… y tras cruzar la descafeinada frontera, ya casi sin control, franco-española de La Junquera, y de recorrer kilómetros y más kilómetros bajo ese sol ibérico tan característico y añorado por millones de vecinos del norte, ponemos pie en el sur de Valencia en la casa de nuestros anfitriones en plena expansión de segmentos que en los años 70s llamábamos «motivación», en los 80s «PNL» o «Programación Neurolingüística», etc., etc.

La palabra «coach» la inauguró oficialmente el tenista Guillermo Vilas con su coacher Ion Tiriac en 1974. Fue una verdadera innovación la de tener un entrenador que era además su consejero personal, amigo y después hasta socio, pero dicha palabra sólo comenzó a usarse únicamente en el mundo del tenis.

Nuestros amigos pasaron por varios procesos de ubicación laboral; desde el homeschooling (o educación en la casa) hasta el renovado coaching que, sin duda, requiere de cambios de ruta constantes para poder así mantener una suerte de talleres, conferencias e interés sin que decaiga la línea de flotación, y esa sensación y presión la viví personalmente hace un par de décadas cuando los catálogos de revistas y distribuidores que vendían mi música me exigían nuevos títulos e innovación… ¡cada mes!  Yo tenía que competir con sellos y discográficas que tenían en su plantel a decenas de músicos. En mi caso, opté por la independencia absoluta hasta llegar a ser quien componía, quien grababa, quien producía, quien distribuía, quien vendía y quien cobraba. Cuando me preguntaban «¿quién compone toda esta música?», la respuesta era «yo». «¿Quién la graba?»: «yo». «¿Quién toca todos los instrumentos?»: «yo». «¿Quién te la distribuye?», etc. En realidad, tenía distribuidores pero, digamos, parcialmente.

Así que al llegar a este sur de España recordé toda una época en la que audacia e improvisación se fusionaban con enormes deseos de profesionalidad y de salir adelante. Gran parte de aquello fue aminorando con los años y más aún al irme de España hacia tierras en las que nada se deja librado al azar y el control torna las cosas, a veces, irrespirablemente seguras.

Muchos españoles y latinos del sur apuestan por el norte. Si tienen hijos piensan que es mejor no arriesgar demasiado en los vaivenes económicos del sur.  Prefieren la paz de lo previsible que alguno aventuró como «la paz de los cementerios», precisamente en países como Francia, en el que abundan pueblos en cuya calle principal o en la propia entrada a la «ville», lo que más destaca es el cementerio. Algo terrible que marca a «cemento» y a cada instante el recuerdo permanente de que no hay recorrido de vida sino recorrido hacia la muerte. Es el rostro mórbido de un análisis vital que pierde de esta manera su vitalidad.

No todos los sures son el far west. No todos los sures son una batalla campal de inseguridad. Y esta zona de la España mediterránea me devolvió la sensación de que quizás sea mejor (en términos económicos o de estabilidad) «vivir mal» a «morir bien».