Mi abuelo en 1931 junto al presidente de Argentina José Uriburu y el príncipe Edward VIII, padre de la reina Isabel, y quien abdicara al trono de Inglaterra

Cuando yo nacía en Argentina, se cumplían 10 años del final de la llamada “segunda guerra mundial”.

Buenos Aires era una ciudad palpitante en la que los teatros, la música y la vida cultural superaban a New York o a Londres. Era, desde luego, una época de esplendor extraordinario.

Mi abuelo, Director de Inmigración, les daba la residencia a todos los inmigrantes que entraban en barcos atestados de personas indocumentadas, teniendo la idea de crear un gran comedor en el propio puerto, para que, mientras se arreglaban los papeles de miles y miles de europeos que no tenían cómo identificarse, todas estas personas que llegaban a Buenos Aires subalimentadas, agotadas y hasta con epidemias de piojos y sarna en barcos colapsados que cruzaban el Atlántico tras soportar incontables peripecias, pudiesen recuperarse comiendo todo lo mejor que el país en el que nací podía ofrecerles.

Algunos de estos inmigrantes obtuvieron su residencia casi en el acto.

Muchos jóvenes, como en el caso de Onassis, hicieron su primer millón en pesos argentinos, ofreciéndole a mi abuelo negocios a través de barcos griegos o de otras nacionalidades que repostaban en el puerto de Buenos Aires.

Mi abuelo nunca aceptó comisiones ni negocios. Murió con lo puesto. Sin ahorros y sin fortuna. Pero ayudó a miles de inmigrantes que prosperaron después de huir de la hambruna y las guerras europeas. Algunos de estos inmigrantes, como los Dreyfuss o los Haas, al morir mi abuelo, le enviaban sobres de dinero a mi abuela en señal inequívoca de eterno agradecimiento.

Cuando la Barcelona de la post-guerra no disponía de capital para asfaltar sus calles, mi abuelo le dijo a su amigo Bartolomé Mitre, nieto del ex presidente argentino de igual nombre: “tenemos que asfaltar Barcelona”. Y así fue cómo se donó a fondo perdido todo el dinero que la capital de Cataluña necesitaba para pavimentar sus calles. Una de las principales avenidas de Barcelona es la Ronda del General Mitre, pero nadie sabe quién fue este argentino hijo de inmigrantes griegos ni porqué tiene una calle tan importante en la Ciudad Condal.

Al fallecer mi abuelo, miles de inmigrantes anónimos lloraron su pérdida, y poco tiempo antes, un día y siendo yo aún niño, el padre de mi madre me dijo lo siguiente: “Guillermo, hay una palabra que debes borrar de tu diccionario: esa palabra es ‘extranjero’. Este mundo, este planeta, es para todos, y los europeos y personas de otros continentes que vienen a la Argentina, son también nuestros ancestros, nuestros orígenes, y el día de mañana podríamos ser nosotros los que tuviésemos que ir a sus países, porque todo en esta vida es cíclico y no hay nada bueno o malo que dure eternamente”.

Así que yo me quedé con esta frase de mi querido y generoso abuelo Carlos Giménez Morón, hijo de un General co-fundador en Argentina de la guarnición Campo de Mayo, criador de caballos pura sangre y encargado de comisiones que ampliaron y mejoraron al célebre Jockey Club de San Isidro, observando después la pobreza y la humildad de su viuda, mi abuela, que supo conservar muchos libros y sabiduría sin importarle nunca el dinero; algo que consideraba ordinario. Mi abuelo entre el Príncipe de Gales, Edward VII, y José Uriburu, entonces presidente de la Argentina, durante la visita a Buenos Aires del príncipe que abdicó al trono, padre de la actual reina Isabel de Inglaterra.

A mediados de los años 70s se me ocurrió emigrar de la Argentina para conocer el mundo.

No tenía dificultades económicas ni problemas de tipo político ni nada que me obligara a irme de mi país.

Quería hacer música y descubrir ciudades como Nueva York o Londres, en las que viví varios años, hasta instalarme en Barcelona, a comienzos de 80s.

Y ahora observo con pena la poca eficacia que demuestran los europeos para entenderse entre ellos, a la vez de aceptar a inmigrantes de otros países que, al igual que les sucediera a los ciudadanos del viejo continente no hace mucho, llegan ahora al primer mundo en busca de una oportunidad para salir adelante y no morirse de hambre.

Pienso una y otra vez en la frase de mi abuelo, en todas las personas que ayudó, en cómo se recibía a aquellos “¿extranjeros?” que pedían ayuda escapando de guerras mundiales, guerras civiles, etc., y tengo muy claro que la palabra “extranjero” no pertenece ni pertenecerá jamás a mi diccionario.

León Gieco canta en una de sus canciones: “me iré de tu país cuando tu empresa se vaya del mío”.

Quizás haciendo justicia, tuviésemos que empezar a aplicar estos conceptos, y analizar lo que significa “invertir”.
Invertir quiere decir “dar la vuelta”, hacer que mientras una cosa sube, la otra baje. Por lo tanto, estos países del denominado “primer mundo”, que “invierten» sacrificadamente” en el tercer mundo, ven con desagrado que personas de dichos países o de sus ex colonias, “invadan” su territorio.

Pero hasta que no se “revierta” el problema de la “inversión”, todos nos veremos “inmersos” en estas “invasiones” que, en realidad, buscan hallar ese equilibrio que alguien desequilibró equivocadamente.

¡Qué de dinero recogió Europa de sus colonias a lo largo de los siglos! ¡Cuánto oro y riquezas para otorgarle prosperidad y estabilidad a sus habitantes!

Veremos pues muy pronto lo que el futuro de estos movimientos migratorios nos deparará.

El capital circula libremente.

Los in y out-migrantes buscan el capital en la capital, en la gran ciudad que les dará trabajo.

La cultura se cultiva lejos de los cultivos, a cuyos cultivadores se les paga céntimos para tentarlos, arrancarlos de la tierra y luego llevarlos hasta el cemento de lo inmóvil y de las inmobiliarias.

Hoy día una «persona cultivada» nada sabe de cultivos, como no sea lo que compra en el supermercado más cercano (o más lejano).
Y en medio de todo esto, nativos y foráneos luchan por pagar lo que no necesitan consumiendo la desnaturalización, en un planeta con recursos para alimentar a 12 mil millones de personas sin que, en realidad, ninguna necesite trabajar para ello.

Alguien está haciendo trampa.
Alguien decide quién será “in” y quién será “out”.
Alguien está invirtiendo.