Inicio esta semana una nueva etapa de mi vida. Una etapa inesperada aunque quizás cantada. La vida parece estar llena de etapas. Uno tapa una etapa con otra etapa, como si el olvido de lo que hasta hace muy poco era un presente, de pronto se tornara en el más lejano de los pasados masoquistas o de aquellas búsquedas eternas de una feliz y dad que llega como se va o se va como llega.

Nunca hubiese llegado a imaginar hace un año que en este 2014 que concluyó hace menos de diez días sucederían tantas cosas torbellinescas, tantos velos de Isis desvelados (Apocalipsis) y tanta desazón y espera esperanzada cohabitando un espacio común de personas que, como el suscribe, aguarda con sigilo la llegada del momento; de un momento que se producirá cuando el aprendizaje haya concluido.

Y en mis múltiples etapas de este rally llamado «vida», viví etapas formativas, emotivas, lucrativas, lavativas, altivas y pasivas. Si existe el «vas», el ir, existe la vida, el existir.

De mis etapas formativas recuerdo ahora las de mi colegio, amparado en una burbuja casi al margen de lo que ocurría en la sociedad de entonces. Nosotros vivíamos en inglés en pleno barrio sur de Buenos Aires (hoy Monserrat) y entonábamos canciones tradicionales irlandesas mientras se nos imponía el rugby y los Beatles arrasaban, en aquella inolvidable década de los 60s y primeros 70s que despedían eso: una etapa de inocencia.

Los segundos 70s fueron los de emigrar, los de transitar otras realidades y caminos que me volvieron un desclasado y un personaje sin nación y con mi mapa de Occidente bastante arrugado debido a un continuo uso.

En la etapa de los 80s florecieron mis proyectos musicales, mis escritos y mi habla pública. Gané dinero y gasté dinero. Con la que creí que sería mi pareja para siempre, forjamos un proyecto sólido y crecimos con entusiasmo y alegría.

En la etapa de los 90s alcancé picos musicales que jamás hubiera soñado y me volví un enseñador y un ensoñador de lo que previamente había aprendido. Viajé más y mejor.

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