Llevaba poco tiempo editando cassettes (el cd no existía) en mi nuevo Sello y Productora «Astral», cuando se realizó en Barcelona la primera Feria «Exposalud», a la que asistí como invitado.
Aquella fue una feria bastante accidentada. Uno de los editores de la entonces principal revista naturista de España exponía también cintas de numerosos músicos de la naciente «new age», cuando se le apareció en el propio stand la directora del sello británico «New World», quien ostentaba los derechos de la mayoría de los autores que allí se anunciaban. Pero mientras el escándalo tenía lugar a viva voz entre la afectada y el ‘afectador’, me encontré con el dueño de la ‘Librería Verde’ de Madrid, hijo de Fermín Cabal, quien se ofreció a colocar mis cassettes en su puesto, cosa que le agradecí e hice al día siguiente.
24 horas más tarde, en el preciso momento en que estaba hallando un hueco entre los libros del stand para ubicar algunos de mis títulos, observé la insistencia con la que un señor de rasgos orientales miraba mis cintas. De pronto me preguntó en un correctísimo inglés con acento americano acerca de la autoría de todo ese material. Mi respuesta fue «soy yo el autor y las he traído al stand de mi amigo, quien tiene una librería y regresará en pocos minutos».
El hombre dijo «me llamo John Liu y soy productor de cine y en alguna época también manager y amigo de Bruce Lee. Me fascinan los títulos de estos cassettes. Tengo una Productora en Hollywood. Esta es mi tarjeta». Miraba yo aquella carta de presentación, comprobando que la dirección allí escrita se encontraba muy cerca de los célebres Universal Studios, lugar en el que rodaron las principales películas de la historia del cine.
John Liu
Seguidamente John Liu me invita a comer a… ¡un restaurante chino! Apenas entramos al recinto, camareros, empleados y hasta el chef se acercan a Liu haciéndole toda clase de reverencias y atendiéndonos con una amabilidad extraordinaria pocas veces vista. Era como si todas las demás mesas no existieran y el personal de aquel lugar se desviviera por John Liu y su invitado.
Liu me dijo «estoy por rodar una película que se llamará ‘The Touch of Zen’ (‘La Chispa’ o ‘El Toque del Zen’) y si lo que escucharé en estos cassettes que elegí del stand me gusta, te propongo que seas el músico del film que se estrenará en Hollywood el próximo año.
Yo en los Estudios Universal de Hollywood el día en que murió por accidente Brandon Lee
Considerándome un músico ‘visual’, la propuesta me resultó interesantísima desde todo punto de vista pero no transcurrieron muchos segundos hasta que John comenzó a relatarme una historia fascinante que involucraba a él, a Bruce Lee y a otros maestros y karatecas de origen chino que habían decidido hacer o rehacer sus vidas en Occidente.
Nuestro diálogo se desarrollaba enteramente en inglés, dado que Liu, aunque en aquellos tiempos era pareja de una actriz catalana llamada Mónica Pont, no hablaba nada de castellano y yo, aunque también reverencio la cultura china, no hablo nada del idioma del gran país del Tai-Chi, el I-Ching y de tantas ‘cuestiones’ que probablemente marquen muy pronto el futuro más próximo de toda la humanidad.
Entre otras cosas, Liu me explicó, con profusión de detalles, la historia de su familia y, en particular, de su abuelo Zen Liu, quien lo introdujo en «el arte de las artes» marciales, mas tuviera que exiliarse en el año 1948 tras la revolución china. Zen era un maestro del Templo Shaolin y John bebió a través suyo de las fuentes más ancestrales, secretas y directas de todas aquellas disciplinas milenarias.
John Liu en acción
Algo similar sucedió con Bruce Lee, aunque paradójicamente ni Liu ni Lee nacieron en China. El primero de ellos vino al mundo en San Francisco (California), y el segundo en Hawai. Ambos, pues, tenían la nacionalidad estadounidense y ello, sumado a la divulgación masiva y mediática de estas artes y filosofías en Occidente, según subrayara John Liu en aquella apasionante conversación, fue motivo para que estuvieran amenazados y constantemente en la mira del régimen imperante en el país de sus ancestros.
Bruce Lee
Escuchaba con atención a Liu sin poder evitar que vinieran a mi memoria algunos capítulos y escenas de la serie Kung Fu, brillantemente interpretada por el actor Keith Carradine. ¿Sería verdad todo lo que Liu estaba explicándome?
Poco después empecé a componer la banda sonora para la película, que se estrenó en Hollywood dos años más tarde. Recuerdo los pasajes del monje hibernando siete siglos en el interior de una cueva para luego despertar con la entrada de un rayo de sol que logré reflejar musicalmente con efectos y sonidos impactantes para la época y los medios de grabación que disponía entonces. A Liu le gustó mi música y a mí me gustó todo aquello hasta el punto que, haciendo gala de mis dudas y escepticismo, le dediqué en broma una pieza que titulé «Cuento Chino».
Años más tarde, conmigo totalmente inmerso en la vorágine de la «new age» de los 80s y primeros 90s, viajé repetidas veces a los Estados Unidos y, en concreto, a California y a Hollywood, visitando a mi amigo chino, del que mi hermano Marcelo, psicólogo y karateca, me hablaba maravillas, rememorando que John Liu había sido también campeón mundial de karate en los 60s y que sus patadas elevando la pierna eran insuperables.
En uno de mis viajes ocurrieron situaciones sincrónicas extrañas. Mi avión voló por encima de la sede de los Davidianos de David Koresh en Waco, cuando estos se hallaban cercados pocos instantes antes de su autoinmolación o exterminio. Pero lo más sorprendente fue cuando caminé cerca del plató en donde estaba rodando el malogrado hijo de Bruce Lee, Brandon, aquellos pasajes de la futura película «El Cuervo» en los que en lugar de balas de fogueo los disparos se realizaron, aparentemente por error, con municiones reales, acabando con la vida del joven actor, hijo del célebre Lee, quien, a su vez, falleciera en 1973 en extrañas circunstancias; tan extrañas como las de la reciente muerte, supuestamente accidental, del propio Keith Carradine.
Recordé, una y otra vez, las palabras de John Liu: «todos estamos amenazados por divulgar en Occidente unas tradiciones y técnicas que se habían reservado exclusivamente para el plan imperial del futuro dominio chino del planeta».
Así pues, en medio de rodajes, viajes, mucha música y decorados que simulaban una realidad que, a veces, supera a la propia ficción, di por concluida mi aventura en Hollywood, llegando a la conclusión de que la vida es una eterna película en la que todos somos guionistas, actores y, en algunas ocasiones, hasta directores o productores.
John Liu, Bruce Lee, su hijo Brandon, Keith Carradine…; nombres emblemáticos para los primeros destellos masivos que nos hicieron tomar conciencia sobre la existencia y potencial del país más poblado del mundo y de una de las culturas más milenarias y sólidas de la Tierra.