En los Estados Unidos de América todo es a lo grande: la geografía, las personas, las heladeras (según los argentinos cosa que hiela -aunque los más correcto quizás sería llamarlas heladoras-) o neveras (según los españoles, cosa que nieva) y, por supuesto, las tragedias.

Si un americano medio ocupa y consume el equivalente a mil indios, es obvio que necesitará espacio, y aunque en casi toda América es precisamente espacio lo que sobra siendo el precio del suelo bastante más barato que el europeo, las construcciones de nivel medio parecen o son más prefabricadas que lo que podríamos considerar verdaderas edificaciones. Los arquitectos allí, tal como sucediera en la España más reciente de la secta tochana, hacían un plano una sola vez y te lo vendían 500 veces.

Es como si un músico compusiera todas sus obras casi iguales a las demás suyas, o algo así (creo que me hice un lío con el final de esta frase y no quiero ahora corregirla) y lo vendiera siempre como pieza única. Pero cuesta digerir que alguien que haya ido tantos años a la universidad te haga luego un rectángulo y le ponga un sello como si te estuviese diseñando el mismísimo Taj Mahal (sobre todo por lo que te cobra y poniénose el casco una sola vez, como los políticos en campaña electoral cuando bajan a las minas).

Recuerdo que hace unos 20 años aprox. ‘construí’ una casa de 300 m2 para la que se utilizaron más de 64000 ladrillos que pagué entonces a 20 pesetas españolas la unidad. La casa estaba en medio de un bosque pero al fondo se veía el azul inconmensurable del Mediterráneo. Allí empecé a ensayar con mi grupo La Nave y viví una de las etapas más prolíficas de mi vida vital vivida vívidamente. Mucha música y libros que me permitieron tener aquello.

En cambio, los norteamericanos de lo prefabricado, cuando reciben aquellos temporales tan a lo grande, es en sus casas de pladur donde huracanes, terremotos e incendios se ceban más.

La primera vez que estuve en Miami, a comienzos de los 70s, acababa de pasar por allí el huracán Camille. Y mientras construí mi casa a la que hacía referencia viajé 3 veces a Florida, dos de las cuales fueron justo después del huracán Andrew.

En las Bahamas, en la época post-Camille. Aquellos cielos aún me producen respeto

Alquilé un coche en Orlando y, como siempre al estar recién llegado, olvidé que el cuentamillas era (valga la redun) en millas y no en kilómetros. Llamé a mi amigo Manuel Figueroa, un matemático y físico (y por ello, gran calculador) nacido en Cuba y en aquel entonces corresponsal de la revista Más Allá en su primera e inolvidable época con Félix Gracia y Jiménez del Oso al frente, y a las 2 horas de trayecto ya estaba en su casa de Miami. Manuel asustado creyó que me había abducido un OVNI, al preguntarme ¿desde dónde me llamaste hace 2 horas?. Desde Orlando, respondí. No puede ser. Orlando está a casi 400 km. de aquí, me decía sorprendido. Y ahí caí una vez más en lo del cuenta millas. ¡Había estado conduciendo todo el tiempo a casi 200 km. por hora creyendo que iba a 110!

Me acuerdo que pensé ¡qué buen coche este que acabo de alquilar! Va como una seda. Lo más extraño es que a mí no me gusta manejar rápido y soy conductor más bien lento o biolento. Quiere decir que hice caso a la máquina y que mi intuición o sensibilidad fueron nulas.

Al llegar a la casa de Manuel, el tronco de un enorme árbol yacía tendido en el jardín. Él me explicaba que se encerró él allí con sus tres mujeres (sí, tenía como pareja a su esposa, a la hermana de su esposa -con la que tuvo una hija- y a una tercera amiga de ambas) esperando oir el viento pero lo que sintieron fue una vibración descomunal, un calor terrible en el pecho y la sensación de que iban a estallar por dentro. Pero afuera, mi amigo Kerry Cabré, que acababa de regresar de la primera Guerra del Golfo, estaba trabajando como guardia en una caseta de vigilancia y dice que lo que vio al mirar a los cielos en pleno huracán y vientos de más de 260 km. por hora (algunos afirman que hubieron rachas superiores a los 300 km.) fue un gigantesco dragón en forma de nube escupiendo aire de manera enfurecida.

En la esquina de la casa de mi amigo Kerry en aquellos tiempos post-Andrew.

 Manuel Figueroa, a pesar de su formación científica ortodoxa en Cuba y en la Academia de Ciencias de Moscú (donde estuvo becado 5 años), decía que todas las tormentas son en realidad seres elementales de la naturaleza e imperceptibles para nosotros.

La cifra oficial de muertos fue muy baja. Kerry contaba que por la noche toda una zona arrasada por el huracán y en medio de un barrio lleno de inmigrantes ilegales, fue literalmente ocupada por camiones del ejército, helicópteros que iluminaban las casas de manera espectacular y soldados que entraban a las casas destruidas sacando cuerpos y más cuerpos. Él calculaba allí unas tres mil víctimas no contabilizadas en las cifras oficiales.

Más tarde vino el Katrina pero cada año tenemos por ahí tormentas tropicales y amagues de huracanes.

Alguien preguntó ¿por qué en el Caribe son huracanes, en el norte tornados, en Oriente ciclones y en Japón, tifones?
¿Por qué no puede haber un tifón en Florida y un huracán en China? ¿Y quién es el gracioso que les pone esos nombres? Camille, Andrew, Katrina, Isaac…

Camille tuvo ráfagas de casi 300 km. por hora. Dicen que Andrew superó durante unos segundos los 340 km, por segundo. Isaac no pasó de los 140, aunque les aguó la convención a los del Tea Party; o sea como la tramontana catalana que pasé este invierno durante dos noches, con ráfagas de 120 km. por hora.

Sí, todo suena a cine y a Hollywood…

El presente mes y hasta el 15 de octubre estoy de campaña para promocionar mi e-book La Noche del Grial, y desde ya, una vez más, agradecido a quienes lo están comprando y apoyando. A partir de esta semana obsequiaré unos bonos con regalos y música para todas las personas interesadas en este libro. ¡Gracias! (¡gracias a mí por regalar estas cosas, por escribir en este blog y por brindar esta música y estos escritos tan buenos a lo largo de los años! Gracias a mí, sinceramente. ¡Mea plaudo a mí mismo por ser como soy! ¡Y que así sea o siga siendo!)

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