Recuerdo muy bien cuando murió Jimi Hendrix.
Cumplía yo ese día 15 años y tenía un compromiso para tocar batería con un compañero de estudios (Alberto White) en el colegio de chicas Mallinckrodt, en el Barrio Norte de Buenos Aires, un prestigioso centro educativo alemán en el que tiempo más tarde cursaría estudios mi única sobrina.

Era la primera vez que subiría a un escenario con otro grupo que no fuese el mío, formado con mis compañeros Lizaso (guitarra) y Ruiz Letaler (bajo) del «Cardenal Newman». A ellos les pareció buena la idea de que ayudara a White y sus amigos tocando batería y hasta me acompañaron a cargar e instalar mi nueva C.A.F., que era la mejor batería que podía fabricarse en la Argentina pero a años luz de las Ludwig o Premier que ostentaban los grupos internacionales.

El teatro del colegio, abarrotado de niñas y adolescentes gritando como en la beatlemania, me impidió escuchar todo lo que tocábamos en lo que para mí fue una actuación deplorable.

Nunca había tocado así. Los aullidos eran impresionantes. Calculo una audiencia de más de 500 chicas que llenaron todo el recinto. Probablemente un noventa por ciento del total de alumnas del mencionado colegio.
La sonorización brillaba por su ausencia. Los equipos que llevamos, de poca potencia. En fin… Nosotros también éramos unos adolescentes de 15 años así que «adolecíamos» de dinero y calidad técnica aunque nuestras familias estuvieran en buena posición.

Acabó la pesadilla del concierto y marché en taxi hasta mi casa. Al llegar, toda la familia esperándome y mi madre recordándome que estaban allí porque era mi cumpleaños.

Luego de los postres y soplada de velas, puse la radio y mi programa favorito: «Modart en la Noche». «Modart» era la sastrería que patrocinaba uno de los mejores programas musicales de pop-rock que me tuvieron al día de todo cuanto ocurría en la escena musical durante mi infancia y años posteriores.

Sólo los discos de The Beatles y The Rolling Stones llegaban con escaso retraso a la Argentina, respecto a sus fechas de lanzamiento en los Estados Unidos y norte de Europa. Los álbumes de otros grupos podían tardar un par de meses en salir al mercado argentino cuando ya eran éxito en EEUU e Inglaterra, por ejemplo, aunque existía la posibilidad de comprarlos importados en una disquería llamada «El Agujerito», en la «Galería del Este», situada en el aristocrático barrio de «La Recoleta», que es también el nombre del cementerio para muchos ilustres compatriotas que lograron mantener su nivel social incluso después de muertos y que es igualmente visita casi obligada para los turistas europeos que recorren panteones y mauselos admirando el culto mórbido de algunos bonaerenses, hasta el punto de que su barrio más selecto ostente alegremente idéntico nombre al de su cementerio.

Y tras aquella cena en la que celebré mis primeros 15 años de vida en la Tierra, encendí la radio para escuchar mi programa favorito, cuando de pronto, el histórico locutor Pedro Aníbal Mansilla anunció que acababa de recibir la noticia del fallecimiento de Jimi Hendrix, el más grande e inigualable «guitarrista eléctrico» de todos los tiempos.

Días más tarde, al comprar la revista de rock «Pelo», que editaban y dirigían Daniel Ripoll y Juan Manuel Cibeira, leí por primera vez lo que para mí era la descripción de una muerte musical conspirativa.

En dicho reportaje explicaban cómo les convenía a ciertas personas un Hendrix muerto a un Hendrix vivo y, asimismo, cómo parece ser que el guitarrista murió ahogado en sus propios vómitos porque nadie en la ambulancia de urgencias fue capaz de girarle la cabeza a un lado.

Horrorizado de lo que leía, pensaba en que estaba casi decidido a hacer de la música mi carrera y mi vida profesional o laboral, pero que si el éxito y los pactos con ciertos sectores de la industria implicarían estos peligros, preferiría ser un artista independiente, con menores triunfos desde el punto de vista mundano, pero más libre para que mi creación no fuese carne de cañón por quienes vieran en la música un medio para enriquecerse.

Los años pasaron y cuando tenía 25 años asesinaron a John Lennon, quien estaba preparando su regreso musical luego de un lustro de silencio, en el que finalmente obtuvo  su tarjeta verde para residir en los Estados Unidos con la condición de que frenara sus controvertidas proclamas políticas y letras «militantes».

Lennon volvía pero de otra manera: con canciones dedicadas a Yoko Ono, a su hijo Sean, etc. Sin embargo, lo liquidaron.

A Brian Jones, fundador y primer guitarrista de los Rolling Stones, quien estaba por fundar un proyecto de aristocracia hippie como emblema de cara a un posible movimiento global comandado por hijos de familias «bien» volcados a lo alternativo, se supo después que no había fallecido por accidente sino ahorcado en la piscina de su mansión por su «jardinero» y ayudante.

