… acaba de sufrir un accidente cerebral muy similar al de mi amigo Manuel Figueroa. Una arteria obstruida es la explicación clínica.

Partes médicos arriesgan poco, conocedores los facultativos de que el cerebro continúa siendo esa computadora o máquina insondable, dentro de la cual millones de enlaces pueden hacernos ir y volver, ser, estar o no estar, de mil maneras no siempre clasificables o diagnosticables.

Pero quizás sea más sencillo entender las causas que produjeron los efectos: ritmos acelerados que mi hermano Marcelo (psicólogo) analizaría mucho mejor que yo. Alimentación cargada de grasas. Tabaquismo. Otras drogas. Etcétera.

Es cierto que los músicos solemos ser bichos diferentes. Saltimbanquis de los escenarios o de la vida…, nuestros nutrientes requieren de un despliegue de alas no siempre comprendido por los demás, ya que nuestro interior se alimenta de vivencias procesadas desde lo externo y a través de la emocionalidad de los demás, generalmente proyectada por medio de nuestra creación.

Una melodía o una canción te abre hacia un mundo de sensaciones que ni el propio autor hubiese imaginado al hacerla.

Un Mozart bebido te elevaba con sus mágicas notas hacia el misticismo más indescriptible. Un Beethoven enojado te transportaba a la gloria excelsa de lo irremediablemente sutil.

Erik Satié, con dos acordes mal tocados, nos sensibiliza hasta extremos únicos.

Y en el pop, como en diversos estilos musicales, tenemos cantidad de ejemplos imposibles de olvidar, desde los Beatles hasta los recientes Coldplay. Precisamente en el pop cantado en español, fue la Argentina el país pionero en crear su propia música y sus propias letras más allá de las versiones o «covers» de lo anglosajón.

Las 3 figuras pioneras del rock argentino fueron Mauricio «Moris» Birabent (1942), José «Tanguito» Iglesias (1946-1972) y Litto Nebbia (1947). A mediados de los años sesentas, ellos se lanzaron a la conquista de un nuevo lenguaje musical que, a finales de aquella década, supieron canalizar otros talentos como Luis Alberto Spinetta (de «Almendra»), Javier Martínez («Manal»), Ricardo Soulé («Vox Dei»), Gustavo Santaolalla («Arco Iris»), Miguel Abuelo («Los Abuelos de la Nada»), Charly García («Sui Generis»), etc.

Moris hizo doblete al lanzar la movida porteña en 1966 y, una década más tarde, la movida madrileña en 1976. Fue pionero en ambas ciudades sin haber nacido en ninguna de ellas, ya que es oriundo de Montevideo (Uruguay), en una sincronicidad de orígenes y desarrollo que me recuerda a Gardel, quien nació en Toulouse (Francia), siempre conservó la nacionalidad uruguaya para librarse del servicio militar pero, ante todo y al margen de papeles y de burocracias, fue el gran cantante argentino universal de tangos.

Y ya en tiempos más modernos, cuando la alborada de los años 80s presagiaba cambios de «look», surgió en Buenos Aires una banda llamada «Soda Stereo» en la que brillaba especialmente su guitarrista, cantante y compositor Gustavo Adrián Cerati Clark, con un toque especial para componer e interpretar canciones de manera diferente, tal vez aunando una genética italo-británica proclive a esa fusión actoral que la escuela italiana es capaz de extraer de lo ‘shakesperiano’ bajo un drama mordaz y metafórico con clase popular.
Soda Stereo en su gira regreso del año 2007

«Soda Stereo» quiso triunfar en España en tiempos en los que el rock argentino era visto como una competencia para el pop local. Recuerdo cómo los ayudé personalmente llevándolos a programas de televisión en Barcelona, logrando entrevistas para ellos en la revista «Popular 1» (pionera del rock en España y dirigida entonces por mis amigos Martín Frías y Bertha Yebra), en periódicos importantes de la universidad, etc., cosa que su manager, Daniel Kon, me agradeciera emocionado, aunque no bastara para que durante mi visita a la Argentina años más tarde, tras más de una década sin pisar mi país, y siendo «Soda Stereo» el grupo número uno indiscutible en toda Latinoamérica, nadie de ellos moviera un dedo para colaborar recíprocamente en la promoción de mi música allí; cosa que sí finalmente llevó a cabo Litto Nebbia a través de su Sello «Melopea».
En un programa de televisión en Barcelona (1992), en el que hablamos sobre cómo sería la música en el siglo XXI (Foto: Josep Guijarro)

Pero dejando de lado estas vicisitudes de la vida, siempre consideré a Cerati un talento que sirvió de inspiración y hasta fue, en mi opinión, mal imitado por Enrique Bunbury (curiosamente nacido su mismo día), El Último de la Fila, Radio Futura, etc.

Gustavo no paró de tocar ni de viajar ni de producir excelente música. Su ritmo de vida continuaba igual a sus 50 años que cuando tenía 25, pero obviamente ni su cuerpo ni sus arterias eran las mismas.
Cerati con Shakira en Buenos Aires (2008)

Ojalá se recupere de este desgraciado accidente y pueda volver a la vida de estos mortales tambaleantes pero necesitados de esas emociones y nutrientes, como citaba al inicio de estas líneas, si no pudiendo cantar ni tocar como antes, al menos para no tener que verle en otras condiciones físicas penosas para alguien con tanta energía y creatividad.

El tiempo y el karma tienen, como siempre, su última palabra.