Cuando intentamos dilucidar qué es aquello que denominamos «tiempo», midiéndolo desde nuestra limitada tridimensionalidad, utilizando números, cifras y puntos de referencia antropocéntricos, llegamos a conclusiones tan limitadas como limitados son nuestros recursos para comprender lo que pudiera llegar a ser la vida, la creación y el movimiento o la vibración en todos sus niveles.

Y en este planeta que llamamos «Tierra» pero cuyo 75 por ciento es agua, no son pocas las culturas que viven en diferentes años y épocas, siempre basándose en hechos o personajes cuyos nacimientos y vidas abundan en lagunas imposibles de precisar por historiadores e investigadores.

Del 2011 ajustado al calendario actual tras el Concilio de Nicea en el siglo IV, poniendo el parche bisiesto cada cuatro años y perdiendo un día entero cada 3300 años, podríamos citar también el año 5700 y pico de los judíos, el 1472 de los musulmanes y, últimamente creciendo con el empuje de su propio país como potencia mundial emergente, todos prestando mayor atención a los nuevos años chinos con sus respectivos animales y simbologías, que este mes dará paso al Año del Gato (el 4709).

Pero en medio de este tiempo que se nos escapa de las manos y de la mente, dentro de un universo que se expande y contrae bajo mil formas y contenidos, vivimos letargos de siestas y de sueños en los que trascendemos las barreras del espacio y del tiempo para volver a nacer, renacer y morir a lo largo de minutos, horas y hasta años, sin saber dónde estuvimos o hacia dónde nos dirigimos. Agujeros negros que devoran galaxias enteras, aconteceres que se producen a través de energías tan veloces que los llevan a producirse antes de generarse, materia y antimateria naciendo a otras vidas sin que nosotros nos percatemos de ello y pretendamos resolver el intrígulis sentenciando «murió», «acabó», «desapareció», etc.; todo ello en el discurrir y transcurrir del tiempo: un soplo de sucesos que se analizan cuando ya fueron, cuando ya no están.

El recuerdo, las percepciones, la intuición, la memoria, el infinito; todo lo que nos devuelve a la esencia del ser indescifrable, inabarcable, inescrutable.

¿Quién puede o podrá acercarse a la comprensión relativa del tiempo?

Desde hace tres años celebramos, junto a amigos entrañables, nuestro propio cambio de ciclo y año a través de lo que decidimos titular como «Fiesta Zoroastriana», una reunión libre en la que combinamos tertulias con música, comida oriental con ritual lunar o capoeira y muchas más cosas que se aportan sobre la marcha, comenzando al mediodía para culminar pasada la medianoche.
Ritual Lunar en la Fiesta Zoroastriana del año pasado

Y por esta Casa Bambú en la que lo zoroastriano renace en el tiempo aprovechando el nuevo año chino, contamos en distintas ediciones con el anfitrión, permacultor y chef Albert Martinell, Ana Claret y César Martínez de Universo Holístico, el economista danés Olé Mackeprang, el músico Jeremy Morris, el agricultor biológico y fotógrafo Martin Wind, el productor de televisión José López Escobar, el también productor de videos Miquel Benítez, Bertha Yebra y su marido, pintor, y ambos editores de la revista musical Popular 1, la ritualista lunar Teresa Luna, la capoeira Nagó, y más músicos, intelectuales, personas de distintas corrientes de pensamiento y nacionalidades, etc.

Este año, como es habitual, la III Fiesta Zoroastriana tiene lugar el presente mes de febrero, el sábado día 12, en la que nos centraremos con mayor amplitud en temáticas vinculadas al País Cátaro, en el que resido la mayor parte del año, con el añadido de los temas antes mencionados, porque consideramos que vivimos una época en la que es necesario abordarlo todo, amalgamarlo todo, comprenderlo todo.

El tiempo es ahora. Lo demás quizás una ilusión… ¡Gracias por leerme!

¡Feliz Año, Feliz Día, Feliz Instante, Feliz Vida!