Yo e-mintiendo luz

Suena a iluminación pero no se trata de un simple concepto.

La negación de un fenómeno se describió, en más de una oportunidad, como un triunfo de las fuerzas de la oscuridad, pero la noche y lo oscuro son también senderos que favorecen el advenimiento de lo lumínico.

Sucede que, para entendernos, hablamos de la luz como un atributo de clarificación y de la oscuridad como lo que nos impide ver, y, en un mundo como el actual, hay tan poco brillo en lo que la contraprogramación oficial propone en sus llamados “medios de comunicación”, que casi sin esfuerzo es sencillo brillar ante semejante oscuridad presente.

Digamos que para brillar sólo basta con acercarse a cualquier individuo atrapado por la alienación (alien-nation) del sistema, y dejar que su sola oscuridad provoque luz en nosotros. Así que no es que los buscadores de luz estemos iluminados o seamos especiales. Simplemente brillamos debido a la patética oscuridad de lo que nos suele rodear.

Buscadores de luz hay muchos.

Emisores de luz, no tantos.

Hacedores de luz, menos.

Compartidores de luz… hum…

Hace años tuve la suerte de acompañar de gira a unos monjes budistas (en su mayoría tibetanos o nacidos en la India) del monasterio de Gaden Shartse, y de realizar 3 videos del Dalai Lama junto al productor de Barcelona José López Escobar.
Aquello sucedió entre 1997 y 1998 y fue una lucha titánica entre las fuerzas de la luz y de la oscuridad. Problemas de dinero, managers especuladores, políticos en medio, gente fashion tras el budismo, pero mucho mensaje espiritual y música…; cánticos ancestrales que debía musicar con teclados a pesar de mis dudas al respecto.

La gira con los monjes fue muy accidentada. Difícil de ensayar con ellos y más complicado aún viajar o grabar, pero muy interesante acercarse a su filosofía, que ahora se debate entre su tradición ancestral y su presente con millones de occidentales deseando acceder a esa luz a través suyo.

Durante la primera noche después de haber conocido en persona al Papa de los budistas tuve los sueños más espectaculares de mi vida, con estallidos de luces caleidoscópicas que me produjeron un placer neuronal indescriptible.
A la vez, recibí mensajes muy breves con una voz que me enseñó algunas cosas en forma de frases. Eran palabras muy simples y directas, totalmente dirigidas hacia mi conciencia y mi ego. No las olvidaré nunca.

Luego de tres días intensos junto al Dalai, éste se despidió abrazándome, lo que me produjo una inquietud extrema. Salazar y otras personas que fueron abrazadas por el Dalai Lama tiempo atrás, me habían comentado que cuando el Dalai Lama te abraza, se acelera tu karma y, en pocos años, te sucederán hechos que, de otra manera, hubieses necesitado de más tiempo (e incluso vidas) para que te ocurrieran.

Es como una aceleración de tu karma para favorecer tu evolución. Un desatasco existencial.

Lo cierto es que a partir de entonces mi vida cambió tan radicalmente en todos los aspectos, que jamás hubiera imaginado como verdad semejante leyenda que ahora también suscribo como cierta.

Y no estoy refiriéndome precisamente a circunstancias necesariamente placenteras o gratas. Muertes, separaciones, accidentes, migraciones forzosas, crisis económicas y pérdidas de todo tipo, pero también uniones, viajes y experiencias iniciáticas, nacimientos, nuevos horizontes y, en definitiva y aunque no siempre lo parezca, evolución: evolución para uno, para lo que uno deja atrás y para lo que le llega a uno.

Evolución, dolor y felicidad para Todos.

¿Y qué hay de la música y del arte como buscadores o emisores de luz? Mucho, muchísimo diría yo.

No quisiera hablar ahora del “efecto Mozart” y de todas esas frivolidades para oxi-dentales que buscan afanosamente el progreso técnico de sus mentes, pero olvidar a Wolfang Amadeus sería imperdonable.

Como también lo sería olvidarnos de tantos otros cuya lista de “40 primordiales” seguiría con Ludwig, Johann Sebastian (¡Mastropiero no! Me refiero al J. S. de verdad), hasta nuestros días de Beatles, Barrett o Ravi Shankar.

Mi amigo Manel, del Centro Musical de Barcelona, me dice que no, que los Beatles tenían detrás a 16 compositores que los hicieron clásicos, porque los tipos solos no sabían salir del yeah-yeah. Manel afirma que fueron un buen producto al igual que sus colegas Monkees o las más recientes Spice Girls.

Hay algo que me gusta de estos tres grupos: las voces. Tanto Beatles como Monkees y Spice Girls cantaban o cantan muy bien.

Los Monkees tenían a la dupla Boyce-Hart en composición y a Neil Diamond para algunos de sus más grandes éxitos.

Las Spice tenían una buena maquinaria arropándolas.

Los Beatles sólo a George Martin como cabeza visible musical más cercana.

¿Quiénes eran entonces esos otros 16 compositores que los hicieron clásicos? Le pediré a Manel un artículo sobre esto para la revista Mellotron que publico semestralmente en España pero que realiza y diseña previamente en Buenos Aires el artista y editor Andrés Valle.

