Puerta de la casa donde nació Gardel, en Toulouse

Ayer visité la casa natal de Charles Gardes, el cantante más famoso que diera el tango, bajo el nombre hispanizado de Carlos Gardel, porque en realidad Gardel nació en Toulouse (Francia) y, según dicen algunos, jamás tuvo la nacionalidad argentina pero sí la uruguaya, sobre todo para librarse de hacer el servicio militar, algo que más de un músico, artista o persona sensible, obviamente, detesta.

La casa en la que nació Gardel está a 50 metros de la sede de la Sociedad de Autores francesa de Toulouse (la SACEM), en la que me di de alta hace unas semanas, después de obtener la baja de la SGAE española.

Nunca sentí especial afición por el tango. Es un estilo musical fascinante, y su forma de bailarlo, aún más, pero el sonido del bandoneón no es de los que más me agradan, y esas letras tan derrotistas y hasta depresivas podrían aplicarse muy bien, y respectivamente, a los dos países que mejor han acogido al tango como suyo: la República Argentina y la República francesa.

No es de extrañar, pues, que Gardel, máxima expresión de dicho estilo y uno de los grandes mitos argentinos (junto al Che Guevara, Evita y quizás, a mayor distancia porque aún vive, Maradona), hubiese nacido en Francia y nunca haya sido legalmente argentino.

El Che Guevara acabó como cubano y Maradona casi italiano, pero, en todos los casos, se trata de personajes muy argentinos, independientemente de sus pasaportes o DNIs.

Gardel vivió en Buenos Aires en una calle bonita. La Jean-Jaurés; cerca del número 444, donde Litto Nebbia tuvo inicialmente la sede de su sello ‘Melopea’. Y yo curiosamente he vivido varios años en la calle Jean-Jaurés, en una pequeña ciudad llamada Lavelanet, a 100 kilómetros de la añorada occitana Tolosa de Languedoc.

Es también curioso que habiendo ido tantas veces a Toulouse y acudido a la SACEM de dicha ciudad, nunca hubiese visitado esa casa en la que nació Gardel, ahora reconvertida en viviendas de alquiler para estudiantes.

Pienso que las autoridades argentinas deberían intentar recuperar aquel inmueble como centro cultural o edificio histórico, tal como el Museo del General San Martín en Boulogne-sur-Mer. Y no lo digo desde ópticas nacionalistas o patrioteras. Me refiero al hecho histórico o cultural en sí, como a la situación de que tuvieran delegación consular en una ciudad como Toulouse y no exclusivamente en París.

Gardel tenía esa voz especial que le hizo acunar el apodo de «zorzal criollo». El zorzal tiene la peculiaridad de no parar de cantar, y en la tumba de Gardel, en el cementerio de la Chacarita, que visité hace unos años, la estatua de Gardel tiene siempre entre sus dedos un cigarrillo encendido durante las 24 horas del día. Ese cigarrillo jamás está apagado y los fanáticos de Gardel afirman que éste «cada día cada mejor», como ejemplo de la sensación que se percibe escuchando repetidamente sus canciones.
‘Carlitos’ fue algo así como el Bing Crosby o el Sinatra de habla hispana. Una voz privilegiada que cantaba como barítono en registros de tenor; lo que se nota fácilmente intentando cantar algunas de sus canciones.

Mi padre me contaba que en sus cavidades pulmonares habían como unas celdillas que no son humanas, sino propias de los pájaros, y que esa vibración de su voz al entonar melodías, era única e irrepetible.

¡Qué interesante!

De ahora en más, prestaré más atención al tango. No son pocos los roqueros argentinos que lo han hecho con acierto, como el grupo ‘Almendra’ de Luis Alberto Spinetta, en su primer álbum de 1969, o actualmente ‘Bajofondo’, formado por el dos veces ganador de un Oscar, Gustavo Santaolalla y quien lideraba a finales de los 60s e inicios de los 70s la banda de pop-rock-folk-progresivo ‘Arco Iris’, sin olvidar a Litto Nebbia en sus grabaciones de tangos o colaboraciones con otro grande de esa música: Enrique Cadícamo.

La hermana de mi abuela, la compositora y pianista Zulma McInnes, fue autora de numerosos tangos en la Buenos Aires de los aos 20s y 30s. Zulma, mi tía abuela de origen escocés, fue una super tanguera cuyas partituras conservo e intentaré editar algún día, en bien de su memoria y de sus trabajos musicales.

Mi padre, abogado y juez, era un estupendo cantante de tangos y de música francesa durante su adolescencia, y mi abuelo, Director de Inmigración en la Argentina de los años 30s y 40s, uno de los más grandes bailarines de tango que diera mi país. Pero ninguno se atrevió a profesionalizarse en dicho terreno. Prefirieron los trabajos más respetables, seguros, y alejados del ambiente artístico.

No fue ése mi caso. Ni el de Gardel, por supuesto…

en Toulouse, Mayo 2008