Actuando con Jeremy en Rennes-le-Château («Made in France»)

Como un rayo (de luz) pasó por aquí mi amigo Jeremy junto a su hija April.

Familia de músicos los Morris, desde su padre, el trompetista de jazz Bill Morris, pasando por el propio Jeremy como guitarrista, tecladista y cantante, hasta su hijo Mark, multiinstrumentista, o April cantando, sin olvidarme de su cuñado, el baterista Dave Dietrich. Todos ellos tocaron 6 noches seguidas en The Cavern Club de Liverpool, cuna del Mersey Beat y de los 3 Fab (ya que el cuarto Fab era Pete Best, pero fue vilmente echado del grupo para poner a Ringo, que de Fab tuvo poco) a comienzos de los años 60 Pero esta fugaz visita de uno de los músicos más sencillos y fáciles para trabajar que conozco, por el País Cátaro, me impulsó a volver a tocar un poco en vivo.

A pesar de que llevo 5 años cuasi-retirado y de mencionar la palabra “trabajar” en el anterior párrafo, pienso que tener hijos e intentar reordenar la vida y el paisaje interior de uno, es algo mucho más complicado que el hecho en sí de trabajar para otro sin demasiadas responsabilidades por asumir.

Mi padre siempre me decía: “dedícate a algo que sea distinto, a algo que no haga mucha gente, a algo que te cotice, porque si haces una cosa que pueden también hacer millones de personas, te infravalorarán”.

Digamos entonces que fui asesorado en ese sentido por un abogado y juez que casi nunca ejerció directamente su profesión para evitar eso de acusar o sentenciar a alguien, refugiándose, en cambio, en el estudio de la guitarra con una concertista y alumna de Yepes, Irma Constanzo (de quien conservo una de sus guitarras “Yacopi», o leyendo a Krishnamurti, Gurdjieff, Paul Brunton o Maurice Nicoll. Mi padre tenía amigos muy interesantes, como el médico y violinista Ezequiel Ramos Mejía o el doctor Mariano Barilari, quienes junto a otro insigne médico, Eduardo Alfonso, fundaron en la Buenos Aires de los años 40, la revista “Viva Cien Años”, pionera del naturismo en castellano.

Tuve la inmensa suerte de conocer a estos tres talentos de la nueva medicina, de médicos que mantenían inmaculado el juramento hipocrático.
Alfonso decía que “el paciente se cura con, sin y a pesar de la medicina” y que los médicos sólo recetaban pastillas para entretener mientras el cuerpo se recuperaba o no solo.

De esto y muchas cosas más hablamos con Jeremy durante una semana vertiginosa, en la que hubo un concierto en el pueblo medieval de Mirepoix, un programa, “Luces en la Oscuridad”, con entrevista y actuación en vivo gracias al buen amigo y director del programa, Pedro Riba, y muchas grabaciones en mi estudio, incluyendo canciones Beatles, de Litto Nebbia o mías y, obviamente, en su mayoría de Jeremy.

Hablamos mucho sobre el hecho de trabajar en sí, con mi también amigo Albert Martinell sobre el significado de la palabra «tripallium» (origen latino de esa otra palabra llamada «trabajar» y de cómo derivaba de ahí una nueva palabra que se ha utilizado mucho en fotografía y filmaciones: el «trípode».

Pero lo esencial (y lo que deseo subrayar ahora) es que el «tripallium» era el castigo por el cual los romanos ataban a un trípode a los esclavos que no «trabajaban» lo suficiente o también a los asnos.
Digamos que para sostener el imperio debían existir «trabajadores», esclavos del «tripallium» y, a su vez, «trepadores» o «trepas» capaces de entregar su tiempo y sus energías creyendo que así «ascenderían» en sus profesiones o actividades.

Y aún hoy día, más de dos mil años después de semejante «burrada» o «asnada» (con mi mayor respeto a los burros de verdad, a los que son más animales genuinamente hablando que las bestias pensantes humanas desnaturalizadas), quienes desean que esto del poder y de los imperios persista (y cuando me refiero a «imperio» no necesariamente aludo a un país poderoso, sino a cualquier nivel de control que pretenda imponerse o someter a los demás), nos advierten de que si perdemos el trabajo, el «tripallium», nos hundiremos en la miseria de la marginación.

El sistema requiere pues de trabajadores. Sin embargo, sabemos que el planeta da recursos para alimentar al doble de sus actuales moradores sin necesidad de mayores esfuerzos.

Entonces, ¿por qué esa insistencia en llevarnos a las ciudades y a los supuestos centros neurálgicos de producción para que… encontremos trabajo?

¿Por qué, pues, nos arrancan de la tierra, se nos invita a un futuro mejor en lugares cementados e hiper-construidos, mientras los productos que la naturaleza ofrece cada vez valen menos aunque lleguen a los supers a precios más y más elevados?

