En Bugarach con el viajero valenciano que vino dos días para conocer esta zona de Francia. Foto: Carlos Batanero

Vienen de visita mis amigos Carlos y Mónica y también un chico llamado Adrián (foto), amigo de mi amiga Andrea. Vamos de excursión al pueblo Bugarach y a Arques, previo pic-nic en los alrededores de Vals, donde se construyó una iglesia insertada en la propia roca. Jules Rodríguez, hermano de José de la primera inmobiliaria que hubo en Lavelanet, nos lleva también a varios sitios y hace muchas fotos.

Son para mí días del reencuentro de mi alma con mi cuerpo a través de una geografía finita o infinita.

Durante meses y meses oí aquello de que «usted no está». ¡Pero yo siempre estuve!, siempre intenté e intento comunicarme. Soy del Signo de Virgo, que tiene que ver con Mercurio, el mensajero de los dioses que también se halla vinculado al periodismo, y yo me siento, como dijera Jules, cual aquellos trovadores que eran músicos pero que también se servían de la propia música para pasar información (a veces en clave).

Dije que siempre estuve.

Estuve, Estoy y Estaré porque todos, en realidad, ¡Fuimos, Somos y Seremos!

Y estos lugares infunden eternidad, transmiten totalidad: transmiten presente aunque tengan pasado y futuro.

Sintiéndolos, observándolos, uno hace de su viaje un sendero cuyo sentido es el propio recorrido mas no la llegada, no la conclusión en sí. Concluir un viaje es decir ¡stop! o ¡basta!, lo cual significa acabar, perecer, morir.

Por ello, y sin pretender ser reiterativo, en estos días pude ver a mis hijos dos horas luego de 5 meses.

Hablamos mucho en poco tiempo y ellos me contaron cantidad de cosas que quedan entre nosotros.

Les dejo dos móviles o celulares a mis hijos mayores, los regalos de Andrea, fotos que hice con ellos viajando y regalos míos, cartas de mi familia, un adaptador para que puedan usar el laptop que les di al irse de Argentina en marzo, etc., ya que ellos están padeciendo dificultades para comunicarse conmigo y con otras personas.

Por eso, todo esto representa la lucha por lo inminente, que es ese lugar en el que lo demás queda atrás y que ha sido mi toma de conciencia y de actitud en más de un década, hasta el punto de relegar mi carrera como músico y conferenciante, etc., para quedarme en mi casa. Antes de ser padre supe criar y ayudar al hijo de una anterior pareja mía, que vivió por partida doble el abandono de ambos padres. Hice entonces reaccionar a su madre cuando formé pareja con ella, abocándola para que recuperara a su hijo física y emocionalmente. Y siento contar un poco esto no sin pudor.

Creo que, en estos momentos, tanto yo como quienes tuvieron que empezar a aplicar la ley, hemos sido víctimas de lo que el economista Mario Frieiro, amigo de mi padre y de mi hermano, llamaba «la perversión institucionalizada», según él hallada en lo que denominaba «centros de reclutamiento» (lugares para reuniones, clubes, algunas universidades, gimnasios o centros de danza, templos, etc.) en los que se pervierte y revierte la intención real de lo propuesto para volverse en muchas ocasiones «sitios de encuentro» con vistas a otras cosas que nada tienen que ver con lo espiritual, con el estudio o con la camaradería.

Algun@s buscan en clubes o en iglesias de cierto entorno social lo que finalmente producirá resultados previstos de acuerdo a ese nivel. Otr@s buscan en cualquier academia o centro más barrial o en las universidades más fáciles por su escaso baremo de exigencia, y los resultados serán entonces también acordes a dicho nivel.

Por eso lo que sucedió en mi hogar, en lo que viví y en dónde lo viví, desde mediados del año 2012 hasta el 2014, eran situaciones que iban «íntimamente» relacionadas a aquéllo.

Y sentí en carne propia cómo en ocasiones se prejuzga bajo el prisma de informaciones que parten de esas «estructuras parasitarias» (frase también de Frieiro) en donde ni los terapeutas curan, ni los estudiantes estudian, ni las relaciones son relaciones de verdad sino, más bien, de joda o para la joda.

Pensé, pues, en que quienes se toman las cosas y la vida en serio, y en un mundo como el de las leyes y la justicia, a pesar de tener también su escenificación (un juicio, por ejemplo, con las togas puestas) al igual que los músicos y conferenciantes tenemos la nuestra, de ser unos y otros provistos de información tendenciosa y de acusaciones contaminantes, es como si a los músicos nos cambiaran la afinación de una guitarra sin previo aviso y tuviésemos que salir a tocar sin los códigos (¡códigos!) que nos permitirán darle la forma y el fondo adecuados a lo que se busca lograr (una canción o, para los letrados, el esclarecimiento de un hecho).

Pero la realidad es que no quise ni atacar mucho y, más bien, defenderme poco. Me considero responsable por hacer las cosas que hice en los momentos en que se hicieron (valga la redun) y defiendo el porqué de los hechos por encima del hecho en sí, y lo correcto por encima de lo que indique una norma o la justicia por encima de lo legal.

Creo que quien es inocente no debe defenderse demasiado y que quien insiste en acusar y en desprestigiar o calumniar, al final lo pierde todo y, como decimos en Argentina, queda como el culo, produciendo un efecto completamente opuesto al deseado. Pienso que uno debe llamar la atención en cosas creativas: en el arte, por ejemplo. Y ser lo contrario en temas íntimos y familiares. Por ello no me gustaron nunca los reality shows ni El Gran Hermano ni nada de lo que debe «quedar en casa», expuesto públicamente.

Es para mí ésta una etapa de reflexión, de esperar con tranquilidad y de dejar que el tiempo pase para que las aguas vuelvan a su cauce. Por algún motivo estas cosas suceden y la sensación de fracaso, de mediocridad y de vergüenza son el resultado derivado de la falta de diálogo y de entendimiento.

Sin embargo (o con embargo), y por algún motivo que intuyo, hay algo fuerte, muy fuerte, que produce el hecho de conocer a personas importantes en nuestras vidas, de cuya relación «salen» hijos, obras o cambios de conciencia que modifican nuestro rumbo.

Y dicen que esas personas son maestr@s que vienen para enseñarnos a veces de manera tan implacable como impecable, y que debemos agradecerles su paso por nuestra vida y hasta ese daño que, en realidad, nos hace evolucionar tanto a ell@s como a uno mismo.

El ego, la personalidad, son reacios a perdonar o a olvidar el verdugo, pero el Ser puede hacerlo (como dice Claudio Mª Domínguez y antaño suficientes místicos y pensadores como para haber prestado atención). Si somos capaces de ver al ego desde el Ser, nos reiremos de toda clase de ofensas que afecten al disfraz de nuestra personalidad y de nuestro ego.

Sepamos perdonar de verdad, desde el Ser, y enviemos luz a quienes se muevan en la órbita del odio, de la furia y del rencor para que superen su vibración que a quien más enfermará (desgraciadamente) será a ellos mismos.

Y sepamos perdonarnos a nosotros porque, además, sin este primer paso no estaremos preparados para perdonar a los demás.

Queda mucho por recorrer. Queda mucho por aprender.

Y no lo dice precisamente un sabio sino un hombre lleno de errores.