Amig@s, estoy muy contento al haber sido seleccionado para ocupar una parcela en Marte. Pronto parto de 9 meses (de viaje embarazoso) al planeta rojo.

Una foto de Guill Cazenave.

«Llevamos buenas cosas» decía Spinetta en la canción «Rutas Argentinas» (1970).

Allí, en el planeta rojo, también hay tempestades y martemotos. Es el dios de la guerra. Seguro es que descendemos de ellos. Seis mil guerras en dos mil años, y sin contar las domésticas con la mujéeee, que a veces ni es ella sino la suegra, cuñadas y, como afirma mi amigo Albert, toda la mafia que viene detrás cuando uno cree ilusamente que forma pareja o se casa con una sola persona. No, a la hora de la verdad, y como dice el refrán, «la cabra vuelve al monte» y cada uno o una vuelve a ser lo que era, con su gente, con lo que vio y vivió en la infancia en materia de ética, educación, moral, etc. Un amigo me decía una vez que todas las personas que en realidad odian a la «parienta», le diseñan su propia destrucción tanto a ella como a la familia. Esto es como las despedidas de soltera, en las que todo lo que se le hace a la «amiga» es ridiculizarle su futuro estado civil. Y mi amiga Bertha, alma mater de la revista de rock española Popular 1, me comentaba que la nueva tecnología en materia de chats, emails, celulares, etc., aceleraban el bombardeo destructivo para mentes confusas o vulnerables que así quedan a merced de aquel diseño al que hacía yo antes referencia.

Por eso amigos y amigas, las cosas se complican en la vida cuando no hay diálogo, cuando se escucha más a terceros que fracasaron en el mismo tema que a quien desea salvar el barco.

«No gastes jabón o champú en un asno», dicen también los españoles. Por ello, si las situaciones se emburrecen no hay más remedio que alejarse como cuando estalla una guerra y la gente se sube al auto con sus hijos y con lo poco que pueda cargar para huir hacia la frontera, hacia otros horizontes lejos de los cañonazos salvajes de quienes se sienten habilitados para hacer con uno y con sus seres queridos lo que les sale de sus instintos más primarios.

Krishnammurti decía que la guerra era una prolongación de nuestros propios conflictos cotidianos y de nuestra incapacidad para resolverlos. Tenía y tiene razón.