¿Para qué tenemos que trabajar? ¿Para comer? ¿Para pagar los cada vez más diminutos habitáculos cerca o en medio de dichos centros, precisamente no alejados de las áreas de poder?

¿A nadie se le ha ocurrido pensar que con 20 metros cuadrados de terreno podríamos autoabastecernos sin tener que caer o recurrir a semejante trampa elaborada por quienes insisten en las bondades del trepallium?

¿Por qué no llevar a cabo nuestra labor desde espacios libres de sistemas de producción contaminante, compra-venta y consumo?

¿Por qué no regalar y compartir con los demás lo que hacemos?

¿Por qué siempre tenemos que pagar algo o a alguien? ¿Por qué tenemos que cobrar por tal o cual cosa?

¿No sería mejor volver a conceptos no estructurales de libertad para hacer lo nuestro y llevarlo a los demás de una manera exenta de precios y sin presiones mercantilistas?

¿Es, asimismo, la cantidad lo único que cuenta en toda esta vorágine de producción y fabricación a granel?

¿Es más planeta un asteroide desierto por el mero hecho de tener más kilómetros que otro que, a lo mejor, es un vergel quizás albergando elementos vinculados a la especie que lo analiza en busca de explicar sus orígenes y «evolución»?

¿Es más algo alguien que vende más? (valgan todas las redundancias) ¿Quién vende más discos o publica sus libros en más países? ¿Es más que una persona que jamás ha publicado su obra?

¿Es entonces nuestro baremo el de «Creced y Multiplicaos»? ¿El de la cantidad por encima de la calidad?

¿Son mejores una familia, un país, un planeta, una galaxia, un universo, por ser más numerosos?

Y ahora, regresando al inicio de estas reflexiones, mi buen amigo Jeremy opina que hay que regalar la música, tocar más en vivo y dejarse de peleas por aquello de bajarse canciones de internet. Él opina que hay que compartirlo todo y gratis.

En estos momentos, y ya que necesita dinero para subsistir, vive de lo que le pagan sus alumnos por las clases de guitarra que les da cada semana.
Para Jeremy, obsequiar un CD o un DVD a alguien que lo valore y disfrute, es tan éxito como aquel que cuenta sólo en cantidades sus supuestos logros.

Al llegar a Francia, mi amigo nacido en la América del Norte, sufrió una transmutación. Subió al castillo cátaro de Montségur, perdiéndose solo entre los arbustos, en una apacible tarde de verano en la que nadie había allí para orientarlo. Jeremy descubrió en el País Cátaro otros ritmos (y no me refiero a lo estrictamente musical), otra atmósfera y otro paisaje.

Parte de ello lo refleja en su nuevo y excelente disco: un homenaje a esa Francia que desconocía y a estos parajes griálicos tan especiales y abundantes en historia y leyendas.

Procuraré difundir su álbum «Made in France» lo máximo posible en mis circuitos de calidades (no de cantidades). Porque es muy buena música y porque su autor es también una buena persona y un ejemplo a seguir, a pesar de que el país del cual proviene es quizás el campeón del culto a lo trepa, cosa que imitan infructuosamente otros tantos nuevos nostálgicos de la Roma imperial (sin que aluda en el término a los actuales ítalos) de Hispanoamérica, España, Inglaterra, etc., donde palabras como «forrarse», «la hiciste», etc., nos indican que aún hablando español o inglés todos podemos ser «romanos asteríxticos» en busca de ese éxito imperial tan absurdo que mueve a millones de seres que niegan el ocio haciendo «negocio» o en el triste «tripallium» que sólo les llevará a mayor gasto, consumo, endeudamiento y producción contaminante del planeta Tierra, que hoy más que nunca, necesita tranquilidad y autodepuración.

Cuanto más tranquilos estemos y menos cosas hagamos, mejor nos irá a todos.
Cuanto más nos movamos y pongamos la absurda maquinaria de producción (desde el coche hasta la fábrica o la fabricación) peor nos irá.

Ya hemos tenido suficientes avisos como para que le digamos a nuestro ego que ¡stop!, que aquí no somos nadie y que la naturaleza es para amarla, disfrutarla y compartirla, comiendo todos de sus frutos (dis – frutarla) y haciendo del ocio, del mar, la montaña, los paseos, el amor y de toda la belleza que se nos ofrece a diario, nuestra actividad primordial.

Pero para ello es esencial que tengamos valor para romper con las estructuras de poder creadas por nosotros mismos, para romper con la ambición, el individualismo y la necesidad por demostrar y demostrarnos cosas.

Deseo que países como la India o China no entren ahora en esta ridícula global – ización occidental y que, si fuese posible, mantengan un cierto compromiso de menor ritmo, tal como sucede en la Francia actual, donde muchos galos son capaces de recordarnos que las prisas no llevan a ninguna parte y que es posible vivir en Oxidente sin oxidarse del todo, ¡a pesar de los «quemacoches»!