NEW YORK, MARZO 1974: DALÍ, THE BEE GEES, MI TÍA ‘TITA’, SALLY, MI NOVIA SARAH Y MÁS…

¡Hoy hace 50 años!

… en la puerta de ‘Caldroms’, New York (uno de los primeros restaurantes vegetarianos y macrobióticos que hubo en las Américas) junto a mi tía ‘Tita’, hermana de mi madre que vivía en Manhattan, cerca de Naciones Unidas, desde finales de la década de los 50s.
Tita era pintora, feminista, fan de Bob Dylan y Picasso, conspiracionista, macrobiótica y anti-sistema, y aquella noche de marzo de 1974 fuimos a ver a The Bee Gees con el grupo Hall & Oates de teloneros (y que a mí me gustaron más).
Todo eran cosas intensas para mí a los 18 años. Empezaba a conocer el mundo y a salir con una chica llamada Sarah Brennan, quien, paseando con una amiga, me vio de casualidad a la salida del concierto con mi tía y me armó un lío tremendo preguntándome quién era «ésa»que estaba conmigo sin creerme que era Tita. Al día siguiente, Sarah lloraba pensando en que estaba saliendo con otra mujer y yo le juraba «¡es mi tía y tiene 40 y pico de años!».

Pero los líos no acabaron ahí. Había llegado a New York, Salvador Dalí, quien era conocido de mi tía desde hacía tres años. Acompañaba a Dalí, Evarist Vallés, pintor de Figueras alumno de Dalí y amigo íntimo de Tita, y quien se escapó del Hotel Plaza hasta el estudio de mi tía para verse e ir a tomar algo juntos.

Evarist con Dalí

Durante una hora me quedé solo en aquel estudio con ratas que correteaban como locas porque se habían comido la hierba que mi tía había escondido en los rollos de unos cuadros sin enmarcar debido a que la poli había ido el día antes porque un vecino les avisó que allí se fumaba aquello.
De pronto suena el teléfono y ¡para qué lo atendí! Era Dalí gritando «¡soy Salvador Dalí! ¡que se ponga ya mismo Evarist Vallés!».
Era evidente que Dalí tenía el número de teléfono del estudio de mi tía, en la calle 33, y que sabía perfectamente que Evarist se había largado del hotel para ver a Tita.
Yo, muy nervioso a mis 18 años, respondiéndole «señor Dalí, mi tía y Evarist salieron a tomar algo».
Pero Dalí me interrumpía y repetía como un mantra «¡soy Salvador Dalí! que se ponga Evarist Vallés. Cuando regrese dígale que venga inmediatamente al hotel!!!!».
Los gritos de Dalí iban en aumento. «Sí señor Dalí. No se preocupe. Yo le avisaré a Evarist en cuanto llegue».
En el piso de abajo, no habilitado para vivienda, y en un sótano en el que crujía la madera, vivía un nuevo inquilino reemplazando al pianista de jazz argentino Enrique ‘Mono’ Villegas: Mariano Ros, periodista cubano y corresponsal de la revista de rock española Vibraciones, competencia de la Popular 1 que dirigían mis amigos Bertha Yebra y Martín Frías (quien, curiosamente, también era pintor y el año anterior fotógrafo de Dalí).
Mariano subió para preguntarme si quería acompañarlo a una fiesta en la que estarían David Bowie y otras estrellas del rock, a quienes, gracias a él, conocí aquella semana.
Pero yo, a las 17hs, después de haber almorzado con Tita en Caldroms, del incidente telefónico con Dalí, de lo que me pasaría esa noche con mi novia Sarah tras ver a The Bee Gees en el peor momento de su carrera, y de la inminente invitación de Mariano, tenía que estar antes en los Electric Lady Studios, creados por Jimi Hendrix 3 años y medio atrás, para ver si podían remasterizarme mis grabaciones de canciones de cassette que traía de Argentina.
Mi llegada a aquellos míticos estudios de grabación donde hacía poco habían estado grabando Led Zeppelin, The Rolling Stones y The Who, no pudo ser más afortunada, porque mientras la recepcionista me echaba diciéndome que ahí no podía ir si no era a través de una compañía discográfica, de una puerta apareció una chica llamada Sally, que se agregó a la conversación preguntándome quién era yo, y al decirle todo nervioso que era un músico argentino que acababa de llegar a New York y que tenía unas canciones que quería arreglar porque estaban mal grabadas, me tomó de la mano y me hizo pasar.
A los pocos días estaba viajando con ella a Philadelphia y a Washington (donde al visitar la Casa Blanca, salió Nixon del Salón Oval para saludar turistas, estrechándome la mano a dos meses de su Watergate) y con un ingeniero de sonido llamado Tom, que a la semana siguiente logró mejorar un poco el pésimo sonido de lo que después se editó como The Mid-Manhattan Tapes, esas canciones de mi adolescencia cuyo link ahora adjunto:
Con ellos vi a The Who y nos alojamos en el mismo hotel. Ella era su manager y yo en aquel momento no lo sabía. Un día Sally me dijo «con estas canciones que haces sólo podrás jugar la ‘little league’ (la ‘liga pequeña’)». Me estaba advirtiendo claramente que con mis ideas musicales y mi forma de ser nunca llegaría a ser un músico exitoso como los que ella trataba.
Y así fue cómo New York me ofrecía toda clase de anécdotas increíbles. Mientras mi tía me pervertía y me hacía conocer la cara oculta de la ciudad y muchas más cosas, mi tío, su marido y padrino mío, me llevaba a comer al restaurante de las Torres Gemelas y a conocer a dos argentinos célebres: el compositor Lalo Schiffrin (‘Misión Imposible’ music) y al médico René Favaloro, inventor del by-pass coronario.
Pero yo no quería estar mucho tiempo con «viejos» (personas de 45 o 50 años), con la excepción de Tita, que era un caso especial.
Y muy pronto iría con ella al mismo sitio en el que habían actuado The Bee Gees (el Lincoln Center), para ver a otro grupo que me dejó estupefacto: Genesis.
Mientras tanto, a mi regreso de los estudios y antes del concierto, llamábamos a mi madre a través de una operadora, para felicitarla por su 50 cumple (¡hoy hubiera cumplido 100!).
«El tiempo pasa y pesa mientras uno pisa y posa», decía una de mis canciones de aquella época.
Todo esto y más irá en mi próximo libro de anécdotas…
Guillermo Cazenave

Guillermo Cazenave

Compositor, Productor, Escritor & Conferenciante

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