The Cavern Club (Liverpool, mayo 2009)

Nunca me he considerado un buen instrumentista. En mi vida como músico me caractericé y aún caracterizo por probar cualquier instrumento que esté a mi alcance e intentar sacarle sonido como mejor me sea posible.

De la gaita, a los 7 años, pasé a la batería cuando tenía 9. A los 12 empecé a rasgar la guitarra y en mi adolescencia a estudiar algo de piano y flauta. Más tarde llegaron la electrónica y los primeros sintetizadores. A los 20 y pico, Ronald Lloyd me introdujo en los santures y en distintos instrumentos con sus afinaciones y escalas orientales.

De toda esta melange sigue mi música sin rumbo fijo ni estilo determinado. Algo que celebro aunque me perjudique de cara a quienes ven en esto sólo un sistema para ingresar dinero.

Hace dos meses, mientras estaba grabando mi disco Guita-Ra, para guitarra de 12 cuerdas, Jeremy Morris, mi amigo de Chicago con quien grabé dos discos, y legítimo heredero del más puro sonido Lennon-Beatle, me propuso tocar con él en The Cavern, el célebre club de Liverpool en el que The Beatles se hicieron famosos tras ser descubiertos por el manager y vendedor de discos, Brian Epstein.

Jeremy me pidió que tocase batería. Recordé instantáneamente que, más de una vez se me dijo que mi estilo como baterista se asemejaba al de Pete Best.

Pete Best en castellano quiere decir «Pedro Mejor». Él era el baterista original de los Beatles. Su madre había invertido todo lo ganado en una carrera de caballos para que el grupo pudiera tener instrumentos, equipamiento y un primer lugar para ensayar en su casa de Liverpool.
Pete era muy carismático y atractivo, y quien más fans tenía de lo que entonces era una banda local en lento pero imparable avance.

Pero algo sucedió cuando The Beatles fueron contratados por Epstein para llevarlos hacia el estrellato mundial: Pete Best fue expulsado del grupo en una maniobra llevada a cabo, principalmente, por Paul McCartney. En su reemplazo entró al grupo Ringo Starr, quien tuvo que grabar aquel primer single  «Love me Do», en una nueva versión a la previamente ya grabada con Best a la batería.
Debajo de Ringo

Cuando los Beatles regresaron para tocar en The Cavern, tras lograr su primer éxito en Londres, las fans estuvieron a punto de linchar a Paul McCartney, quien fue esperado por más de 300 personas a la salida del Cavern. Esas 300 personas de Liverpool consideraron una traición el que Pete fuera echado del grupo.

Algo parecido, y salvando distancias, me sucedió a mí, cuando dejé mi colegio, el Cardenal Newman, para acabar la secundaria en otro Instituto más cercaco a mi casa. Mis compañeros de grupo desde 1969 hasta 1973, acudieron a otro baterista y yo quedé afuera.

Seguramente ellos tomaron la decisión correcta, dado que un servidor había dejado de estudiar batería y, a la vez habíase alejado del Newman y de mis ex compañeros. Comenzaba una nueva vida para mí y deseaba seguir componiendo y equiparme con los nacientes sintetizadores, terminando ese año por irme de la Argentina e instalarme en Nueva York hasta que, tres años más tarde, di el salto a Europa, quedándome unos meses en Sitges y cinco años en Inglaterra, luego otros diecisiete en Cataluña y ahora, hasta el día de hoy, unos diez en el sur de Francia.

Jeremy me dijo: «tienes que venir. Tú eres Guill Best».

Y así fue cómo acabo de tocar en este club medio mugriento, en el que apenas entran 80 personas y en el que la humedad impera por doquier y por dock-quier, ya que Liverpool sigue siendo ese puerto que el imperio supo utilizar en tiempos de gloria, pero que actualmente conserva sus docks, dársenas o muelles para ser visitados por turistas del todo el mundo que peregrinan para conocer y vivir la experiencia beatle.

Tocar en The Cavern y junto a Jeremy y su amigo, el bajista Todd Borsch, ha sido una experiencia interesante. Por unos instantes llegué a revivir en mi mente todas aquellas sensaciones de la beatlemania, en la Buenos Aires de los 60s, cuando mis hermanos regresaban de Nueva York en 1963 con los discos ‘With The Beatles’ y ‘The Beatles with Tony Sheridan’ (grabado en Hamburgo con Best a la batería), en aquel 1965, cuando mi tía María Elena me regaló mi primera batería, marca «Rex», y cuando comencé a estudiar con tres grandes bateristas argentinos: Sam Lerman (de jazz), Alberto Alcalá (clásico y de la Orquesta del Teatro Colón) y Droopy Gianello (pop-fusión y del grupo «Arco Iris», liderado por el actualmente encumbrado en Hollywood, Gustavo Santaolalla).

Ninguno de los tres logró que Guillermo Cazenave llegase a ser un buen baterista. Menos iba a lograrlo ahora Jeremy, a mis 53 años.
En cualquier caso, tocar con Jeremy cantando con su voz lennoniana y su virtuosismo como guitarrista, me hizo sentir allí que efectivamente era yo Guill Best o Ringo Caz y que el espíritu de Lennon se esparcía poderosamente por un escenario espantoso y una acústica deplorable.
En los camerinos de The Cavern: Todd, Claire, Jeremy, Sara, Guill & Adrien

Nada de eso importaba. The Cavern aún vive, an resiste, y la música extraordinaria que supieron generar esos chicos de Liverpool, es ya parte de la historia importante de la humanidad.

Me queda la espina de lo que le pasó a Best. La mía me la quité tocando en The Cavern este 23 de mayo del 2009 a las 19 horas en ese lugar en el que nació un grupo que nos hizo también nacer a todos hacia otra época, otro mundo y otra manera de entender y sentir las cosas.