Era el título de un disco que Roque Narvaja hizo en Argentina en 1972 y que tuve la suerte de poder ver en su presentación junto a Enrique Masllorenç, su antiguo compañero del grupo de los 60s La Joven Guardia, con el que Roque triunfó cuando aún cursaba el 5º año de la secundaria, en Buenos Aires.

Más tarde, Roque emigró a España y compuso para Miguel Ríos una de las canciones más exitosas en la historia del rock español: Santa Lucía. Personalmente me gusta más la versión de Roque a la de Ríos.

Tuve buenos contactos amistosos con mi compatriota en aquellos años de la Madrid de los 80s, aunque yo vivía en Sitges (Barcelona). Mi amigo Quique Berro solía acompañarlo a la guitarra en sus conciertos, pero Roque vive actualmente en Rosario (Argentina) en donde, como piloto de aviación experimentado que es, se desempeña como Instructor de Vuelo cada mañana en el aeropuerto de dicha ciudad. Ciudad en la que él no nació pero sí algunas grandes figuras del pop-rock argentino, como Litto Nebbia, Fito Páez, Juan Baglietto, etc.

Y recordaba últimamente el nombre de su disco «Octubre» como posibilidad de cambios en mi vida, de ahora en más. Todo es aprendizaje, todo debería ser evolución…, aunque a los pocos días de publicar en mi anterior post «Fuimos, Somos y Seremos», el líder político del Partido «Podemos» repite esa frase como suya en una de sus intervenciones coincidiendo con la elección del nuevo presidente español, Rajoy.

Y en el Facebook, mi amigo Israel David Navarro Sieso toma (como contrapartida a lo del Podemos) una de mis frases y me obsequia con un texto emocionante y sublima que ahora me permito transcribir. ¡Gracias amigo!

«Son cosas de las miserias humanas en las que estamos sumidos. Fracasos por nuestras incapacidades. / No queremos volar, pero cuando lo hacemos es a través de medios artificiales. Por eso no dejamos que nuestros hijos vuelen» ~ Guillermo Cazenave

Y en estos instantes, que son decepciones sobre nuestros actos, y alegrías putrefactas, donde «soñamos» con la perfecta felicidad, cuando ella no es acto, sino conducta.
Sin saber que me llevó hacia aquel Sabarthès en el 91, cenando en una noche del mes de diciembre de aquel mismo año, en «Le Relais Fleurí», donde a modo de capítulo gótico, se recuerda a su propietaria en el libro guía de conciencias «La Noche del Grial».

Son muchas las vidas que pesan, y eso que no llevo las de Cazenave, pero esas vidas, son como fragmentos de un libro antiguo, a modo de propuesta espiritual. Y son también muchas las esperanzas que son bolsillos rotos, y tan solo en los descosidos, las migajas de todas las intenciones.

Observando el granito, los escasos encinares de la vertiente norte. Su eterna voluntad a reprimir el dolor del frío viento de la cara norte, en el sueño de una primavera calurosa….
Y cuando la noche aparece sobre esta montañas, como un manto de seducción y misterio, decía Otto Rahn: «La luna es más silenciosa y más bella que su hermana del norte».
Donde ella siempre brilla, nosotros, en nuestra carne, siempre terminamos por sufrir, por encarnar pasados sin aclarar o simplemente, por mentir a cada latido de nuestro corazón.

Y son esas cosas que suceden, de un pasado, que puede sea un presente, en el recordar. Ussat, en su belleza decadente y desmarañada. Son también los perfumes vagabundos, en aquel aroma de cena, donde aquella mujer de Tarragona, servía aquellos, los mejores spaguettis a la forestière….

El dolor, por la ausencia, y la libertad como chantaje espiritual. Tienen en estas montañas, su «tempo». Una «reserva» para diseñar proyectos de arte, y perderse en lo más profundo de la intimidad. Su belleza, no es un ancla en el pasado, es la transfiguración de las imágenes deseadas, de los rezos a nuestros libros sagrados, de las experiencias reñidas con la tolerancia del momento.
Son montañas, donde el Grial, es un salto al vacío, entre lo que no somos y lo que ya vivimos. Son el paisaje efímero de un fin de semana permitido en un refugio que tal vez llamaríamos paraíso…

Israel David Navarro Sieso