Estoy en el norte de Europa escuchando las noticias desde España referentes a la cifra de accidentes y víctimas después de las vacaciones de Semana Santa.
Parecen una repetición de lo que se dice cada año: que si la velocidad, si las carreteras secundarias, si el alcohol, si los jóvenes o los viejos, si las normas de tráfico, la presencia policial o el nuevo carnet por puntos.

Poco se habla de las Autoescuelas y del negocio que se hace con los carnets y todo lo que se cobra por impresos y trámites en la Dirección General de Tráfico, sumado al erróneo entendimiento de penalizar cobrando y recaudando en vez de reeducando al que no tuvo posibilidades de ser educado en los años de vida en que hay que aprender las normas básicas de cultura y convivencia.

Pero mi visión del tema es otra: España no puede, de la noche a la mañana, decir «somos europeos», «somos respetuosos de nuestro entorno», «somos cultos», «somos ricos», «somos demócratas», etc., etc.; todos estos términos que en opinión de quien ahora escribe son también discutibles en referencia a lo que se considera la Europa «civilizada», ya que esa prosperidad y ese aplomo en las formas y en el accionar se han basado precisamente en la no prosperidad y angustias permanentes en otros países colonizados por quienes predican el orden, la cultura y la democracia.

España, pues, y sin ser anteriormente ajena a sus ansias de conquista y de expansión, se debatió a la vez, y entre muchas otras influencias, en sus orígenes moruscos y gitanos que marcan un estilo y unas conductas que la diferencian de otros países a los que pretende compararse en esto del tráfico y en distintas cuestiones a las que nos tiene acostumbrados la prensa regional o de alcance nacional.

Dichas diferencias son notorias en la forma y en el fondo; en la conducta, en la educación y hasta en el aspecto físico de la mayoría de las personas aunque, al igual que sucede en otros sitios, hasta en l@s modelos rubios se busca un estereotipo de belleza que, aparte de falaz, no es compatible con el noventa por ciento de la población ibérica o sudeuropea.

¿Podemos entonces aplicar en España las mismas leyes de tráfico que en Francia, Alemania o Inglaterra, con garantías de éxito iguales o similares a los de aquellos países?

¿Podemos pedirle a un español que se comporte con el mismo criterio al de un alemán en materia de créditos bancarios, preservación de su entorno, limpieza de sus calles, normas sobre convivencia y ruido, etc., etc.?

Mi amigo José Luis Martín Frías, director junto a su mujer, Bertha Yebra, de la primera revista de rock que hubo en España («Popular 1»), me dijo un día en broma: «¿Conoces a alguien que se haya ido alguna vez de juerga con un japonés?».

Para España, entrar en la Comunidad Europea, significó salir de años de ostracismo histórico y la posibilidad de crecer, a la vez de superar complejos de aislamiento y de inferioridad respecto a sus vecinos del norte.

Sin embargo, la realidad de la calle, de las escuelas, del tráfico, del medio ambiente, de la utilización de los recursos naturales, de la educación, de la cultura, etc., no pueden solucionarse (aunque sí mitigarse) con leyes, por muy duras que éstas sean.

El problema está en la raíz y en asumir lo que se es. Cuando una persona, cuando una comunidad, asume lo que es (y no lo que quiere o sueña ser), las situaciones pueden cambiar.

Yo soy músico. Compongo y hago música. También escribo y publico libros. Pero si yo me comparara a Daniel Baremboin tocando el piano o a Plácido Domingo cantando, me equivocaría ¿verdad?

¿Y esto, qué significa? ¿Que yo sea un mal músico y que no pueda hacer música? ¿Si me comparara escribiendo a Borges, querría decir que no podría yo escribir más ni una línea de texto? ¿O, más bien, que cada uno debe asumir lo que es y saber que hay espacio y niveles para todo y para todos?
Porque así como también hay lectores de Borges o seguidores de Domingo, también los hay de Pink Floyd, de Madonna o del periódico del pueblo.

Todo es válido, todo tiene su posibilidad. Nadie es mejor ni peor porque sea europeo o africano, y España, en mi opinión, debería asumir que es Europa «de penal» y que el Estrecho la vincula más con África del Norte que la frontera catalana de Puigcerdà con el pueblo Ax-les-Thermes francés o con simplemente dar dos pasos para cruzar hacia el otro lado pirenaico.

Repito que eso no significa en mi opinión que un lugar sea mejor o peor que otro. «Sobre gustos nada hay escrito», dice el refrán.
Mas sí insisto, una vez más, en que si uno tiene, por ejemplo, un 70 por ciento de genética árabe, un 20 por ciento de genética gitana y un 10 por ciento de genética judía o de lo que fuere, tiene que pensar en cómo es, en cómo eran sus ancestros, sus costumbres, su cultura…; y no acomplejarse porque ello (en este mundo de globalizaciones y de gente «guapa-rubia») no sea tan bien visto como ser escandinavo, por poner un ejemplo.

Todos estas modas y estos fenómenos son cíclicos y Mister John Wilson no es mejor ni más guapo que Don Pedro García.

Quizás Wilson forme parte ahora de una cultura dominante en algunas áreas del acontecer humano, pero el día de mañana las cosas pueden cambiar, como muchas veces la historia nos lo ha demostrado.

Y si España, en su contexto, es muy mora y muy gitana, necesita hacer leyes acordes a su, como decía el humorista Eugenio, «indio-sincracia».

Yo nací en Buenos Aires y soy conciente de que a los bonaerenses no se les puede aplicar, en materia de tráfico (que es el tema central de este escrito) las mismas leyes que a un suizo nacido en Ginebra o que a un boliviano nacido en Cochabamba.

Fracasarían como están fracasando tantas cosas en España; desde los siniestros del tráfico hasta el endeudamiento de las familias y el problema de la urbanización general del país, etc.

Aute compuso hace más de 30 años una excelente canción que se llama «Made in Spain».

Es una canción que dura menos de un minuto y transcribiendo su letra es como quiero finalizar estas líneas:
«Porque somos unos moros, Made in Spain. Nos gustan mucho los toros, Made in Spain. Tu piso estará pagado, Made in Spain, cuando ya estés enterrado, Made in Spain».

http://www.youtube.com/watch?v=55_m2KUUFQM

¡Y Aute nació en Filipinas!