En 1991 llegaba yo a la Estación de trenes de Sevilla en el mismo instante en que también hacía su entrada el primer tren de Alta Velocidad español, que entonces empezaría a unir Madrid-Sevilla en pocas horas.

Ese año viajé a Sevilla varias veces porque estaba preparando la música para la retransmisión por televisión de lo que sería la Expo Universal de 1992.

Eran tiempos de bonanza para España, aunque gastando un dinero que no era suyo y viviendo a crédito. La prosperidad era ficticia y una estrategia más para endeudar a todo un país durante décadas.

Las cámaras de televisión entrevistaban a la gente que pasaba por allí. De pronto una periodista se acerca con un micrófono y, al verme con equipaje en mano, me pregunta «¿qué tal el viaje inaugural en el AVE?» (AVE = Alta Velocidad Español). Le respondí: «realmente este tren hace honor a mi nombre». «¿Y cuál es su nombre?», contestó la entrevistadora rápidamente. «Mi nombre es Ca-Zen-Ave, Guillermo Cazenave», dije en tono James Bond. Nunca se emitió la entrevista. A los 3 días de estar en Sevilla llegaba a Madrid y directamente a Televisión Española, donde el productor Victorino del Pozo me llevó a varios programas de Radio Nacional y de TVE, aparte de firmar un contrato para hacer dos discos con su Sello RTVEMúsica.

Aproveché para ir a los archivos y buscar la entrevista del AVE, en un tren en el que, en realidad, no había viajado, pero no la encontré. Habían eliminado mi intervención seguramente por considerarla un disparate improcedente o quizás una burla o broma de mal gusto.

Pero más disparate me parecía a mí que en aquella llamada Casa de la Radio, uno de sus locutores más conocidos en Radio 3 y narrador de baloncesto, tuviese un programa dedicado a estas músicas cósmicas y épicas, y nos tuviese vetados a la mayoría de los que no pertenecíamos al Sello en el que trabajaba su esposa: la discográfica Arpa Folk. El locutor era un hombre nacido en San Sebastián y llamado Ramón Trecet. Sus compañeros lo habían apodado «El Pope».

Y más disparate aún que mi entrevista fue que España inaugurara una línea de Alta Velocidad entre Madrid y Sevilla (ciudad esta última de la que eran originarios el presidente Felipe González y el vicepresidente Alfonso Guerra), en vez de la línea Madrid-Barcelona, que son, por lejos, las dos ciudades más importantes de España.

Yo pensaba en que algo no funcionaba bien en aquella España, y los norteamericanos de la new age me tentaban con ofertas e invitaciones para que residiera en los Estados Unidos. «¿Para qué quedarte en un país pequeño y con el mercado tan limitado?», me insistían.

No les hice caso y más tarde me arrepentí.

Han pasado 22 años desde aquellas anécdotas y más de 12 en que no resido ya en España, y curiosamente en el día de hoy estuve muy cerca de la estación en la que inauguraban la nueva línea Barcelona-Gerona-Figueras, extensible a Perpignan-París, del nuevo Alta Velocidad que, con no sé cuántos años de atraso, unirá a España con la verdadera Europa.

«¡Qué extraño!», pensé este mediodía. Fui testigo de dos coincidencias fuera de tiempo y de época; algo muy natural en mí y que se opone a la sentencia estadounidense de «estar en el lugar apropiado en el momento justo».

Sí creo haber estado en los lugares apropiados pero nunca en el momento justo.

Hacía pop en castellano cuando te decían que había que hacerlo en inglés. Viví en Nueva York en una de sus etapas más peligrosas y, en lo personal, escribí mi primer libro a la edad en que debía tener hijos (veintipico), planté un árbol a la edad en que debía escribir el libro (treinta y pico) y tuve hijos a la edad en que debía plantar el árbol (cuarenta y pico). Todo al revés. Así no hay quién triunfe.

Pero mi padre siempre me decía que triunfar y tener éxito era algo ordinario, algo para mediocres que se realizaban de esa manera.

Hice caso esta vez y no me arrepiento.

Por algo soy el AVE zen (modestia y autoestima aparte).