


programa de tv Hidrógen, Barcelona & plató de New Data Prod., Barcelona
Un 3 de julio de 1995, terminamos de grabar con Ant Phillips, The Meadows of Englewood.
La suite principal del disco, fue grabada el 31 de julio, el 1 de agosto estuve haciendo un video en el santuario druida de Long Barrow, junto a Ronald Lloyd y el esoterista Juan Bosch, quien en aquella época era el dueño de la tienda Sabat de Barcelona.
El 2 de agosto rodamos en Woodhenge, un enclave druida cercano a Stonehenge e hicimos fotos en Avebury.
Y el 3, grabamos con Anthony, Sortilege o Sortilegio, un tema melancólico y tristón. Una especie de Adagio.
Me quedé unos días más en la casa de mi amigo, en los que grabé El Agente Mulder no resuelve nunca ningún Caso y The Circle, y él She’ll be Waiting y Lucy: an Illusion, dos canciones también incluidas en el disco.

Con mi concierto en Rennes-le-Château aún resonando en mi cabeza, la suite The Meadows of Englewood fueron 37 minutos colosales. que vivimos como en un trance.
Íbamos cambiando de episodios musicales sin darnos cuenta, y cuando acabamos, nos abrazamos como boxeadores al final de un combate. Habíamos estado luchando con nuestros cuerpos, canalizando una música que nos era enviada de no sé dónde.
Tal era nuestro estado mental y emocional, que creíamos haber tocado unos 10 minutos, pero cuando acudimos a las cintas digitales y observamos que habíamos estado casi 40 minutos sin parar de tocar, la sorpresa fue mayúscula.
¿Qué pasó?, me preguntó Anthony.
No lo sé, fue mi respuesta.
Hasta el día de hoy me escriben diciéndome que la suite The Meadows of Englewood está en el podio de grandes y extensas obras de los 70s como Tubular Bells de Mike Oldfield, Close to the Edge de Yes, Supper’s Ready de Genesis o Tarkus, de ELP.
Yo no lo veo así. Aquellas obras fabulosas fueron producidas (con la excepción de Oldfield) por grupos de varios músicos, y todas eran el producto de la composición. Nosotros, 20 años más tarde, habíamos improvisado. Todo su produjo al instante. Y eso, a tal nivel, tengo que decir que me parece que no lo logró nadie. Pero no lo menciono como análisis comparativo sino como una realidad.
Hubo una confluencia cósmica en aquel momento. Y en la música, esas confluencias producen momentos imposibles de repetir: el festival de Woodstock, ciertas canciones, ciertos discos, ciertos conciertos o pasajes de un tema o un solo de guitarra, etc. Es inútil intentar repetirlos. Fue en ese instante y debido a algo planetario, a algo cósmico o galáctico.
¿Qué ocurrió cuando quisieron repetir Woodstock? Nada.
Uno puede ensayar las notas o traer a un grupo-tributo, pero la esencia fue en aquel momento irrepetible. Por eso es que casi no voy a conciertos de rock. Suenan muy bien, tocan músicos virtuosos más jóvenes acompañando a los mayores o ya casi ancianos, pero la magia no existe aunque los fans se auto-engañan o disfrutan de lo que no pudieron vivir, por cuestiones cronológicas o geográficas, en la década de 1960 o 1970. Y eso, los músicos lo saben, y algunos continúan porque aman lo que hacen o para ganar más dinero. Pero (insisto) la confluencia cósmica ya pasó y hace mucho tiempo.

Anthony Phillips y yo tuvimos esa confluencia hace 30 años realizando The Meadows of Englewood, cuyas cintas llevé a mi estudio (entonces en un bosque cercano a Sitges, Barcelona, donde había construido mi casa), realizando la mezcla y producción final para un disco que no debe haber vendido más de diez mil unidades y que está desde el año 2012, descatalogado, aunque aún conservo algunas copias.
Poco que ver con las otras obras citadas, que fueron lanzadas por discográficas multinacionales que hicieron de la música una industria, con la complicidad de managers, distribuidores, periodistas y de los propios músicos. Por suerte, nunca estuve en esa acera. El 1000Agro es que aún así, y con mi voluntad inquebrantable de mantenerme fuera del sistema, se hayan logrado vender mi música y mis libros.
Meadows me introdujo entre el público del rock progresivo y sinfónico, pero no quise aprovechar eso y menos a quienes se la pasan haciendo reseñas de artistas a quienes consideran más importantes porque vendieron mayor cantidad de copias o porque son famosos o muy conocidos. Huyo de eso y del error de las cantidades por encima de las calidades. Soy Van Goghiano.
Adjunto links para escuchar Meadows y, como dijo una vez Brian Wilson al iniciar un concierto, «¡por favor, no se duerman!».
Cuando le regalé este disco a Gustavo Cerati (Soda Stereo), me pidió que se lo firmara mientras yo le comentaba que escuchara la suite llena de episodios diferentes. Poco después, me contó que eso de los episodios le gustó como palabra para utilizarla en el título de su disco 11 Episodios Sinfónicos. Así que a Cerati, y sin pretenderlo, le di esa idea y también la de su célebre «gracias totales».
Volviendo a Meadows, y ya para concluir esto, en todo el disco alternamos guitarras y teclados, pero en la suite principal, Anthony tocó piano y teclados, y yo una Stratocaster que perteneció en los 60s a Brian Poole, uno de los guitarristas y cantantes de The Tremeloes que (ironías para mí, siendo veggie) cuando dejó aquel exitoso grupo, fue después carnicero en la carnicería de su padre en Manor Park (Londres) y muy pronto cumplirá 84 años.
