Se cumple un año del regreso de Miguel Blanco a las ondas nacionales, a través de su histórico programa de radio «Espacio en Blanco», en el mismo medio que lo vio crecer y que ahora vuelve a acogerlo en tiempos enrarecidos para quienes buscan clarificar que no «blanquear» los enigmas de la vida, palabra esta encomillada que bien podría utilizarse pensando en el primer apellido de mi amigo y en el de su programa, pero que por motivos ajenos a quienes no compartimos la teoría del detergente crematístico, preferimos obviar.

Radio Nacional de España intenta conservar con dignidad los pilares que la sustentan, tras múltiples avatares de recientes destinos en los que fuera vapuleada por algunos que se sirvieran de ella como instrumento para el beneficio personal. Pero cuando en muchos desmemoriados o encumbrados del micrófono, vemos que por el mero de hecho de palpar esa posibilidad de llegar a miles de oídos o almas planetarias que les escuchan, sienten éstos que se tornan en algo especial, Miguel Blanco no: nunca cae en egocentrismos y prefiere que quien se luzca sea siempre el invitado.

Imitadores no le han faltado a Blanco.

Aprovechando sus etapas de viajes y distanciamiento, cupo la viabilidad para que se hiciese realidad aquello de que «el que se fue a Sevilla…».

No obstante, su espacio era más bien un trono que una silla, aunque es también sabido que en la vida existen ocasiones en las que hay que luchar por territorios conquistados si uno no quiere verse invadido ante la amenaza de quienes trepan trepando en un constante trepidar.

Parece que es ley entre las especies animales esa clase de pelea. Mas la distribución de energías en unos pertenece al reino de la creatividad y el compartir, mientras que en otros se cierne sobre el reino de la cretinidad y el abolir.

Pero más allá de esto, pienso en Miguel Blanco como un eterno Quijote de la indagación, cuyas cuotas de impacto no requieren de lo mórbido sino de la esperanza en un mundo mejor.

He aquí la madurez de quien deja atrás ciertos temas para centrarse en lo que ayude a entender y lo que favorezca evolucionar.

Colaborar con él desde Francia por teléfono o visitándolo cuando tengo la oportunidad de acercarme a la Casa de la Radio, en Madrid, y él me invita, reafirma mi compromiso en ocupar una parte de su Espacio en Blanco que habitualmente me reserva dándome votos de confianza que siempre le agradeceré, esperando no defraudarle ni a él ni a sus oyentes.

Mientras tanto, en medio de aceleraciones planetarias y del cercano 2012 al que Miguel acaba de dedicarle un libro, intermedio para que un amigo médico acuda al programa con la idea de hablar sobre inmortalidad física, y me preparo para asistir a la semana siguiente con mi guitarra de 12 cuerdas y un tema apasionante del que habría que investigar mucho más: la Astrosonía o «música de las esferas».

Miguel Blanco está abierto para que todo ello pueda ser compartido por quienes siguen fielmente su célebre programa desde hace décadas y también para los más jóvenes que hasta hace poco ignoraban que él es un pionero en esta clase de (y parafraseando mi temática pitagórica) «periodismo de altas esferas».

Ser su colaborador y amigo es y será siempre un verdadero placer. Sin ninguna duda.