El tiempo pasa como un soplo pero las canciones, tal como dice Emilio del Guercio San Martín, ex bajista y cantante de dos grupos argentinos emblemáticos de los 60s y 70s (Almendra y Aquelarre), definen, como ninguna otra expresión del arte popular, un espacio simbólico que guarda las claves genéticas de la cultura. Ellas llegan a nuestros corazones y, por algún motivo indescifrable, se quedan para siempre.

Y Atahualpa Yupanqui afirmaba que un autor se volvía importante cuando sus canciones se tornaban anónimas.

Todo esto me hace reflexionar sobre los tiempos que vivimos, en donde la inmediatez (que podría ahora recalificar -en homenaje a esa nueva profesión, especializada en darle «valor», que no valentía, a los suelos españoles-, como la ‘idiotez de lo mediático’) y las ansias por triunfar o ganar dinero nos llevan precisamente a lo contrario subrayado en esa conclusión lúcida de Yupanqui. Porque son muchos los que desean tener éxito, ser héroes de sus propias vidas, hacérselo saber a los demás y, para colmo de las desdichas, ser ricos en una sociedad cuyo espacio no permite esos porcentajes tan amplios de expansión.

Los Beatles fueron un claro ejemplo de chicos de provincias que trepan hasta lo más alto, en una vorágine sin precedentes que apenas duró siete irrepetibles años y que cambió música, costumbres, moda y mentalidades de millones de personas. Y John Lennon con Paul McCartney fueron el motor principal de esa máquina de fabricar canciones, muchas de las cuales se instalaron en la memoria colectiva de jóvenes y no tan jóvenes.

Tuve la suerte de descubrir y seguir a ese grupo a la par de su trayectoria. Mis hermanos regresaban de New York cuando ellos triunfaban en los Estados Unidos y esto me llevó a tener y comprar los álbumes de «los fab 4» y otras bandas de los 60s, apenas salían a la venta. Cada miércoles veía en televisión el show «Shindig» y a las 22hs., en la radio, el programa «Modart en la Noche». Estaba plenamente informado y ya en 1965, a punto de cumplir mis primeros diez años de vida en el planeta, tenía una batería «Rex» con la que aporrear cualquier canción, disco o ritmo que se me ocurriese y pusiera por delante. Tres años más tarde estudiaba con Sam Lerman y, en septiembre de 1969, coincidiendo con la realización del último disco de The Beatles (que fue «Abbey Road» y no «Let it Be», como piensan muchos) debutaba con mi grupo «Mamut» en una fiesta organizada por compañeros del colegio.

Pero no fue hasta mucho más tarde en que la frase de Yupanqui tendría un sentido para mí. Sí, Lennon había logrado más fama que ninguno pero, a la vez, sus canciones verdaderamente relevantes pasaron a ser anónimas. Ya no le pertenecían. Eran patrimonio de la humanidad.
«All you need Love» fue y es un himno, que de hecho comenzaba con La Marsellesa. Su mensaje era claro. Una verdadera sacudida de amor para el ser humano. También estaban «A Day in the Life» o «Strawberry Fields» y, finalmente y ya como solista, «Imagine» o la menos conocida «Mind Games», pero de enorme impacto mental para mí al llegar por vez primera a la ciudad de los building-rascacielos. Canciones que miles de personas de otras generaciones empiezan a conocer no sin siempre saber quién era su autor o quiénes The Beatles. La sentencia de Yupanqui se hacía realidad como en algunos clásicos de la talla de Beethoven, Mozart o Bach, por ejemplo.

Mas a la par de su mensaje crístico estaba el militante y las contradicciones de un supuesto revolucionario millonario que despotricaba en contra del sistema que lo había encumbrado y ¡desde Nueva York!, la nueva Roma que continuaba la saga imperial de su país de origen. Paradójicamente pensé en que el único miope del grupo era quien más veía y denunciaba cosas.

Cuando llegué a Manhattan, Lennon vivía allí y aún no había logrado obtener su «Green Card» para poder residir legalmente. Y yo, a mis 18 y veintipocos años, me quedé una buena temporada en aquella ciudad que me cautivó, trabajando de jardinero, haciendo entrega de cinturones de diseño en boutiques y hasta llevando un taxi en zonas poco recomedables por su inseguridad.

Recorría las callles de Manhattan, el South Bronx o Brooklyn varias veces al día. Conocía los mejores clubes de jazz, asistía a decenas de conciertos habidos y por haber, probaba de todo y conocía de todo. Ganaba y ahorraba dinero con vistas a equiparme musicalmente y para poder tener algún día un estudio de grabación propio (cosa que no logré hasta 1979, ya residiendo en Londres). En aquella época 1973-77 no era fácil siquiera comprar un buen teclado o un multipistas, pero logré juntar guita. Y componer para guita-Ra fue también algo frenético en mis días, meses y años neoyorkinos. Más de ciento y pico de canciones que empezaba a grabar gradualmente con mayor versatilidad y conocimientos técnicos.

 

Academia Militar de West Point (New York, 1974)

Un día por la noche vi a Yoko Ono caminando cerca del Dakota Building pero no tuve la suerte de cruzarme con John. Tampoco consideré interesante aparcar allí mi enorme taxi ‘Mercury’ para saludar a Yoko, sinceramente.

Por otra parte, mi tía Martha, hermana de madre, pintora y ex hippie de los 60s, que aún vive allí, a 500 metros de Naciones Unidas, me llevaba al Village y comíamos comida macrobiótica en un restaurante viejo y desvencijado, lleno de ‘frikis’, que se llamaba «Caldrom». Ella fue en 1967 quien me habló de vegetarianismo y marihuana por primera vez. Yo seguí algunos de sus pasos. Ambos éramos los raros de la familia, los artistas, los que habíamos emigrado, los que escuchábamos otra música, los que comíamos diferente, los que entendíamos diferente.

Un día fui a visitarla a su estudio, en un edificio en el que también vivía y todavía vive Mariano Ros, corresponsal en New York por aquel entonces de la revista «Vibraciones» (de quien me hice bastante amigo), y los ratones corrían bajo un entusiasmo inusual en medio de cuadros sin enmarcar y cosas tiradas en el suelo. Pronto ‘Tita’, mi tía y madrina, descubrió el motivo: los roedores acababan de comerse toda su hierba y habían estallado en un indescriptible éxtasis de alegría.
Con mi tía en su apartamento de New York, poco antes del 11 de septiembre del 2001

Ya han pasado 33 años desde que dejé de residir de New York para venirme a Europa. Tres años más tarde de mi ida, Lennon moría asesinado en el Dakota, y hoy, al momento de escribir estas líneas, mi tía tiene 85 años que lleva con jovialidad y lucidez extraordinarias. ¿Quién me hubiese dicho en 1974 que años más tarde terminaría tocando con mi amigo Jeremy en el Cavern de Liverpool? Es evidente que ningún vidente.

Quedan, pues, las «vivencias de la vida» (valga la redun), esa New York peligrosa de los 70s que es ahora otra ciudad fashion para occidentales consumistas y ávidos de nuevas sensaciones, y las canciones de John en la memoria con aquella voz desgarradora resonando en mi mente, vociferando «Give Peace a Chance», mientras los de siempre se mean en todo esto y le dan «Pis a la Paz».

Dondequiera que estés John, ¡gracias! Seguramente habrás visto que por aquí las cosas no han cambiado mucho…