Vivía en Inglaterra desde hacía 3 años, yendo y viniendo cada 6 meses a Sitges (Barcelona), ya que eran tiempos en los que, a excepción de Italia, no había país de sudeuropa o de sudamérica que pudiera circular libremente por Europa sin tener que renovar sus entradas, salidas o visados antes de cumplirse los 180 días preceptivos y de rigor (rigor de fronteras, rigor de naciones y rigor de quienes aún creen o piensan -¿piensan?- que ciertos sectores de la Tierra pueden y deben dividirse en territorios específicos de acuerdo a agrupamientos o asentamientos históricos, genéticos o tribales que rara vez superan los 10 siglos de antigüedad).
¡Vaya manera simple de parcelar el planeta! Queda claro que el ser humano se arroga derechos bajo sus propias leyes de bípedo al pedo y que con eso le basta.
Mis aventuras parejiles y pajeriles de los 70s y primeros 80s me llevaron a conocer un grupo de mujeres comandadas por una tal Jenny James, escritora y supuesta terapeuta inspirada en la Primal Therapy (Terapia Primal o Primaria) del psiquiatra Arthur Janov para, según sus propias palabras, crear ‘Atlantis’, una secta en la que mandaban las mujeres y en donde los niños no eran precisamente bienvenidos. Jenny James citaba al John Lennon de «Mother», quien cantaba y gritaba clamando por sus padres tras haber incursionado en las terapias del californiano, de quien llegó a ser paciente junto a Yoko Ono, cuando ésta perdió la custodia de su hija Kyoko.
Y así fue cómo formé pareja con una joven algo mayor que yo a quien le hice ver el disparate de aquel grupo de manipuladoras (mejor dicho ‘womanpuladoras’) que le indujeron a abandonar a su hijito de 4 años, al que le ayudé a recuperar jugándome el pellejo durante días previos al 23 de febrero de 1981, y teniendo que viajar a los lugares más distantes del convulsionado norte de Irlanda o a la propia Madrid de un gris despertar en medio de la transición ‘dedocrática’ que padecía una España más cercana a vetustos tejedores que a modernillos zapateros.
¿En qué quedó ‘Atlantis’? En un barco de madera con el que cruzaron el Atlántico para finalmente instalarse en la selva colombiana, donde Becky, hija de Jenny y de un controlador aéreo español apodado «el indio», en tiempos en que algunos controladores formaban parte de la leyenda (o realidad) de tomar LSD y jugar a las apuestas con las lucecillas de los aviones sin darles pista de aterrizaje, provocando así incidentes y accidentes que también son ya historia de una Spain very different al resto de la Europa civilizada, perdió a su hijo en medio de un confuso ataque de la guerrilla.
¿Y en qué quedó toda esa gente que formó parte de mi vida y de mi crecimiento personal y profesional durante una etapa inolvidable por su aprendizaje, dureza y creatividad? Pues en el aprehender reemplazando al aprender, con la enseñanza de que no es acumulando y quitando donde se halla la verdadera realización, si no en la renuncia y en la capitulación ( = renunciar al capital), y en que no es mezclando lo personal con lo material cómo se dirimen los errores y tropiezos de la vida.
Mi padre, que fue juez y catedrático de Derecho Procesal, me explicaba una anécdota célebre en la Argentina de los años 40s, referente a una señora de la alta burguesía que envenenó gradualmente a su marido hasta matarlo, cobrando su herencia (Derecho Civil) pero cumpliendo su condena en la cárcel (Derecho Penal). Por eso (o por lo otro), mi progenitor, que se refugiaba en la lectura de Maurice Nicoll, Ouspensky, Yogananda o Krishnamurti, ya no quería administrar justicia y culminó su carrera asesorando a ciertas empresas brasileñas y argentinas que requerían de su experiencia y «objetividad diferente» influenciada por las filosofías y corrientes de pensamiento orientales.
Pero aquel día del tejerazo quedó grabado en mi memoria porque había llegado de Londres con un amigo ingeniero que ayudó a construir uno de los primeros sintetizadores que se hicieron en Europa años antes, y sencillamente no podíamos creer lo que estaba sucediendo. Eso superaba a los golpes militares de Latinoamérica. ¡Incluso los tanques en Valencia paraban ante los semáforos rojos! Impensable que en Argentina o Chile sucediera algo semejante. ¡Sí, España es diferente! Además Antonio Tejero era un nativo de Tauro y entró embistiendo con su tricornio, recordándonos que el tema de los toros forma parte del inconsciente colectivo (¡e individual!) de muchos jamones y mamones ibéricos.
Le dije a mi amigo: «éstos se lían en otra guerra incivil. Volvamos a Londres». «No, ¿no ves que los tipos paran los tanques en los semáforos?», me responde sabiamente él. ¿Qué clase de golpe era ese? El «toro tirando tiros» al techo, los «di – puta 2» escondidos debajo de sus escoños y yo que quería hacer mi música y lanzar la new age ¿en ese país? Pues que regresamos a Inglaterra pero a la Inglaterra de la Thatcher y sus Falkvinas. ¡Qué mala suerte la mía! ¿Dónde poder hacer música en paz? ¿Dónde encontrar una mujer que no esté como una chota o que no venga en package con hijos previos?
¡Qué surrealista es la vida!
¡A disfrutar Ladies & Gentlemen! Este circo tiene cuerda para rato y aquí somos todos guionistas y actores, aunque el director de la película debe estar hoy meándose de risa, día lluvioso pirenaico por excelencia, en el que contemplo aburrido los de-bates de beisbol de los vecinos españoles anal-izando lo que les hubiese ocurrido en el ano de haber triunfado el tricornio del torero.