Mis padres, abuelos, tíos y primos, y mi hermana Inés recién nacida, en el campo «El Corralito» (Chascomus, provincia de Buenos Aires, 1946), fotografiados por mi tío abuelo Mito Mc Innes, alcalde del pueblo en aquellos tiempos. Cazenave, Giménez, Mc Innes y Miguens unidos en una foto, para mí, memorable.

Parte de mi familia materna se instaló hace años en Chascomus, localidad cercana a Buenos Aires famosa por un hermoso lago y extensiones de terreno fértil donde la familia de mi abuela tenía un campo llamado «El Corralito».

Los Mc Innes habían llegado a la Argentina desde la Isla de Skye, situada al norte de Escocia, y en Chascomus hicieron su vida en medio de una colorida comunidad de inmigrantes anglosajones y de otros puntos de Europa. Mi abuela Carmen me hablaba de «El Corralito» y del dolor que le produjo perder aquella «estancia».

Su hermano, Guillermo Mc Innes, fue alcalde de Chascomus aunque continuaba residiendo en Buenos Aires. Cada día recorría con su Ford años 40s los casi 130 km. de distancia entre la capital Argentina y su pueblo (ida y vuelta, claro).
Aquel robusto Ford superaba el millón de kilómetros sin haber pisado jamás un taller mecánico (¡igual a los modernos coches actuales!).

Los Mc Innes perdieron sus campos y su fortuna pero mi abuela y sus tíos continuaban leyendo Shakespeare y a grandes clásicos escoceses como Robert Louis Stevenson, Walter Scott o Robert Burns.

Carmen Mc Innes murió en 1986 (su hermano Guillermo, un año antes), y en este mes del 2006 se habla de reponer el dinero de lo que en la Argentina se llamó «El Corralito».

Para mi familia materna «El Corralito» era otra cosa, muy alejada de esa maniobra que produjo que las grandes extensiones del país en que nací se vendieran a precios casi regalados como nuevo refugio natural para quienes, entre muchas otras cosas, temen que el efecto invernadero cause demasiados estragos en los enclaves del hemisferio norte donde oficializan sus «cuarteles generales».

«Adquirir» tierras, lagos, ríos…, es una buena estrategia en caso de que el dinero tampoco sirva para comprar la salvación.

Una vez llevada a cabo la gran subasta de empresas y de terreno, poco le queda a este bello planeta por repartir. La globalización calienta los ánimos de Gaia y los echadores de cartas y de culpas hallan las explicaciones necesarias para endilgarnos responsabilidades que muchos ignoraban.

Quizás sea sólo un período más de reestructuración planetaria, ya que no es la primera vez que esto sucede sin que medie la intervención del ser humano, y las grandes migraciones no son tampoco cosa nueva en nuestra historia de contradicciones varias y muchas…

El mejor consejo sería quedarnos un poco quietos. Producir nada o lo justo. Contemplar la belleza planetaria desde la calma y desoxidentalizarnos de la tecnología colonizadora. Olvidar corralitos y parcelaciones, salvaciones y fronteras. Empezar a vivir como seres en vías de lucidez o seguramente el propio calor de las zonas «desarrolladas» nos hará parar, por las buenas o por las malas…