Yo compuse muchas canciones pop y estoy grabando algunas de ellas y volviendo a cantar como en los viejos y añorados tiempos; sobre todo en inglés.

Me siento capacitado para hacer buen psychedelic pop (que diría mi amigo y viva reencarnación de Lennon, Jeremy Morris) y sonar como esos grupos anglosajones de brit-pop, tocando todos los instrumentos y produciendo dicha música sin mayores inconvenientes.

Todo parece posible: desde lo bee-gee hasta The Verve…, pero llegar a lo beatle, a esas canciones, se me ocurre práctica y técnicamente imposible.

¿Por qué? Porque eran canciones demasiado buenas.

¿Qué sucedió pues?

¿Habían topos de lo clásico detrás de John y Paul o se trataba de un momento de súbita iluminación, vehiculizando de un modo maestro una especie de schubertiada contemporánea que duró 7 inigualables años? Pero Schubert no tenía a nadie detrás. En realidad sí, porque fue hijo de Haydn, de Mozart y de Beethoven.
Y vivió sólo 31 años. Mozart 35. ¡Y Pergolesi 26!

Lennon llegó a cumplir los 40 pero se le había advertido que si quería la Green Card debería quedarse callado por una temporada sin salir demasiado de su Dakota Building, cosa que, como buen Libra, no pudo soportar mucho tiempo.

Al intentar regresar, alguien le recordó que el pacto era quedarse tranquilo, así que lo “tranquilizaron” definitivamente hasta la próxima reencarnación.

A Mozart también lo “tranquilizaron” y así es cómo parecen ‘operar’ estas fuerzas de la oscuridad ante quienes traen luz de la buena, de la que no necesita cables.

La luz de Nikola Tesla, la que podría haber sido gratis sin la innecesaria presencia de Edisons o Marconis.
Por eso visité el pueblo Cripple Creek, en Colorado, donde Tesla colocaba bombillas en el suelo, en el césped, y éstas se encendían solas.
Electricidad y energía gratis para todo el mundo.
Sin embargo, el sistema apostó por Don Tomás Alba para que todos comenzáramos a pagar el preciado suministro hasta que el alba dejara de serlo.

Otro ejemplo más de cómo los “occídares” oxidados de Occidente confundimos los verbos, como en el caso de “aprehender” en lugar de “aprender”.

En 1998 tuvo lugar en los Estados Unidos (de América) el “Day of Awakening” y en agosto de 1987 participé actuando en la “Convergencia Armónica Planetaria”; dos encuentros para traer luz mancomunados al unísono a través de varios rincones del planeta emitiendo vibraciones lumínicas.

Nos reunimos unas 700 personas en la localidad de Alcover (provincia de Tarragona), convocados por la Comunidad Arco Iris, comandada por Emilio Fiel, quien fiel a sus principios, la abandonara poco tiempo después. Empero aquel encuentro fue muy especial y esparció luz en una época en la que España brillaba.

Y haciendo memoria de los “Arco Iris” de Buenos Aires, cuando a finales de los 60s irrumpieron en la escena pop-rock de la ciudad en que nací, este año, al que fuera su líder, guitarrista y cantante, Gustavo Santaolalla, le dieron el Oscar de Hollywood como mejor banda sonora a la música que compuso para la película “Brokeback Mountain”.
Santaolalla fue, junto a Luis Alberto Spinetta, la primera persona del rock en castellano que trajo luz a un movimiento donde parecía que había que vestir de negro y fruncir el ceño para ser auténtico.

Gustavo tenía 17 años y ya hablaba de vegetarianismo, componía canciones con letras espirituales y vivía en una comunidad en la que hacían su propia ropa para después plancharla dejándola al justo tempo natural.

Algo que sorprendió tanto a la revista porteña “Gente”, cuando les hizo un reportaje en 1970 que se tituló “Las amas de cada del rock”, ironizando sobre el hecho de una sociedad que no aceptaba ¡rockeros planchando o “amas de casa” que no fuesen mujeres! ¡Qué lamentable!

Y Jerry & Connie Stein, productores del “Día del Despertar” colaboran con la pintora Jacqueline Ripstein, cuyos cuadros interdimensionales utilizan la misma etimología, la misma palabra que el pionero de la new age, Iasos. Todos ellos, junto a Steven Halpern, Paul Horn y otros, crearon centros de gravedad propios en una música que propicia iluminación para quien quiera sintonizar con ella.

Gracias a personas como ellos, pude salir, a finales de los 70s, de mi “estado antitodo” para entrar en un nuevo estado antídoto, tratando de generar y emitir luz frente a la oscuridad de la cerrazón que la industria musical (como la mayoría de las industrias) nos tenía reservados.

Y como decía Graham Nash en una e sus canciones: “siéntate frente al piano y pon tus dedos en las teclas negras, escribe una canción, canta y comprende que tú también puedes tocar”.

“La canción está ahí; sólo tienes que estirar la mano para agarrarla”, dijo Bob Dylan.

«La luz está ahí», digo yo ahora si se me permite…