(Artículo que escribí sobre Lourdes y mis ancestros Cazenave para un monográfico de la revista «Más Allá»)

El centro de peregrinación más célebre de Occidente, que acoge diariamente a miles de visitantes de numerosos países, acaba de cumplir sus 150 años como lugar de reunión y convocatoria para orar y pedirle a la Virgen, sobre todo, salud.

Sin embargo, desde que Bernadette Soubirous, aquella niña pobre de una región entonces asolada parcialmente por la pobreza y el hambre de muchos, dijera haber visto y hablado con una “señorita” o “con la Señora”, hasta que se reconociera oficialmente a la “Inmaculada Concepción” como a la realmente aparecida, sucedieron algunos hechos remarcables que sería oportuno analizar.

El Calvario de los Soubirous.-

Lourdes, 1841. Claire Castérot acaba de enviudar tras un accidente de carreta de su marido Justin, quien deja a la viuda con cuatro hijas, un varón y el molino, cuya rueda había que hacer girar a diario para dar de comer a la familia.

Claire necesitaba a un hombre que conociera el oficio y que no viviese lejos de su casa. Ese hombre era François Soubirous, vecino de 34 años de edad que trabajaba en el molino más cercano al suyo. Y hasta tal punto llegó el interés de madame Castérot para que Soubirous se quedara allí, que le insinuó que cortejara a su hija mayor, quien, a la larga y como marcaba la tradición, sería la heredera del molino familiar. Pero François quedó embelesado por la hija más pequeña de Claire: Louise. Una joven rubia de 16 años, considerada indiscutiblemente entre las chicas más bellas de Lourdes.

La señora Castérot trató de convencer a Soubirous para que desistiera en su empeño, pero la pareja ya era un hecho y, a pesar del deceso de la madre de François, la boda no tardó en llegar, así como su primera hija, nacida el 7 de enero del año 1844 y bautizada bajo el nombre de Marie-Bernarde, aunque todos la llamaran desde muy pequeña “Bernadette”.

Mas la pobreza se cierne una y otra vez sobre la familia Soubirous-Castérot, y François, que desde muy joven había conocido los altibajos económicos y las apremiantes necesidades por encontrar trabajos esporádicos que le sacaran momentáneamente de la miseria cotidiana, sabía que en aquel Lourdes que en nada se parece al actual, era Dominique Cazenave quien siempre lo sacaría de un apuro, consiguiéndole “faenas del día” con pequeñas pagas que le permitirían seguir adelante para alimentar a los suyos.

Una curiosa anécdota.-

El área de Lourdes era en aquellos tiempos un lugar conocido por sus benéficas aguas termales. Años atrás se había construido el ferrocarril que comunicaba a localidades del Alto Pirineo, como Tarbes y Pau con Toulouse o Biarritz, pero para acercarse a enclaves más apartados pero abundantes en cascadas y “aguas curativas”, como Argelès, Cauterets, Luchon o Pont de Espagne (denominado así este último por su cercanía con el país vecino) era inevitable acudir a monsieur Cazenave ya que él era propietario de todos los medios de locomoción para desplazarse por la zona. Desde las carretas más sencillas hasta los carruajes lujosos, todo pasaba por la cuadra de este singular ex militar bonapartista y amigo del alcalde de Lourdes, Adolphe Lacadé, con quien planeaba y tramaba nuevas estrategias para que los visitantes a Lourdes sintieran interés por trasladarse a los innumerables saltos de agua pirenaica que ofrece la zona.

Aquella mañana en que François se acercó al despacho de Cazenave, éste lo recibió con un “¡otra vez por aquí monsieur Soubirous!”. A lo que el joven le respondiera: “mi Teniente, con lo que gano no llego a final de mes. Si tuviera Usted alguna faena por pequeña que fuese…”.

Cazenave: “Señor Soubirous, Usted está siempre en apuros y en la vida a nadie le llueven las cosas del cielo. Hay que espabilarse un poco, amigo…”.

Soubirous: “Dios no se apiada de mí, Monsieur. Son ya demasiados años de racha negativa”.

Cazenave: “Mire François, es muy posible que la dicha provenga de Dios, pero le aseguro que nuestras desgracias en la vida nos las ganamos nosotros mismos sin intervención divina”.