Y así continúa pasando el tiempo hasta que volvemos a enterarnos de que Michael Jackson fue seguramente asesinado, y que muchos otros artistas, como el caso de Elvis Presley, generaron una enorme fortuna post-mortem para quienes administraron sus bienes.

La palabra «conspiración» es algo de lo que muchas personas hablan en estos tiempos de información veloz, internet y redes sociales proponiendo eventos mientras esparcen opiniones de toda clase.

Y así como «re-evolución» bien podría reemplazar a «revolución» o a «robo-lution», «co-inspiración» sería quizás la encargada de anteponerse a «conspiración».

Dos personas pueden unirse para llevar adelante un proyecto. Si se dan de alta, crean una empresa, una corporación o, en definitva, una «Compañía», cuya abreviatura es «cia», las mismas siglas de la central de inteligencia estadounidense.

De hecho, uno habla con su socio de lo que quiere lograr y de lo que va a hacer para lograrlo, manteniendo el proyecto en secreto, etc., etc. ¿Podríamos decir que ambos socios se co-inspiran para lograr sus objetivos o que, tal vez, conspiran desde que decidieron fundar su propia «cia», «Compañía» o Sociedad?

Algunos dirán que no es lo mismo montar una tienda que planear la invasión de un país, pero en términos mundanos, cualquier actividad que sea beneficiosa para unos podría perjudicar a otros. Si yo creara el grupo «The Rolling Stones» con la mejor intención musical posible, para «The Beatles» y su entorno ello podría significar una competencia que les quitara ventas y hasta amenazarles la continuidad de sus carreras.

Y eso fue lo que sucedió en España con los grandes líderes del pop-rock argentino, quienes fueron siempre ignorados por las televisiones y medios masivos que veían en esa música una amenaza para el naciente y entonces poco inspirado (o co-inspirado) pop español, cuya palabra «movida» fue copiada de la «movida argentina» de finales de los años sesentas.

España necesitaba tener su propia identidad rockera y que hubiesen entrado al mercado ibérico músicos de la talla de Charly García, Spinetta, León Gieco, y todos los grupos que ya existían en Buenos Aires desde los años 60s y primeros 70s, era un estorbo serio para las aspiraciones de la naciente industria popera made in Spain.
«Soda Stereo» podía llenar estadios en toda América y Gustavo Cerati ser algo muy grande, pero en tiempos de Mecano o de El Último de la Fila, no se les permitió entrar con buen pie en España. Mejor dicho, no pudieron entrar.

Por eso, mientras unos «co-inspiran», otros conspiran, y, como dice mi amigo Albert Martinell, esa es la ley del imperio: la conspiración constante para poderse mantener.

Existen muchas maneras de liquidar a alguien. No siempre es necesario matarlo. Con silenciarlo o censurarlo, generalmente basta.
En mi caso, después de haber creado el primer Sello new age que hubo en España y de luchar como un titán por compartir aquellos principios que me animaban a continuar, en 1989, hace exactamente 20 años, recordé las palabras del inventor argentino Fernando Von Reinchenbach, cuando decía que la primera generación que inicia algo es siempre observada y luego sacrificada por el sistema, que después absorbe el tema, lo hace suyo y vuelve a relanzarlo con su gente.

Y esto último fue lo que aconteció con la denominada «música de la Nueva Era». A los que comenzamos la, nunca mejor dicha, «andadura» de la «new age», se nos utilizó, se nos plagió, para más tarde la industria «inaugurar» otra new age insulsa y muy distinta, con el beneplácito del público desinformado y de los medios de comunicación que obtuvieron beneficios directos o indirectos, como el caso de Ramón Trecet, quien desde Radio 3 y durante años promocionaba a «sus artistas» y a muchos músicos de la entonces discográfica «Arpa Folk» en la que trabajaba su esposa, mientras nos vetaba a todos los que llevábamos años dejándonos la piel por algo que, de verdad, sentíamos.

Trecet acusó este año públicamente a su ex colaboradora y actual directora de Radio 3, Lara López, de hacerle «mobbing» para poder echarlo de Radio Nacional.

Leí la noticia y debajo comentarios encendidos a favor o en contra del locutor. En uno de ellos decía: «que se fastidie Trecet. Su alumna aprendió bien la lección después de haber estado a su lado unos años».

Sin duda, quien escribió esa ironía era alguien que, como me ocurriera a mí, se vio perjudicado por estas conspiraciones ejercidas desde un medio de comunicación público sufragado con el dinero de todos los contribuyentes.

Apuesto entonces por la co-inspiración y por la re-evolución, aunque tenga que hacerlo por escrito y desde otro país, habiendo tomado la decisión de, como decía Lao-Tse, seguir amando a algunos «pero desde la distancia».