Dicen que no hay nada mejor que tomar conciencia de lo que sucede; ya sea en o con uno mismo o bien en o con lo y los demás. Pero algunos se preguntarán, ¿qué es tomar conciencia? Para mí es simplemente «darse cuenta de las cosas».

Y hoy en día, cuando a través de las redes internetianas recibimos y emitimos cada día mensajes de análisis, denuncias, reflexiones y presagios de toda clase, me pregunto si en verdad estaremos ante una toma de conciencia colectiva o, por el contrario, jugando a esos Mind Games que describía Lennon en su canción de igual nombre, haciéndonos pasar por lúcidos y enterados en un sistema que parece caerse a mil pedazos delante de nuestras propias narices. No lo sé…

En todas las cosas de la vida, la lectura de lo que sucede, como mínimo, es doble, aunque una cosa es «doble lectura» y otra «ver doble».
¿Dónde comprar, pues, unas buenas gafas cósmicas para ver mejor?

Gustavo Cerati decía en su cancin ‘Caravana’, «hay que cerrar los ojos para poder ver», y de hecho él los mantiene cerrados desde su terrible isquemia cerebral del pasado mayo del 2010.

La meditación también nos enseña a ‘ver’ cerrando los ojos e introspeccionándonos. Por otra parte, las experimentaciones con psicotrópicos nos recuerdan que, aún con los ojos abiertos, lo que uno mira y ve en aquellos instantes o momentos no tiene «nada que ver» con esa otra realidad ‘más allá’ de lo puramente visual y tridimensional.

Krishnamurti (recomiendo leerlo)

Entonces, quizás, en esta etapa previa a grandes confrontaciones pronosticadas por no pocas culturas y estudios planetarios desde el «punto de vista» astro-sideral, la escritura y el habla sepan a rancio, ya que parte del dilucidar estriba en que quienes supuestamente «ven» y denuncian caen igualmente en idénticos o similares errores a los de ese sistema cuyo derribo propician, y si, por ejemplo, un carnívoro llama sectario o raro a un vegetariano, no es menos cierto que me he llevado a lo largo de mi vida más de una sorpresa al comprobar que quienes sustentaban ideas diferentes alejadas de lo oficial también tildaban de raros a otras «personas distintas»; es decir, estaban convencidos de que lo lógico y normal era lo suyo, parapetrándose en trincheras sectarias de las que ni sus propios hijos podrían ya salir, en la más pura línea de los peores fanatismos con los que el sistema nos deleitó durante el pasado siglo XX.

Por ello, llegué a conclusiones (parciales en cuanto a su concreción y parciales en cuanto, obviamente, su objetividad) sobre que no serán ni los hippies, rockeros, anti-sistema, naturistas, ecologistas, okupas, etc., quienes nos ayudarán a cambiar el sistema actual o a relegar a políticos, Banca, etc., etc.

Tampoco será cambiando petróleo por una vuelta a tiempos de petroglifos.

El verdadero cambio seguramente esté en no abrir. Es decir, no levantar la tapa de tu portátil o encender ipads y demás, tal como nuestros predecesores lo hacían encendiendo televisores y radios para «enterarse» de las noticias.

El verdadero cambio tal vez pase por cerrar. Cerrar esos ojos para conectar con otras realidades. Y que la primera de ellas sea la introspección: el descubrimiento de uno mismo. Sentirse, conocerse, librarse de las máscaras de ese día a día exteriorizador de mil imágenes falsas o de posturas de cara a lo que uno desea que se vea de sí mismo.

Sin ese cerrar interior para abrirse a «lo otro», dudo que haya cambio posible, sino un simple y eterno traspaso de poderes.

Los occidentales (occídare = muerte) sabemos que el sol se pone en este sector del planeta pero que, a su vez, sale por Oriente. Reflexionemos entonces un podo en lo que algunas de aquellas personas nacidas en sitios de luz (no precisamente eléctrica) intentaron explicarnos desde hace siglos, porque sin cambio, sin toma de conciencia personal, resultará una quimera infantil ese Gran Cambio que algunos pretenden lograr acampando o enviando mensajes a través de redes creadas por el propio sistema que ellos combaten y que los dejará sin «jobs» por otra temporada más.