Soubirous: “¿Tiene algo para mí, por favor?

Cazenave: “Sí, pero le aclaro que no es un trabajo precisamente agradable y seguro. La madre superiora del hospital de Nevers me pidió si podía conseguir a alguien para que trasladara varias cajas y bolsas llenas de desperdicios y de restos sanitarios muy infecciosos. Usted tiene que llevar eso hasta Massabielle para allí quemarlo y luego tirar las cenizas al río. Le pagaré por ello 20 monedas”.

Soubirous le pidió a Cazenave un poco más de paga: 30 monedas.

Posteriormente se acercó con el carro al hospital para cargar el material nauseabundo que impregnaba de olor todo lo que le rodeaba.
Debía llegar a Massabielle y pasar por delante de la denominada “Gruta Maldita”, sobre la que campesinos y lugareñas contaban a menudo historias espantosas de fantasmas. Una gruta que servía de refugio forzoso para leñadores y pastores en días de tormenta y a la que nadie osaba aproximarse sin antes haber realizado las pertinentes persignaciones de turno.

Soubirous jamás creyó en los aparecidos. Esa noche, y para tener que evitar de cruzar el río con su desvencijado carro, pensó en que lo más prudente sería quemar los despojos del hospital en la propia gruta, un lugar ideal para hacer un fuego sin el peligro de que éste se propague.

Tras unos instantes de duda, gritos y extraños gruñidos parecieron provenir a escasos metros de donde él se hallaba, que no eran otros que los del porquero Leyrisse, un hombre considerado como “el tonto del pueblo” y que vestía con pieles desde la cabeza a los pies, haciendo gestos y expresiones que más de uno hubiera asociado al llamado “abominable hombre de las nieves”.

Leyrisse ayudó a François a desprenderse del material contaminante del hospital, y éste pudo regresar a las once de la noche a la finca de

Cazenave para decirle al ex militar y ahora importante hacendado, que el encargo se había cumplido exitosamente.

Apariciones y Curaciones.-

Pero lo que días más tarde escuchó y vio en la gruta la niña Bernadette Soubirous ya no fueron los gritos o exclamaciones de Leyrisse, sino “la voz de una señora que me llamaba”. La hija de François se había acercado a la cueva de Massabielle en busca de leña para su casa por encargo de sus padres.

Lo que posteriormente describió a sus progenitores fue haber visto a una mujer delgada y vestida de blanco cuya aparición la dejó perpleja y asustada pero sin ganas de salir corriendo, como en otras circunstancias, ya que, a la vez, sintió una inusual sensación de alivio; como de consuelo.

Durante las sucesivas apariciones, los mensajes de “la Señora” comenzaron a definirse, mientras el estupor y la duda se esparcía entre la comunidad de Lourdes.

Fueron en total dieciocho las apariciones que se le contabilizaron a Bernadette, una niña que, en todo aquel lapso de tiempo transcurrido entre el 11 de febrero y el 16 de julio de 1858, fue castigada por sus padres, interrogada por la Iglesia, utilizada por miembros de la aristocracia local, admirada y seguida por amigos, vecinos y peregrinos, aunque quizás hayan sido el detonante para tomar estos hechos como algo definitivamente serio y con rango eclesiástico, las curaciones que con agua de la fuente de Massabielle tuvieran el día 3 de junio de ese mismo año, Louis Bouriette, Henri Busquet y Blaisette Cazenave, sin olvidar que fue oficialmente reconocida como “Primera Curación Milagrosa de Lourdes”, la de la joven Catherine Latapie, el 1 de marzo del citado 1858.

Como en todo acontecimiento o suceso público, son como mínimo dos las versiones sobre lo acaecido. Para el Vaticano no llegan a setenta el número total de curaciones, desde la primera anteriormente descrita, hasta la última, de la joven italiana Anna Santaniello, fechada el 21 de septiembre de 2005.

Para los seguidores más alternativos de Bernadette y de los prodigios de Lourdes, la cifra de curaciones comprobadas podría llegar a las mil personas. Pero para el público en general, dicha cifra aumentaría en varios miles de casos ni censados ni revelados públicamente por las familias afectadas.

