En 1985 escribí un artículo en la revista ‘Mundo Mediterráneo’, que editaba y dirigía, en el que opinaba acerca de cómo España podría haber proyectado su propia Commonwealth asociándose a los países de su propia cultura e idioma y alejándose de dudosos «amigos» y «socios» que la quieren prioritariamente para llenar sus fábricas con mano de obra barata o para permanecer como país poco desarrollado y de servicios turísticos de cara a los pálidos del norte ávidos de buenas ensaladas y calles no desiertas después de las 8 p.m.

Años después volví a escribir sobre ello en mi libro «La Noche del Grial» y a comentarlo en varios programas de radio, pero las respuestas, en general, no compartían mi pensamiento. Daba la impresión de que muchísimas personas querían ser aún más europeas que los propios franceses y, hasta hace muy poco, oía que España era la octava potencia del mundo y que prácticamente en un año o dos más alcanzaría a Francia y luego a Alemania en macro-cifras laberínticas que todos sabemos a quiénes benefician.

El aislamiento, los complejos de inferioridad, una democracia joven y muchos engaños y falacias han favorecido estas actitudes y tendencias, y el euro es un ejemplo más de algo que, en su momento, nadie vio ni quiso ver o combatir con mayor rotundidad.

Ahora quizás sea tarde para llorar.

La moraleja es que uno debe en la vida asumir lo que es sin pretender ser otra cosa.

Por ejemplo, Inglaterra tiene muy claro quiénes son sus países amigos y de su entorno cultural: EEUU, Australia, Sudáfrica, Canadá, etc. Y de ahí no se mueven.

Pero si a muchos españoles se les preguntara sobre ello, ¿qué responderían?: ¿EEUU, Inglaterra y Canadá? o tal vez ¿México, Argentina y Portugal? Si la respuesta estuviera dentro de la órbita de los 3 primeros, descubriríamos inmediatamente el error del planteamiento y el poder del marketing de las culturas dominantes.

Aún hay personas en España que utilizan despectivamente la palabra «moro» o «sudaca», sin haber encontrado otra palabra similar para describir a sus supuestos «colegas» y «amigos de toda la vida» del norte. Esos amigos que hasta ayer le exigían visados para poder pisar sus territorios y que la ignoraron y condenaron al ostracismo en épocas de hambre y post-guerra. Y aún hay también personas que se desmarcan absolutamente de sus orígenes árabes o gitanos como si ello fuese un estigma que les marca tornándolos ciudadanos de segunda categoría poco «fashion» o nulamente «modernos».

España, pues, no quiso ser la vanguardia de Africa del Norte o la abanderada de Sudamérica. No, mejor apostar por el diploma de «culo de Europa» ya que, al menos, la frase incluye la tan ansiada palabra: ¡Europa! (¡somos europeos!). Y por el culo les metieron el euro y todo lo demás.

Pero la historia es cíclica porque los errores humanos suelen repetirse, y si la tan refinada y democrática Europa se hallara nuevamente abocada a períodos destructivos y de desbandada general, más de uno, pienso, deberá afinar su intuición para deducir dónde será probable y nuevamente bien recibido como un hermano más. Y esto lo afirma alguien que es nieto de quien fuera Director de Inmigración en un país que le sellaba a ciegas el permiso de residencia a toda persona que hubiese nacido en la Península Ibérica e Italia.

Mientras tanto, quienes sigan mirando hacia la Europa teutona supongo que, tal como les ha sucedido con las recientes acampadas y posteriores respuestas del sistema, «alucinarán pepinos».

Firmado (no obstante) por un fan de esa Europa de sus abuelos que admira y a la que tanto le enseñaron a amar en su colegio.