… del bananero… ¡dieron (como era previsto) bananas!

Ramos de bananas por doquier y el huerto que sembramos con la ayuda de amigos paraguayos y que mi hija Elizabeth riega sin parar, feliz de vivir en este lugar en el que hice construir y arreglar dos habitaciones anexas en lo que se volvió ahora una casa contigua.

Graciela Canovi, psicóloga de mis hijos con 40 años de experiencia en estas cosas, me insiste en poner la mitad de esta propiedad a mi nombre y luego venderla para acercarnos de alguna manera posible a la madre de mis hijos, ya que ella no aparece pero mis hijos ya con los pasaportes caducados y yo denunciado me impiden embarcar desde ningún aeropuerto ni viajar oficialmente a ninguna parte.

Voy a ver al juez de paz y de familia del pueblo, a la vez de consultar a numerosos abogados. Hugo Lovera, de Asunción y defensor de tierras expropiadas a los indios guaraníes, hombre de familia tradicional en este país, no se explica cómo un país del nivel de Francia permite que a un padre de familia que no ha hecho absolutamente nada ilegal ni violento, se lo eche de su hogar sin orden judicial simplemente porque la madre quiere que se vaya al tener ella un nuevo compañero.

Y lo más rocambolesco de esta historia psicopática, que esa madre que dice defender, cuidar y proteger a sus hijos, no se le ocurrió mejor cosa ese día de su cumpleaños del 12 de mayo de 2014, que, 6 horas después de la expulsión ilegal del padre de ese ex hogar, organizar una fiesta con su nuevo compañero delante de sus propios hijos, quienes, en propia voz de los dos mayores -Claire y Adrien, entonces con 13 y 11 años de edad respectivamente- se asustaron tanto los 3 que se refugiaron en la habitación de la mayor (Claire) hasta que la perversa fiesta hubo concluido

Al día siguiente, intercepté a mis hijos en sus colegios y, en estado de pánico, me pedían de no regresar más a «ese apartamento» (sic) contándome anécdotas que guardo como tesoro y evidencian de lo que la sinrazón humana es capaz de producir.

Entonces, pensaba yo, ¿cómo puede ser que las leyes de la Convención de La Haya indiquen que los menores, en caso de supuesta sustracción, deben regresar lo antes posible al último domicilio conyugal? ¿Así es cómo se protege a los menores? ¿Regresándolos al lugar de lo que peor vivieron en sus vidas para convivir con quienes generaron aquello? ¿Tan poco flexibles son las personas de leyes?

En Argentina, a punto de cambiar el código civil, sí. En Paraguay, me explica Lovera, nadie hubiera consentido semejante atropello. Un juez le otorga, por ejemplo, me contaba Hugo, 30 días al progenitor que debe, por mandato judicial y nunca de otra manera, abandonar ese hogar.

«Tu exclusión del hogar -Guillermo- es equivalente a la de nuestras antiguas dictaduras o a países como Venezuela. Desde luego que están mal las cosas en Francia», me comentaba.

Estuve reflexionando mucho sobre todo esto. ¿Es posible que la supuesta defensa de los derechos de la mujer y de los menores genere o degenere en algo así?

Decido comer una de las bananas. No tengo respuesta. Tampoco le guardo rencor a la madre de mis hijos ni quiero hacer de este blog una tribuna para descalificarla, aunque ella o quienes le rodean lo hagan conmigo. Pero algo de todo esto siento necesidad de escribirlo.