Empezando por orden de importancia mediática, «Freddy Mercury», o «Federiquito Mercurio», se puso ese apodo como apellido ya que Mercurio es el regente de su Signo, Virgo, al igual que mi amigo, astrólogo y guitarrista, Manuel Guerrero o «Profesor Mercury».
Hace unos días me encontré con que en Google y en muchos medios virtuales y reales se conmemoraban los 65 años que Mercury hubiese cumplido de no haberse interpuesto en su vida ese extraño virus y más extraña o inexistente enfermedad llamada SIDA.
Me apené por él cuando murió. Gran cantante y showman, a quien vi en un concierto en el Madison Square Garden de New York en los años 70s, al frente de su grupo Queen, en una noche en la que me gustaron más los teloneros o grupo soporte «Thin Lizzy».
Mi amiga Bertha Yebra («Popular 1») preparando a Freddy para una sesión de fotos de Martín Frías (en aquel entonces Martin J. Louis) en 1973.
Pero me apenó aún más el hecho de que nadie recordara el pasado 21 de marzo que mi amigo, poeta y cantante de folk o de rock, Miguel «Abuelo» Peralta, también hubiera cumplido 65 años de no haberse encontrado con el SIDA en el año 1988.
Pero ¿quién es o fue Miguel Abuelo?, preguntarán algunos.
Miguel «Abuelo» Peralta en 1969, cuando dejó la primera formación de «Los Abuelos de la Nada» para lanzarse a su carrera de solista, grabando verdaderas joyas como «Mariposas de Madera», «Levemente o Triste», etc.
Ello es penosamente lógico, al vivir en una sociedad mediatizada por lo anglosajón y en la que, países como España, ignoran la mayoría de lo que sucedió con el pop-rock argentino, por ejemplo.
Y Miguel Abuelo no era inglés sino argentino. En 1967 ya formaba parte del staff habitual de aquel antro llamado «La Cueva» y ese año grabó su primer single, «Diana Divaga», en homenaje a aquella freaky amiga (Diana Washington), de cuya historia no quiero ahora acordarme.
Miguel se inspiró en el libro «El banquete de Severo Arcangelo», de Leopoldo Marechal, para, de una frase extraída de sus páginas («padre de los piojos, abuelo de la nada»), fundar «Los Abuelos de la Nada». Un grupo que tuvo su primera etapa en los años 60s y un triunfal regreso a comienzos de los 80s, ya con Andrés Calamaro en los teclados y Miguel medio afónico tras varios años cantando en calles y clubes de una España que no le hizo caso por aquello de lo anglosajón que antes comentaba.
«Los Abuelos de la Nada» en 1982, cuando grababan sus demos en mi 4 canales y usaban parte de mis equipos e instrumentos. Bazterrica es el parecido a Dartagnan, Calamaro aún púber con su corbata, y Miguel siempre al frente con un puño cerrado dispuesto para la lucha y la otra mano en el corazón a punto de alguna entrega emocional. El primero de la izquierda es Daniel Melingo, que ahora hace espectáculos de tango y que actuó hace 2 años en la esquina de mi casa, en el Ariège francés.
Sin embargo, a comienzos de los 70s, grabó un excelente álbum en París para la entonces Phonogram, coincidiendo con el primer L.P. de Mercury y los Queen. El disco se llamó «Nada». Una obra de pura poesía que os recomiendo buscar en Youtube: «Miguel Abuelo et Nada».
Portada del disco «Miguel Abuelo et Nada», grabado en París en 1972. El productor del álbum, Moshé Naim, quedó asombrado por la voz, la magia y el carisma de Miguel, de quien dijo «Es el mejor artista de rock del mundo». Tenía razón. Miguel fue algo inigualable. Insuperable.
Más tarde compartimos varias temporadas juntos, llegando a grabar algunas jams, de cuyos fragmentos incluí algo en mi cd de duetos «Dúplex».
Volví a coincidir con él una temporada en Buenos Aires, durante aquel 1982 de la Guerra de las Malvinas. Yo regresaba tras 5 años en Inglaterra y él tras varios más en París, Baleares y Cataluña.
Grababa los demos de sus futuras canciones para la resurrección de los nuevos Abuelos de la Nada, reclutando al guitarrista (y ex profesor mío)
Gustavo Bazterrica, uno de los mejores guitarristas de rock en la Argentina, casado entonces con Marina Lizaso, hermana de Roberto, guitarrista de mi grupo de colegio. Luego fichó a un joven que vestía con traje y corbata, llamado Andrés Calamaro. Miguel me preguntaba confidencialmente en casa: «¿Cómo lo ves a Bazterrica para que me enseñe un poco de guitarra? ¿Y a Calamaro? Es un pendejo pero canta bien».
Yo le decía que Bazterrica era muy buen profesor y que Calamaro llegaría y treparía más arriba que todos ellos porque era un Leo.
Finalmente terminaron grabando gran parte de sus demos en mi 4 canales: un Portastudio Teac ¡a cassette!, Bazterrica usando mis micros Shure (recuerdo que ya me había comprado uno en los 70s, cuando tocaba en el grupo de Charly García «La Máquina de Hacer Pájaros», a quienes también grabé demos y ensayos que aún conservo), Miguel pidiéndome guitarras, etc., etc.
En el apartamento que alquilé por unos meses, mi amigo pasaba casi cada día de visita; muchas veces acompañado por su hijo «Gato Azul», un niño de 8 años tan histriónico como su padre y gran actor curtido en la calle, nacido en Londres.
Miguel, junto a Spinetta, el poeta del rock en español (único en su género), hombre carismático que irradiaba luz por donde transitaba, fue ignorado en España.
Sí, algunos que cumplirían 65 salen en Google y otros quedan únicamente para el recuerdo local.
Cosas de esta globalización parcial.
Adjunto este enlace de Miguel cantando «Buen Día, Día», título de una de sus canciones folk y de un reciente documental dedicado a su persona. http://www.youtube.com/watch?v=Kd9H-LCJxrc