Leyendo algunos comentarios en Facebook, tras la muerte de Nelson Mandela, el presidente de Sudáfrica que antepuso odios y rencores en pos de la pacificación, llegué a la pronta conclusión de que yo no tenía ese nivel de evolución o esa capacidad de olvido como para borrar de mi mente a quienes me hicieron daño alguna vez en la vida.

Obviamente queda claro que no soy ni Mandela, ni Gandhi, ni Krishnamurti o Buda. Sólo un músico que escribe e intenta reflexionar sobre las cosas pero aún moviéndose en terrenos muy intelectuales, en los que, por otra parte, me siento fuerte y seguro.

Soy capaz de perdonar cuando quien me hizo daño muestra un cierto nivel de acercamiento y me manifiesta su perdón. Pero ese perdón no puede ser para mí un simple y veloz «discúlpame, no quise hacerte daño» o «no volverá a suceder», etc.

No. Yo  exijo, para mi propia tranquilidad espiritual y de la quien ofendió, mintió o hizo daño, que se me diga por qué dicha persona llegó a hacer algo así, me explique bien lo que hizo o me ocultó y sanee así con decencia y honestidad lo que jamás debería volver a repetirse. Si la persona hace una cagada de 10 y se disculpa en 1, a mí no me sirve. No tengo esa capacidad de perdón. Si tampoco me aclara lo que le he solicitado, entonces me demuestra que no desea zanjar el tema dejando, pues, la herida abierta quizás porque su moral sea diferente o porque existe demasiado orgullo. No lo sé…

¿Y qué sucede cuando una herida queda abierta? Ni más ni menos que la sangre puede volver a brotar.

Como sucede en algunos juicios o debates, abundan quienes rebaten o esquivan sus errores del presente remontándose a lejanos tiempos para espetarle a uno «¿recuerdas que tú también en el mes de marzo del año 1080 te tiraste un pedo?». Pues sí, está claro que todos en esta vida, en algún momento, le hemos hecho daño a alguien; a  veces, a quienes más amamos. Así somos los seres humanos.

Por ello es fundamental aquello que me enseñaban en el colegio católico al que iba en Argentina y que se llamaba «»propósito de enmienda»: ese «¡nunca más!» sincero que no deberá reaparecer ni en el más mínimo gesto o actitud.

«No creas que tu propósito no es sincero porque preveas que volverás a caer. El propósito es de la voluntad; el prever es de la razón», se nos explica.

Pero la psicología va más allá para explicarnos, como lo hicieron Charcot, Freud y José Ingenieros, que quien engaña, ofende, violenta o hace daño, genera una violencia y un maltrato que puede volvérsele rápidamente en su contra. Es decir, emparanoica al agredido pero, a su vez, se enferma a sí mismo o misma, como en los casos de las mentirosas e histéricas de Freud que se quedaban completamente duras o rígidas y sólo salían de aquellos estados bajo hipnosis. Hay muchísimos ejemplos más tanto en hombres como en mujeres y en sus respectivas reacciones tras «meter la gamba», pero cualquiera puede consultarlos en la obra de los tres citados, por ejemplo.

Por eso, cuando le hacemos daño a otro, nos hacemos también daño a nosotros mismos y a todo nuestro entorno. Según los hinduistas y el Tao, «a todo el universo».

«Pero si sólo fue un pedo», puede decirte, restándole importancia, inconsciente o subterfugiamente, quien te la jugó o hizo.

«Para ti un pedo. Para mí un cañonazo, una puñalada», respondería yo.

Y cuando el cañonazo se vuelve contra ti, te quedas paralizad@ y no sabes por qué. «¿Por tirarme un pedo? ¡Qué exageración!».

Insisto entonces en que decir y soltar toda la verdad es liberarse, es hacer añicos las estructuras de la mentira, es eliminar de verdad (nunca mejor dicho) toda la porquería que le hizo mal a la otra u otras personas y a un@  mism@.

Por lo que, me permito desde estas líneas, recordando a Nelson Mandela y su enorme capacidad  de perdón, a  que no se guarden nada. Cuéntenlo todo, díganlo todo… Y si alguna vez se equivocaron, suéltenlo todo también. Sanearán su relación con el dañado y vuestro cuerpo,  vuestras emociones y vuestra mente se liberarán y volverán a estar sanos y felices.

Así de simple. Pruébenlo.  Es completamente inocuo y recupera la confianza perdida eliminando cualquier agresividad que hayáis o se haya generado al respecto. Reconocer que un@ fue o es débil y «devil», que un@, en determinado momento de la vida, fue manipulad@, arrastrad@ o se dejó llevar por una corriente que no le convenía, tiene su lado bello. Hacernos los fuertes e infalibles no suele ser convincente después de haber metido los pies en el barro.