En realidad, educarse es una cosa y formarse es otra.

Se supone que la formación de un niño estará a cargo de profesionales competentes en la materia; maestros, profesores, educadores, monitores o como en cada país, idioma o centro de enseñanza se les llame.

Y también se da por hecho de que la educación es cosa de los padres y de la familia en general, más que de la escuela en sí.
Una cosa es que yo aprenda a leer y otra muy distinta es que incorpore los modales de mis padres en su forma de hablar, saludar, comer, expresarse, sus inquietudes ante la vida, etc.

De estas pequeñas grandes diferencias surge la educación como elemento primordial de un ser humano, ya que desde cómo nos comportemos hasta lo que sepamos, será nuestra carta de presentación en la vida de adulto.

Las diferencias sociales, económicas y hasta las rachas «buenas» o «malas» de una familia, pueden generar que, si se me permite el poco adecuado término, ese producto que saldrá de su horno, ese niño, ese adolescente, ese joven y ese futuro e inminente adulto, salga cocinado a punto o, en muchas ocasiones, algo crudo o quizás quemado.

Para muchos padres del siglo XIX y XX, la educación y la formación debían llevarse a cabo en las casas. Así sucedió en mi familia con algunas de las personas con la educación más exquisita que haya visto yo jamás desde que empecé a viajar y observar mundo a partir de mis 18 años de edad.

Por ejemplo, el caso de mi tía abuela María Elena, que nunca pisó un colegio. Sus padres consideraban que la vida escolar sería nociva para mi tía «Nena», a quien le ofrecieron una enseñanza de primera y unos principios de calidad humana que difícilmente pueda yo olvidar.

Mi madre y su hermana, mi tía Marta, acudieron a la escuela pero tuvieron en la institutriz Jenny, una inglesa que residía en casa de mis abuelos, en la localidad de Banfield, provincia de Buenos Aires, a una amiga, educadora, monitora y profesora de inglés que les brindó una serie de enseñanzas imposibles de obtener a tal nivel en un colegio habitual.

Con mi tía Mª Elena en enero de 1965. Ella me compró mi primera batería y me enseñó a que en la vida hay que ser libre y hacer lo que uno desea por encima de imposiciones del sistema.

Lo mismo sucedió con mi padre y su hermano mayor Mario, quienes, a su vez, completaron sus estudios en el La Salle de Buenos Aires.
En lo que a mí respecta, fui al colegio Cardenal Newman, que era considerado el mejor de Buenos Aires pero en el que los valores del estudio y la formación técnica no siempre eran los preponderantes a lo largo de las 8 horas diarias de pupitre que allí pasé durante gran parte de mi infancia y pre-adolescencia.

Por el contrario, abundaban las familias «bien» que enviaban a sus hijos al Newman para que simplemente aprobaran y cumplieran con su ciclo de estudios de la manera menos complicada posible.
Se ofrecía allí mucha educación pero relativa formación.

Todo dependía de uno ya que el esfuerzo de algunos profesores por enseñar no siempre incidía en el resultado final aunque el alumno aprobara siempre las asignaturas y respectivos cursos.

Había, pues, una especie de programación para ser educados en las formas y en ciertos aspectos de la conducta humana, pero quedaba claro que si algún alumno administraría empresas o grandes extensiones de campo en su vida adulta, no necesariamente debería graduarse como ingeniero agrónomo o en carreras similares, aunque un título respetable nunca vendría mal, sobre todo, como imagen de cara a los demás.

En algunos casos, como en el mío particular, la negación hacia el dinero, el éxito y todo lo que se consideraba ordinario o «mundano», hicieron mella en mi educación. Ganar dinero o tener éxito se entendía como algo para personas de orígenes sociales o familiares sin bases sólidas. Para individuos que se volverían «trepas» o ambiciosos, etc.

Nosotros percibíamos que en nuestra educación ya lo teníamos todo. Casi no era necesario ir al colegio.

Y fue precisamente en esa gloriosa década de los 60s, cuando burgueses americanos enfrentados al sistema que empezaba a propiciar generaciones masivas de occidentales aspirantes a la fortuna y a los logros máximos materiales en escaladas sin fin, decidieron que había llegado la hora de volver a la educación en casa.

¿Por qué?

Porque hay muchas familias que no desean que sus hijos sean formados (o «deformados» en los valores patrios del nacionalismo, en las estructuras del triunfo y del poder como medios de realización personal, en el estrés y en la agresividad que todo esto genera en familias, profesores, alumnos y sociedad en general, en las horas que sus hijos pasan en los pupitres lejos de sus casas y del contacto con su familia, en el tiempo que se pierde estudiando cosas que nada tienen que ver con la vocación e inquietudes del niño y en la frustración que lleva a esos padres a sentirse casi como «padres o madres de alquiler», que ponen en manos del Estado y de los gobiernos de turno lo que, sin duda, será la formación de sus hijos por el resto de sus días.

Esas familias, esos padres, no niegan la educación para sus hijos. Quieren ser ellos los encargados de educarlos y de ayudarlos a formarse, y para llevar esto a cabo son capaces de renunciar a todo con tal de que sus vástagos tengan lo mejor en casa y fuera de casa.

Se trata de una opción más, tan respetable como cualquier otra en una sociedad que presume de libertad para todos.

Quienes propician la educación en casa no niegan ni se oponen a la formación en escuelas y colegios. Sólo piden tener esta opción y que se les reconozcan en España concretamente unos derechos de los que gozan hace tiempo la mayoría de los países del entorno europeo y americano.
Cualquier objeción que se les haga respecto a los resultados de su accionar, es igualmente aplicable a la educación oficial plagada de violencia en las aulas y de fracaso escolar a niveles tan alarmantes como insostenibles.

Si la enseñanza oficial fuera un mundo paradisíaco o un «jardín de rosas», quizás uno se sentiría motivado para escuchar las críticas que llueven desde el atrincherado sistema decadente. Pero como este no es el caso, al menos se pide que hayan opciones; opciones para huir de la violencia, del fracaso y, en definitiva, de la mala educación (en todo el sentido de la palabra).

Mi tía abuela María Elena era una mujer extraordinaria, una dama de primera categoría, una tertuliana inolvidable, una mujer cotejada por el Príncipe de Gales Edward (padre de la actual reina de Inglaterra) y por uno de los hermanos Rockefeller, que llamaba a mi casa cada día para invitarla a viajar a los Estados Unidos.
Ella no quería reinos ni dinero. Su propio reino lo llevaba en sí misma, en toda aquella educación y formación que recibió en su casa, lejana a los colegios. Y termino con una frase del rockero argentino Luis Alberto Spinetta: «las fábricas, las cárceles, los hospitales y los colegios…, se parecen».

Si os interesa el tema, visitar la web de mis amigos Juan y Azucena, www.epysteme.org o http://www.educacionlibre.org/

Ellos os explicarán mejor de qué se trata… Experiencia en homeschooling es lo que les sobra y tienen 3 hijos que están educándose y formándose en artes, ciencias y filosofía de la vida en común, sin pautas programadas por un sistema que hace aguas como el Titanic. Echar un buen vistazo (y ojerazo) a estas páginas y entrevistas, y enviar vuestra siempre bien avenida opinión. En nombre de la libertad y de la opción para elegir («herejía» le llamaban a eso en la Edad Media…) Merçi!