos.
 
Y cuando digo «pueblerino» lo afirmo positivamente. Ya que «ciudadano» no lo es más.
 
Pero de ese rescate español que oía en la radio mientras leía subliminalmente aquel cartel con la palabra «spa», pensé en lo arraigado que tenemos el concepto de salvación.
Las imágenes de las clases medias y bajas españolas haciendo cola en los comedores sociales, han dado la vuelta por medio mundo
 
Nadie quiere hundirse aunque haya tocado fondo, ni mucho menos reconocerlo, pero pienso que son nuestros propios errores los que nos hunden. Errores inoculados desde todos los frentes y a los que no escapan ni idelogías, ni países, ni actitudes de un bando u otro, de un sexo u otro, de una edad o actividad cualquiera.
 
Aún queremos tener países, banderas, posesiones, ideologías, orgullo nacional, equipo de fútbol o clubes de barrio. Y para sostener esto necesitamos ejércitos, policía, políticos, Bancos, etc. Todas esas estructutas requieren de actitudes mafiosas para controlar el megasistema. Eso es lo que hemos elegido como medio para vivir en seguridad. De hecho en algo hemos evolucionado.
 
En aquel sitio por el que pasaba en coche, a unos 200 kilómetros de Barcelona, hace 500 años hubiese necesitado 3 caballos y 4 días de viaje para realizarlo, corriendo peligro de muerte en 5 ocasiones debido a las zonas calientes plagadas de bandoleros furtivos que atacaban a los que por ahí transitaban.
 
Ahora tenemos trenes de alta velocidad, aviones a precios asequibles, la posibilidad de ir por carretera o autopista, parar a comer en el camino, ir al cine o a la playa y llegar a destino más tarde, comprar cosas de países distintos en cantidad de tiendas y centros comerciales, etc.
Pero esto, insisto, tiene un precio que no se corresponde al valor de lo que cuesta sino al que le quieran poner esos poderes y autoridades que nosotros mismos creamos para supuestamente protegernos.
 
¿Podríamos vivir sin policía, sin ejército, sin Bancos, sin un sistema político que organizara la sociedad?
 
Ellos saben que probablemente no, así que actúan como esa novia que también sabe que dependemos emocionalmente de ella y que entonces se aprovecha de la situación y hace con nosotros lo que quiere. Somos su títere.
 
Habría mucho por matizar en todo esto. Quizás volver a plantar la espada como aquellos vikingos que donde pisaban era su reino: «be a king = viking». Sé tu propio reino.
Pero para eso hay que ser fuertes y no delegar el poder en mafias organizadas que nos protegen como ellos quieren; como esa novia a la que hacía referencia.
 
Y me parece que nuestro accionar no demuestra mucha fortaleza sino, más bien, todo lo contrario. Y el que nos rescata, pues, suele ser nuestro propio secuestrador, a quien amamos por el síndrome de Estocolmo o, en algunos casos, de Bruselas, de Estados Unidos, de Rusia o de China. Hay salvadores y rescatadores a granel. En cada país, en cada equipo de fútbol, en cada familia, siempre hay uno. Ese redentor tipo Jesús o el Che, ¡que suele además morir crucificado por aquellos a los que quería salvar!
 
Por ello mejor no salvar tanto ni pedir mucha ayuda, porque el riesgo podría ser peor al de circular solos pero fuertes como los vikingos. Deberíamos ir como un ordenador sin antivirus. Pero si nos empecinamos en ser caperucitas o en entrar con miedo al bosque de noche, todos los animales lo sabrán y el primero al que se comerán, como bien sabemos, es al temeroso.
 
Mientras exista el miedo a estar solos, seguiremos necesitando todas esas cosas en grupo y a toda esa gente también siempre dispuesta a «protegernos», a «sacarnos de la crisis», a «solucionar nuestros problemas» y, por último, a «rescatarnos».
 
Foto que hice desde el coche en La Junquera (frontera con Francia)
Seguiré escribiendo sobre esto más adelante…  Nuevamente observo el panorama desolador del terreno quemado, recordando la frase que dice «los fuegos se apagan en invierno».