En cuanto a la adjudicación de las apariciones a la Virgen o “Inmaculada Concepción”, y a sus mensajes, ello se produjo de manera gradual y no es motivo de análisis para el presente artículo, cuya conclusión final nos hace pensar acerca de la posibilidad de que la niña Bernadette pudiera haber sido influenciada por elementos ajenos a lo que ella supuestamente vivenció en la renombrada gruta y que la familia Cazenave tuviese bastante que ver en todo aquello.

Los Cazenave.-

Con dos ramas de la familia perfectamente diferenciadas (una en la región del Ariège, en las cercanías de Montségur, y la otra en el área del Alto Pirineo cercana a Pau y también a Bayona), los Cazenave de Lourdes, junto a los Lafitte, se erigieron como una de las familias más poderosas de la zona.

Para Dominique Cazenave, ex militar y hombre de conocido carácter autoritario y arrogante, François Soubirous era “un pobre campesino sin recursos”, y el hecho de que su pequeña Bernadette tuviese aquellos encuentros con “la Señora” no hacían más que evidenciar la superstición de gente inculta y poco preparada.

Sin embargo, Cazenave, en su conocido afán por controlar la región teniendo en su haber todos los medios de locomoción privados que no fuesen el ferrocarril de la línea Tarbes-Pau-Biarritz o Toulouse, y en su igualmente público interés por la política y los contactos de alto nivel, dedujo que, fuesen o no ciertas, estas apariciones podrían ser rentables a mediano plazo para su pueblo y quienes quisieran visitarlo.

Se sabe que ya durante las últimas apariciones que tuvo Bernadette en la gruta de Massabielle, eran miles las personas que se acercaban al lugar con la ilusión de ver a la Virgen o para curarse de alguna enfermedad.

No obstante, Bernadette, cuya frágil salud le acompañó durante su corta vida de 35 años, efectuaba sus curaciones de reuma y otras afecciones que le atormentaron en la última etapa de su existencia, en el llamado Pont de Espagne, donde el agua pirenaica, conocida por sus benéficos efectos, cae a raudales, especialmente en los meses de primavera y verano, luego del progresivo deshielo de las nieves de alta montaña.

Cazenave, al igual que ciertas personas de la burguesía local, quiso manejar la situación de la niña Bernadette para sacar evidente provecho de la misma. Su hija, Dominiquette Cazenave, se encarg de organizar las primeras visitas guiadas a la gruta y en darle a la Gruta de Massabielle y a la propia localidad de Lourdes un status nunca conocido previamente.

Apellidos de la aristocracia francesa y hasta la propia Emperatriz Beatriz visitaron la aldea. Los donativos comenzaron a florecer y, año tras año,

Lourdes fue ganando en fama, adeptos y prosperidad.

Hasta tiempos presentes, el Hotel Cazenave-Soubies de Lourdes es una obvia ejemplificación de lo que esta localidad representó para algunas familias locales y lo que actualmente mueve en visitantes y en dinero a lo largo del año, habiendo transcurrido un siglo y medio desde aquellos extraños acontecimientos “dados por buenos” en la oficialidad católica.

Si lo que aquella niña de pueblo vio inicialmente fue algo relacionado a lo que anteriormente se comentaba en todo Lourdes, refiriéndose a dicha cueva como “Lugar Maldito”, o si, después de pasar por el filtro de los Cazenave, súbitamente se convirtió, hasta el día de hoy, en “La Inmaculada Concepción” o en la mismísima Virgen María, es algo que será complicado dilucidar.

Han pasado ya 151 años desde las apariciones pero las peregrinaciones continúan ferviente e incesantemente.

La niña es, desde 1933, “Santa Bernadette”. Todos los demás protagonistas destacados y poderes fácticos de la época, que frecuentaban el Café Français de Lourdes en busca de tertulia y nuevas estrategias para controlar o dominar la región, ya no están entre nosotros, aunque es probable que muchos otros hayan tomado el relevo.

Mientras tanto, los tres grandes miedos con los que el sistema suele lucrar (la muerte, la enfermedad y el desempleo) parecen no haber cambiado desde 1858 hasta el presente 2009.